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EL PERIÓDICO SEMANAL DIGITAL DE LA VOZ HISPANA DE CONNECTICUT

 
 

DESDE MI ESQUINA

¡Miedo o Temor!

 

 

 

«El miedo es la peor calamidad que le puede ocurrir a un pueblo»
Monseñor Antulio Parrilla Bonilla - Obispo puertorriqueño

 

El miedo es definido por el diccionario como una «perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario». Esta definición del diccionario de la Real Academia Española describe una emoción que podría desconcertar o paralizar a un individuo, a un grupo o a una nación. Aclarando que no soy psicólogo o siquiatra, me atrevo a decir que tenemos que pensar y reconocer el papel del miedo en nuestras decisiones y actuar de acuerdo a lo que nos dicte la lógica y el buen sentido común. No podemos lanzarnos desde un décimo piso sin entender las posibilidades de tal acción aún cuando no tengamos miedo de hacerlo pero tampoco debemos paralizarnos al ver cruzar a un gato negro por el frente nuestro. Nuestra conducta, nuestra manera de pensar, el miedo que podemos sentir es producto de nuestras experiencias, de lo que aprendemos en la medida en que crecemos y nos relacionamos con nuestro medio ambiente. Aprendemos de nuestra familia, de nuestros amigos, de las diferentes personas en posiciones de liderato que nos sirven de modelo. El ser humano es como una esponja que absorbe todo.
El miedo o temor es una sensación que aprendemos a temprana edad. El ser humano aún antes de nacer, en el vientre de la madre, ya está expuesto a sensaciones externas e internas que dan margen a que la criatura sea afectada por estas. Cuando salimos al mundo externo es que comenzamos a aprender toda una conducta relacionada con el miedo o temor. El niño pequeño puede flotar en el agua (con las debidas precauciones y supervisión) hasta que «aprende» el riesgo que existe de hundirse y por consiguiente, de ahogarse. Ese aprendizaje va formando la capacidad del niño para poder discernir entre el riesgo de ahogarse o de aprender a nadar y mantenerse a flote. Si por el contrario, se le «enseña» a que el riesgo es mayor que el beneficio de saber nadar siempre se quedará prisionero de sus temores. Ese «temor»
aprendido se repite en todas las experiencias del crecer reflejándose en la adolescencia y peor aún cuando es adulto. Esto no quiere decir que todos los «temores» que sentimos sean precisamente malos o equivocados, pero si tenemos la responsabilidad de señalar y distinguir entre temores reales y otros imaginarios o sin fundamento.
Esa sensación se arraiga tanto en nosotros, que muchas veces y en forma inconsciente determina nuestras acciones y pensamientos.
Aprendemos a tenerle «miedo» a la oscuridad, a los gatos negros, a la mariposa negra, a los espíritus, al cuco y miles de otros que son en mayor o menor grado reflejo de nuestro folclor o imaginación. También aprendemos a temer a los aviones, a los barcos, a los sitios altos, a los perros y otros que podrían ser producto de una experiencia personal. Esa formación puede cambiar o ser reforzada a medida que crecemos y vamos siendo expuestos a otras experiencias.
Las diferencias individuales en términos de autoestima, facilidad de expresarse, valores y toda esa amalgama de cosas que define la conducta humana se pueden ver diariamente entre compañeros de trabajo o personas con quien tenemos contacto. En términos grupales podemos notar las diferencias entre los distintos grupos étnicos y de diferente posición económica. El temor o miedo es un factor que dicta en forma alarmante la conducta de esa población. ¿Cuántos esclavos rehusaron la libertad o se quedaban con los amos, por ese miedo transmitido y aprendido por generaciones? ¿Cuántas personas abusadas aceptan el maltrato y hasta justifican esa conducta, culpándose por la aberración cometida en contra de su persona?
