EL SOL LATINOAMERICANO
Tradiciones Peruanas
de Ricardo Palma
Por Washington Canal Astete
«La tradición -en el sentido que Palma le ha impuesto al mundo literario- es flor de Lima. La tradición cultivada fuera de Lima y por otra pluma que no sea la de Palma, no se da bien, tiene poco perfume, se ve falto de color.»
Rubén Darío.
Las Tradiciones Peruanas es una obra fundamental de la literatura peruana e hispanoamericana, del escritor Ricardo Palma Soriano, nacido en Lima el 7 de febrero de 1833. La primera serie de las tradiciones fue impresa en Lima, en 1872, y fue un éxito rotundo en el mundo literario castellano.
Palma fue un polifacético, espíritu renovador y progresista, su actividad literaria se desarrolló en campos muy diversos: como poeta siguió la corriente de los románticos europeos, publicando «Armonías», «Juvenilia», «Cantarcillos», «Pasionarias», y «Nieblas». Su producción teatral, breve, pertenece a su juventud. Más importantes son sus ensayos. Igualmente es importante su presencia en la prensa satírica, en la que fue un prolífico columnista y uno de los baluartes de la sátira política peruana del siglo XIX. Empezó colaborando en la hoja satírica El Burro para ser posteriormente uno de los principales redactores de La Campana. Luego después fundó la revista La Broma.
También fue un colaborador estable de publicaciones serias como El Mercurio, El Correo, La Patria, El Liberal, Revista del Pacífico y Revista de Sud América.
Sin embargo, su personalidad auténtica se expresó en sus «Tradiciones Peruanas», en las que trabajó de 1872 a 1918. El conjunto de la obra, en once series, es de excelente calidad. Esta obra define a Palma como creador de un género literario netamente peruano: el Tradicionalismo y lo que lo convierte a él en un natural tradicionista
Veamos una muestra de estas tradiciones.
El alacrán de Fray Gómez
Fray Gómez acercose pausadamente al que yacía en tierra, pusole sobre la boca el cordón de su hábito, echole tres bendiciones, y sin más médico ni más botica el accidentado se levantó tan fresco, como si golpe no hubiera recibido.»
!Milagro! !Milagro! !Viva Fraile Gómez!» exclamaron los espectadores. Y con entusiasmo intentaron llevar en triunfo al lego. Éste para escapar de la popular ovación, echó a correr hacia su convento y se encerró en su celda.
Aquél día estaba Fray Gómez en vena de hacer milagros, pues, cuando salió de la celda se encaminó a la enfermería donde encontró a San Francisco Solano acostado sobre una tarima, victima de una furiosa jaqueca. Lo examinó el lego y le recomendó que tomara algún alimento, pues lo encontraba muy débil. El santo se negó porque no tenía apetito; la insistencia de Fray Gómez fue tal, que el enfermo para librarse de las exigencias que picaban ya en la majadería, ideó pedirle lo que hasta para el Virrey habría sido imposible de conseguir, por no ser la estación propicia para satisfacer el antojo. «Pues mire, hermanito, sólo comería con gusto un par de pejerreyes», dijo el santo risueñamente. Fray Gómez metió la mano derecha dentro de la manga izquierda, y sacó un par de pejerreyes tan fresquitos que parecían acabados de salir del mar. Y así con los benditos pejerreyes, San Francisco quedó curado.
Fray Gómez, que había nacido en Extremadura, España en 1560, estaba una mañana en su celda, meditando cuando se le presentó un individuo algo andrajoso. Era un comerciante cuyo negocio andaba de capa caída, y necesitando dinero para recuperarse y no teniendo a quien recurrir, acudió donde el fraile. Cuando Fray Gómez le manifestó que porque había pensado que él podría tener la cuantiosa suma que necesitaba, el comerciante le respondió que tenía fe en que él no lo dejaría partir desconsolado. «La fe lo salvará, hermano. Espere un momento», le contestó Fray Gómez. Y paseando los ojos por las desnudas paredes de la celda, vio un alacrán que caminaba tranquilamente sobre el marco de la ventana. Con una página que arrancó de un libro viejo, el fraile cogió con delicadeza al animalito y lo envolvió; dándoselo al comerciante le dijo: «Empeñe esta alhaja y no olvide devolvérmela dentro de seis meses:» El hombre se deshizo en agradecimientos y se fue a la tienda donde empeñó un bello prendedor figurando un alacrán, por quinientos duros.
Con este capital su comercio prosperó tan bien, que a los seis meses, pudo desempeñar la joya, que envuelta en el mismo papel en que la recibiera, se la devolvió a Fray Gómez. Éste tomó el alacrán, lo puso sobre el alfeizar de la ventana, le echó una bendición y dijo: «Animalito de Dios, sigue tu camino.» Y el alacrán echó a andar libremente por las paredes de la celda. |