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Son pocas las veces en la vida de un ser humano que se tiene la oportunidad de compartir y celebrar con un grupo tan bonito de gente joven. Porque aquí todos son jóvenes.
Yo soy uno de esos que celebro, trescientos sesenta y cinco días al año, cada segundo de mí vida, mi herencia hispana –latino americana.
Yo se quien yo soy, de donde vengo y estoy extremadamente orgulloso de mi herencia, de mis raíces. Con el permiso de ustedes voy a expandir mi definición de una perspectiva estrecha a una más amplia. Hoy y especialmente en esta parte del mundo tenemos que incluir en esta celebración a nuestros hermanos y hermanas de Haití y de Brasil y a todas las naciones de nuestra América que de una u otra forma han compartido nuestra historia, nuestra cultura, nuestros valores y nuestra tierra.
Habiendo dicho esto compartiré con ustedes algunas de mis experiencias que han forjado mi vida.
Yo nací y me crié en un pequeño pueblo en el interior de mi patria Puerto Rico. Temprano en mi juventud tuve el privilegio de haber vivido y trabajado en Colombia y la República Dominicana y de haber visitado a Jamaica, Haití, Cuba, Panamá, Venezuela y México. Me siento ser entonces: puertorriqueño, latino americano y americano.
No nos equivoquemos, todos somos americanos. Desde el que vive en el punto más al norte de Canadá hasta el que vive en el punto más al sur de Chile. El gentilicio de americano, recordemos, no le pertenece a ninguna nación en forma exclusiva. Algunos nos llaman norteamericanos, otros centroamericanos, y otros suramericanos. También tenemos a los caribeños. Todos esos nombres tienen su origen en la posición geográfica de nuestras naciones pero todos tenemos el derecho a ser llamados americanos. La mayoría hablamos español, otros hablan portugués, otros francés y muchos inglés. También hay cientos de miles de personas que hablan lenguas indígenas como el quechua, guaraní y aymará entre muchas otras. El español hoy en día se enseña en las escuelas de Brasil desde los grados elementales y Evo Morales, presidente de Bolivia, recientemente ha hecho obligatorio el quechua y el aymará en las escuelas de su país. Es una ignorancia de los que todavía defienden la enseñanza de un sólo idioma.
En América Latina hay personas de diferentes grupos étnicos, en todos los colores del arco iris y en todos los tamaños y formas.
En nuestra América Latina si que podemos hablar de diversidad, porque creo que fuimos los que inventamos la palabra.
Allí podemos hablar de integración porque es en esa América Latina donde verdaderamente se han mezclado las razas. Quinientos años atrás no tan sólo se juntaron los invasores con los invadidos sino que también se forjó una vibrante nación latina. Sería raro encontrar familias en nuestras naciones que no tengan la perfección de esa mezcla en algún grado en su ancestro. Eso somos nosotros.
Pero esa América nuestra no ha sido perfecta. Muy lejos de ello.
Todavía tenemos una enorme deuda que pagar con los hermanos que en su grandeza y hospitalidad única le abrieron las puertas a los depredadores que le quitaron su tierra. No hay duda que la deuda no ha sido reparada, no solamente por la pérdida de su patrimonio en manos de los usurpadores, sino por la pérdida de la inocencia de la que fueron robados. Todavía son miles los que viven como parias en su propia tierra, recordándoles a los que tienen una memoria corta que los verdaderos dueños nunca exigieron documentos de entrada, ni certificados médicos ni permisos de trabajo, pero se les permitió que trabajaran y que celebraran su nueva libertad. También tenemos que recordar a los otros que no fueron invasores pero que fueron secuestrados de sus naciones y traídos encadenados, en otros barcos y que si no es por el sudor y la sabiduría de estos, tampoco seríamos lo que somos.
Tenemos que reconocer nuestros errores del pasado para no repetirlos en el futuro. Todavía tenemos tiempo de rectificar nuestro pasado.
Tenemos que respetar nuestras diferencias para así construir un mundo más justo para todos.