Nuestra cultura, nuestra historia, nuestros valores, lo que somos y quienes somos son entonces definidos por el medio ambiente en que nos desarrollamos y quien nos «educa» en esos primeros años de nuestra existencia. La nación en que vivimos nos forma a la medida de la visión y valores de esa sociedad. También los valores definen el bien y el mal, lo que es democrático o lo antidemocrático, lo que es justo y lo que es injusto. Por lo general nos enseñan a pensar como ellos quieren que pensemos, nos enseñan a temer a lo que ellos quieren que temamos. El proceso de domesticarnos comienza desde temprano para el beneficio y bienestar de unos pocos. Hoy en día hasta existen «cucologos» sofisticados con altos grados universitarios que dirigen o asisten a los más altos funcionarios que controlan las corporaciones o gobiernos mundiales o le sirven de consultores a estos. La educación formal o institucionalizada es el instrumento principal para lograr ese objetivo. Los sistemas noticiosos en manos de una elite se convierten en cómplices en el adoctrinamiento o «educación» de esa sociedad.
Un sistema donde no se enseña a pensar, donde se inculca el temor, donde no se escudriña o cuestiona lo que se enseña es uno que produce inevitablemente unos babiecas intelectuales o zánganos serviles. Una nación que estimula hábilmente falsos valores, donde la verdad es tergiversada y pisoteada, donde la dignidad de los pueblos es cínicamente burlada, no es una de grandes esperanzas. Ese pueblo lleno de falsos e imaginarios temores está expuesto a vivir en continuo y paralizante miedo. El miedo que impide a expresar lo que pensamos es lo que mantiene a los tiranos en el poder.
En nuestros países al sur del Río Grande hemos tenido una variedad de experiencias en nuestra historia donde se ha tratado de infundir miedo como medio para controlar la gente. En ocasiones e incurriendo en el peligro de generalizar, los gobernantes de turno han usado la fuerza como instrumento de dominar o crear miedo en las poblaciones gobernadas. Fuerzas militares y agentes policíacos han sido encomendados para «preservar la ley y el orden» en nuestras naciones.
Esa debería de ser la función ordinaria de ellos, pero cuando se utilizan para suprimir el derecho de pensar diferente entonces se convierten en agentes de represión en la sociedad. Estos dejan de responder a la seguridad del pueblo y pasan a responder por la seguridad de los gobernantes.
Podemos contar cientos de historias donde el terror, el temor, el miedo ha sido instrumento para someter nuestros países hermanos; donde en nombre de la democracia y la seguridad se han violado todos y cada uno de los más elementales derechos humanos. La lista de asesinatos y desaparecidos sería interminable, donde el miedo a las fuerzas represivas han violado impunemente los más sagrados derechos humanos.
Nosotros los puertorriqueños somos el ejemplo de la colonia más antigua en existencia en el mundo. Esto no es motivo de orgullo para quien tenga un poco de autoestima, pero esos 500 años de servidumbre no han pasado sin hacer mella en nuestra manera de ser, en nuestra personalidad como pueblo.
De la fuerza bruta que los españoles ejercieron en el pasado hasta la manipuladora, sutil y represiva forma a la que nos han impuesto los estadounidenses, en concubinato con gobernantes locales han hecho un circo de la democracia en Puerto Rico. El yugo físico existe pero peor es el que está arraigado en nuestra mente... el temor a ser libres. Algunos piensan que nos han domesticado totalmente pero como el ave de Fénix seguimos surgiendo de las cenizas.
El miedo, ese mal absurdo, ese yugo que es fomentado por tiranos, deforma el alma de un pueblo, la esclaviza y lo convierte en un clon que imita la arrogancia de sus líderes. La justicia pierde el sentido de su existencia y la sociedad vive en constante amenaza de su propia tranquilidad interna y externa.
En ese clima no se fomenta la justicia entre los hermanos del mundo.
Espero que podamos liberarnos de las cadenas del miedo y la ignorancia.


 

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