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EL PERIÓDICO SEMANAL DIGITAL DE LA VOZ HISPANA DE CONNECTICUT

 

 
 

EL SOL LATINOAMERICANO
 

Julio Ramón Ribeyro y Los Gallinazos Sin Plumas


 
Julio Ramón Ribeyro, escritor peruano nació en Lima el 31 de agosto de 1929 y después de haber compartido su vida bohemia y literaria entre Lima y Europa, falleció en su añorada Ciudad de los Virreyes, el 4 de diciembre de 1994. Ribeyro es el iniciador de la narrativa peruana que aún está vigente. En sus primeras obras predominan los temas fantásticos con una clara influencia de Franz Kafka y Jorge Luis Borges.
Luego vino la apertura al realismo, época en que con otros escritores de su generación empezaron a tratar temas urbanos. En los cuentos de Ribeyro, los personajes de la gran ciudad son sometidos a un paciente análisis psicológico que en ningún momento interfiere con la fantasía y el clima poético que impregnan la recia estructura de sus relatos. Ribeyro, considerado como uno de los cuentistas más importantes de Latinoamérica, es autor de las siguientes colecciones de cuentos: Página de un diario (1952), Los gallinazos sin plumas (1954), Cuentos de circunstancias (1958), Las botellas y los hombres (1964), Tres historias sublevantes (1964), La palabra del mudo (1973), El próximo mes me nivelo (1973). Escribió, además, las novelas Crónica de San Gabriel (1960) y Los geniecillos dominicales (1965).
El periodista Jorge Coáguila hace una breve descripción de la evolución ideológica de Julio Ramón: “Cuando empezó a escribir, sobre todo cuentos fantásticos bajo la influencia de Kafka y Poe, se auto declaraba reaccionario. Luego, cuando viajó a Europa tuvo contacto con jóvenes de ideas progresistas. Hasta ese entonces él había pertenecido a una clase media respetada, pero allá pasa a ser una marginado más, con empleos menores. Producto de esta inclinación socialista se interesa más por las clases populares. Así nacen Los gallinazos sin plumas con pescadores, empleados y criadores de cerdos. Esto llegó a un punto alto en Tres historias sublevantes. Donde cada historia se refiere a una región del país. Al pie del acantilado a la costa. El chaco a la sierra y Fénix a la selva. En su última etapa fue un escéptico, dudaba de todo, no tenía una posición política férrea.”
En 1990 Ribeyro había decidido mudarse al Perú. Decisión largamente madurada después de casi cuarenta años de vida en Europa. Y de pronto el mudo y tímido escritor de la marginalidad se lanzó a vivir su último cambio, marcado por su disposición al contacto y por el gusto de celebrar su reintegración en la ciudad de su infancia. La novela sobre Lima que había obsesionado sus inicios de escritor, se convirtió al final de su vida en su propia historia de amor con Lima.
Ribeyro manifestaba en 1973, a cerca de su libro La palabra del mudo, “porque en la mayoría de los cuentos que ahí se encuentran se expresan aquellos que en la vida están privados de la palabra, los marginados, los olvidados, los condenados a una existencia sin sintonía y sin voz. Yo les he restituido este hálito negado y les he permitido modular sus anhelos, sus arrebatos y sus angustias.” Este libro empieza con el cuento
Los Gallinazos sin Plumas
Aquí Ribeyro muestra a don Santos, viejo rezongón, y a sus dos nietos: Efraín y Enrique, quienes diariamente son lanzados a la ciudad por el abuelo, para que en los cubos de basura que “adornan” las calles, busquen el alimento de Pascual, cerdo, a quien Don Santos aprecia más que a sus nietos. Ribeyro describe con crudo realismo, algo que sus ojos de niño vieron cuando su padre lo mandaba a botar la basura, tal como él lo manifiesta en su cuento…”Un domingo Efraín y Enrique llegaron al barranco. Los carros de la Baja Policía, siguiendo una huella de tierra, descargaban la basura sobre una pendiente de piedras. Visto desde el malecón, el muladar formaba una especie de acantilado oscuro y humeante, donde los gallinazos y los perros se desplazaban como hormigas”. El cuento prosigue y narra como los muchachos arrojaron piedras para espantar a sus enemigos. Un perro se retiró aullando. Cuando estuvieron cerca sintieron un olor muy fuerte. Los pies se les hundían en un alto de plumas y materias descompuestas. A veces, bajo un periódico, encontraban una carroña devorada a medias. En los acantilados cercanos los gallinazos espiaban impacientes saltando de piedra en piedra. Después de una hora de trabajo regresaron al corralón con los cubos llenos. ¡Bravo, bravo!, exclamó Dos Santos, habrá que repetir dos o tres veces por semana.
El abuelo egoísta sólo estaba interesado en su querido Pascual, marrano que habitaba en la pobre vivienda que consistía del corral y la habitación mísera donde los niños estaban en peligro de contraer cualquier enfermedad. Cuando Efraín enfermó, y no pudo levantarse a cumplir su diario martirio, el abusivo abuelo envió a Enrique a los muladares; labor que hubo de multiplicar por exigencia del ambicioso anciano, que quería que el animal engordase más y más para poder venderlo a mejor precio. Cuando los muchachos ya agotados no pudieron cumplir con las exigencias del abuelo, éste cogió a “Pedro”, el perro de los niños, y lo arrojó al chiquero donde el cerdo ya se desesperaba por el hambre. Este hecho provocó la reacción de Enrique que se abalanzó sobre el anciano, quien perdiendo el equilibrio cayó al chiquero, donde hacía poco “Pascual” había devorado al perro. Ambos niños huyeron precipitadamente, mientras desde el chiquero llegaban los ruidos de una pelea.
Estas notas intentan retratar al extraordinario y sencillo autor que ha dejado novelas y cuentos simplemente inolvidables.

 
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