EL SOL LATINOAMERICANO
Horacio Quiroga y sus Cuentos de la Selva
Por Washington Canal Astete
La obra del escritor Horacio Quiroga va más allá de los límites de un movimiento literario concreto. Contemporánea del post modernismo, en ella se encuentran rasgos románticos, realistas, naturalistas, surrealistas o fantásticos. Se nota la influencia de Edgar Allan Poe, Guy de Maupassant y Anton Chekov.
Quiroga nació en Salto, Uruguay el 31 de diciembre de 1878; la vida del autor estuvo marcada por una sucesión de hechos trágicos. El primero de ellos fue el accidente en el cual, teniendo Quiroga sólo unos meses, murió su padre al trabársele la escopeta cuando bajaba de una lancha. Su madre, Pastora Forteza se casó de nuevo con Ascencio Barcos; con el padrastro el niño tuvo una relación afectuosa, que no duró mucho porque el buen hombre murió poco tiempo después.
En 1909 Quiroga se casó con Ana María Cirés, con quien radicó en San Ignacio de Misiones. Este matrimonio de la que nacieron dos hijos, terminó con el suicidio por envenenamiento de su esposa, hacia finales de 1915. Finalmente, a los 49 años se casa por segunda vez con María Elena Bravo, que tenía veinte años y era una de las amigas de su hija Eglé. Pero ésta agotada por las dificultades conyugales y la vida incómoda de la selva, lo abandonó en 1936. Poco tiempo después, Quiroga se internó en un hospital, sumamente enfermo. El 19 de febrero de 1937, al saber que padecía de cáncer, se suicidó por envenenamiento.
Indudablemente la obra más valiosa de Quiroga se realiza teniendo como fondo la selva. Además, su género por excelencia, del cual es uno de los maestros de la lengua, es el cuento.
De los diversos libros que tienen como mundo la jungla, como El salvaje, El desierto y Los desterrados, sobresale Cuentos de la selva (1918), conjunto de ochos relatos expresamente escritos para los niños y que goza de mucha popularidad por tener fines morales. De estos cuentos merecen especial atención los titulados Las medias de los flamencos, Anaconda, La guerra de los yacarés, La aveja haragana y El paso del yabebirí. Estas narraciones reflejan la intención vitalizadora de Quiroga por la cual, a la manera de las fábulas clásicas o de la obra de Rudyard Kipling, las virtudes y defectos de los hombres son asumidas por los animales. La selva, al final de cuentas, resulta más humana que la ciudad que es la verdadera «jungla.»
La abeja haragana
Este cuento al igual que los demás contienen una moraleja, es decir una experiencia o enseñanza provechosa. Narra la vida en una colmena de una abeja ociosa, que recorría los árboles absorbiendo el jugo de las flores, pero en lugar de llevarlo a la colmena para convertirla en miel, se lo tomaba todo. Zumbaba de flor en flor, entraba a la colmena, volvía a salir, y así se la pasaba todo el día mientras las otras abejas trabajaban arduamente para llenar la colmena de miel. Las abejas comenzaron a disgustarse con la abeja haragana, y un día, las encargadas de cuidar la puerta de la colmena, la detuvieron cuando iba a entrar y le reprocharon su actitud.
La abeja no hizo caso a las reprimendas. Cierto día el tiempo se descompuso y empezó a soplar un viento fuerte. La abeja ociosa voló a su colmena, pensando en lo caliente que estaría allí adentro. Pero sucedió lo inevitable, no la dejaron entrar. Por más que rogó hasta las lágrimas, no pudo ingresar. Entonces, temblando de frío, con las alas mojadas y tropezando cayó dentro de un agujero. Allí topó con una culebra, que al saber que era una abeja haragana, decidió hacer un bien al mundo comiéndosela. Con mucha astucia, la abeja propuso a la culebra hacer dos pruebas, y la que hiciera la prueba más rara ganaría. La culebra aceptó, y cogiendo una cápsula de semillas de eucalipto, la envolvió con su larga cola y desenvolviéndola rápidamente hizo bailar a la semilla como si fuera un trompo.
Cuando le llegó el turno a la abeja, dijo a la culebra que ella tenía el poder de desaparecer. La culebra rió incrédula y cerrando los ojos a petición de la abeja contó hasta tres. Cuando abrió los ojos, grande fue su sorpresa al no ver a la abeja en ningún lado. La culebra cansada de buscar a la abeja le pidió que se hiciera visible. Ésta salió de entre una hoja cerrada de un arbusto que había en la caverna. ¿Qué había pasado? Muy sencillo, la planta era muy sensitiva, que tenía la particularidad de que sus hojas se cerraran al menor contacto.
La culebra cumplió su palabra y al otro día, cuando salió el sol, la abeja voló y fue a la puerta de la colmena. Las abejas de guardia la dejaron pasar porque entendieron que la que volvía no era ya la misma haragana, sino una abeja que en una noche había hecho un duro aprendizaje de la vida..Así fue, en efecto. En adelante, ninguna como ella trabajó tanto en la colmena.- «No es nuestra inteligencia, sino nuestro trabajo quien nos hace fuertes. Esa noche aprendí la noción del deber.»
Horacio Quiroga, poeta, dramaturgo y novelista, sobresalió principalmente en sus originales cuentos cortos, de gran fantasía que describen la naturaleza americana. |