Auto Deportación Voluntaria
Hermenegildo es como de la familia.
Incluso mi madre y la suya (me refiero a la del Hermenegildo) fueron en su niñez carnales. Fanáticas del mambo y del cha-cha-chá. Los domingos cantaban letanías en misa de doce, y los sábados, a la medianoche, los melosos boleros de Los Panchos.
Su papá era famoso en el barrio. Imitaba los falsetes del Jorge Negrete y recitaba de memoria las canciones de los Beatles.
Con sus tres hermanas salíamos de reventón, ocasión en que las fresas competían por vestir la minifalda más corta.
El Hermenegildo pudo ser mi cuñado, pero sus hermanas sufrían de timidez, y yo era muy feo.
Hermenegildo vino con su visa de turista y su grado en odontología y se quedó buscando el sueño americano.
Nunca pudo ejercer su profesión. Y su vida se fue en declive: Siete años como indocumentado. Seis trabajos mal pagados. Cinco hijos. Cuatro cursos de inglés. Tres esposas. Dos demandas por manutención. Y una carta de deportación.
- Y para completar -me dijo- estoy en ceros. No tengo ahorros, pero en cambio, tampoco chamba.
- ¿Has previsto un plan B?
- Claro. Mi Plan B es ofrecerme como voluntario para el Programa de auto deportación.
El día de la despedida, le eché tres bendiciones. Le recomendé que dejara sus cosas arregladas con la Ley, y que se tomara una foto con sus cinco escuincles.
- Quien quita, compadre, que en 30 años -cuando te permitan volver a este país- un tipo, que se identifica como «el sexto hijo de Hermenegildo Pérez» aparezca en «Sábados Gigantes», pidiéndole a Don Francisco que le practique la prueba del ADN, para salir de dudas sobre su verdadero papá.
Tan pronto vi que mi compadre tomó nota de mis recomendaciones, concluí:
- Y apresúrate. Son sólo 450.000 cupos para salir por las buena, y ya deben estar agotados.
Durante un mes, Hermenegildo desapareció del paisaje urbano. Ayer me llamó.
- ¡Qué sorpresa, compa! ¿Cómo te encuentras?
- Despistado, pero vivo.
- ¿Me llamas desde el otro lado del Río Grande?
- No, compa, te llamo desde el otro lado de la calle.
- ¿Cómo así? -pregunté alarmado.
- Es que no me he podido auto deportar -se lamentó.
Hermenegildo me contó su drama.
Llamó por teléfono al servicio de inmigración, pero la computadora le respondió que tenía once opciones. Ninguna sobre el programa de auto deportación voluntaria.
Pidió hablar con un operador de carne y hueso, pero todos estaban ocupados atendiendo a otros usuarios. Luego de dos horas de espera, el tipo confesó que no conocía los detalles del programa.
Madrugó a presentarse en una oficina de inmigración. Al final de la tarde se dio cuenta que además de alinearse en la fila equivocada, también se equivocó de oficina. El programa se realizo en apenas cinco ciudades.
Acudió a una iglesia que maneja un consultorio gratuito para trabajadores con problemas de inmigración. Cuando Hermenegildo pidió ayuda para acogerse a la auto deportación, todos lo miraron con sorpresa -como si se tratara de un extraterrestre- y hasta le pidieron autógrafos.
- Mi Plan B no funcionó -confesó.
- ¿No alcanzaste a llegar entre los primeros 450.000?
- Al contrario. El problema es que apenas ocho se auto deportaron: uno de México, otro de Estonia, dos de Guatemala, uno de El Salvador, dos de India y uno de El Líbano
- ¿Y el resto?
- Me imagino que los otros 449.991 seguirán tan despistados como yo.
- ¿Y has pensado en un plan C?
- Corro a alistarme para pelear en Irak, antes que Obama acabe la piñata y regresen los chicos a casa.
- ¿Combatirás entonces por la democracia y la libertad?
- Y por la tarjeta verde.
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VERBATIM
Agobiados ante el alto
costo de la gasolina,
la gente prefiere la deportación
antes que el auto.