Esa es la América con que soñamos. Una vez logremos esto, entonces celebraremos.
Desafortunadamente nuestra América Latina no ha llegado allí todavía, por que aun existen definiciones en mentes estrechas, en pequeños grupos, llenos de una arrogancia ciega que nos quieren hacer creer que nuestro rol es el de servirles a los amos. Esa estrechez de pensamiento no tiene cabida en el siglo veintiuno y mucho menos en la América Latina que nos vio nacer. Es imperativo que nos deshagamos de esos pensamientos. Entonces celebraremos.
En esa América Latina que todos conocemos, tan llena de recursos naturales, tan dinámica, con una juventud brillante y con una tierra que nos puede alimentar a todos por igual, no tiene sentido que la mayoría de nuestra gente todavía tenga que luchar por un mendrugo de pan para su sustento, o por un techo para cobijarse o por servicios de salud para sus dolencias. Estas son necesidades básicas a las que todos los seres humanos debemos tener acceso.
No hay razón para ser tratados sin dignidad y respeto. Después de todo en todos esos libros importantes que hemos leído tantas veces, nos repiten las mismas palabras una y mil veces. Tenemos que hacer lo que predicamos. Y entonces celebraremos.
¿Entonces? ¿Quiénes somos nosotros?
El número de origen hispano –latino americano excede a los 561 millones de seres humanos, sin incluir a los más de 35 millones que son estadounidenses.
Nos une no solamente el espacio en que vivimos, también nos une el idioma que nos ata, nuestra idiosincrasia, nuestras costumbres.
También tenemos diferencias.
Podemos ver ese contraste entre la gente de las alturas andinas y los caribeños, podemos ver las diferencias entre aquellos del Atlántico y los que viven en el Pacífico, aquellos de las ciudades y aquellos de las áreas rurales. Algunos son tan tímidos y humildes que podemos identificar de donde son. Algunos vociferan y son extrovertidos y podemos identificar su nacionalidad. Se nos llama de diferentes maneras, nos vestimos de forma diferente y el color de nuestra piel tiene diferentes tonalidades. Tomamos bebidas con diferentes sabores, comemos frutas distintas con nombres exóticos y comidas exóticas sazonadas en forma diferente. Algunos nos transportamos en avión, otras veces en un burrito y otras en el tren subterráneo y algunas en el bote río arriba.
Encontraremos a los niños en la República Dominicana y Cuba soñando con el béisbol, y si van al resto de América Latina encontraran a los infantes que tienen un balón de fútbol en su cuna. Y si llegan a ir a mi pueblo en Puerto Rico los bebes nacen dribleando un balón de básquetbol.
El español se habla con 200 acentos diferentes, pero a pesar de eso nos entendemos muy bien. Para algunos una china es una naranja y para otros es una jovencita. La guagua para algunos es un autobús y para otros es un infante.
Pero nos comunicamos bien, ya sea con nuestros gestos, con la mirada, con nuestras lágrimas, con la sonrisa. Nos comunicamos porque expresamos nuestros sentimientos y sentimos lo que expresamos. Y nos comunicamos.
Comunicamos con nuestra música, con nuestra poesía, con nuestra literatura y nuestro arte. Hay sonidos diferentes, pero todos reflejan nuestros sentidos. Nos expresamos a través de nuestros ritmos, a través de nuestro respirar y nuestra pasión.
Sudamos latinoamerica-nidad. Somos una comunidad bajo el mismo sol, somos un gigante dormido que tenemos un largo camino que recorrer.
Pero cada día que pasa parece que reconocemos que a nuestra lucha se le está acercando el fin. Que nos estamos levantando en nuestros propios pies y que estamos dispuestos de proveerles al mundo un ejemplo de unidad y respeto para los demás.
Y que en ese proceso no perderemos nuestra identidad, nuestra hospitalidad, nuestra belleza y nuestras sonrisas.
Y cuando llegue ese día entonces volveremos a invitar a todos a nuestro hogar americano para celebrar nuestra herencia y nuestro amor a la vida y compromiso con la justicia. |