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EL PERIÓDICO SEMANAL DIGITAL DE LA VOZ HISPANA DE CONNECTICUT

 
 

OPINIÓN

Un remedio peor que la enfermedad

Por JAVIER SIERRA

Los seres humanos, en ocasiones, nos comportamos más como mulas tercas que como seres racionales. Y la aterradora resurgencia de la energía nuclear es un muy buen ejemplo de ello.
Empecemos por dejar claro que no sólo Estados Unidos sino la humanidad entera se enfrenta a un reto histórico: cómo detener el calentamiento global mientras se satisfacen las necesidades energéticas de una población mundial que supera los 6,000 millones de almas.
Con las reservas petroleras mundiales en rápido descenso, los precios del barril de crudo más altos de la historia y la región productora más importante del mundo, el Medio Oriente, en llamas, todos estamos de acuerdo en que tenemos que acabar con nuestra dependencia petrolera. Es decir, debemos encontrar fuentes alternativas de energía.
El problema se hace más agudo cuando el remedio que presenta la administración Bush, entre otros, es peor que la enfermedad. La Casa Blanca, supuestamente para combatir los peligros ecológicos de las plantas generadoras de energía de combustión de carbón, defiende que la solución es construir más centrales nucleares.
“Cambiar de las plantas sucias de carbón a la peligrosa energía nuclear es como dejar los cigarrillos para fumar crack”, dice Dan Becker, Director del Programa sobre Calentamiento Global del Sierra Club.
El potencial de accidentes en estas centrales —y en Estados Unidos tenemos 104 de ellas— es enorme. Y no hace falta limitarnos sólo al ejemplo de Chernobyl, en Ucrania, donde hace más de 20 años ocurrió la peor catástrofe nuclear de la historia. Hace sólo tres años, un reactor nuclear en Ohio, estuvo a sólo un quinto de una pulgada de acero de que ocurriera un escape que podría haber ocasionado un desastre. Asimismo, después del derretimiento parcial en 1974 de uno de los reactores de la central de Three Mile Island, en Pennsylvania, la limpieza de la instalación tardó 14 años y costó cerca de $1,000 millones.
Estas centrales, además, son un tentador objetivo para ataques terroristas. Si, por ejemplo, ocurriera una emergencia en la planta de Indian Point, en Nueva York —sobre la cual sobrevoló uno de los aviones secuestrados el 11 de septiembre de 2001— todas las personas en un radio de 50 millas deberían ser evacuadas; es decir, 20 millones de residentes. Recordemos que activistas de Al Qaeda, antes de los ataques, inspeccionaron plantas nucleares como objetivos potenciales.
Por si fuera poco, las centrales nucleares producen enormes cantidades de residuos radioactivos, una de las sustancias más tóxicas y peligrosas que se conocen. Cada central en Estados Unidos genera 20 toneladas de residuos al año, multiplicadas por las 104 plantas existentes, nos da un total de 2,080 toneladas anuales. En grandes dosis estos residuos pueden causar la muerte, y en pequeñas, cáncer y malformaciones genéticas. Además, conservan su toxicidad durante 200,000 años.
Yucca Mountain, un paraje en el estado de Nevada, fue elegido para depositarse allí unas 77,000 toneladas de residuos nucleares en cámaras subterráneas. Sin embargo, el proyecto está paralizado, entre otras razones, porque el lugar es geológicamente mucho más inestable de que lo que se pensó originalmente. Considere también que a Nevada llegarían envíos de residuos nucleares de 41 estados y cruzarían miles de ciudades y pueblos, quizá su ciudad o su pueblo.
Esta fuente de energía, asimismo, está considerada la más cara del mundo. Su existencia sería imposible sin los extravagantes subsidios del gobierno federal, $66,000 millones desde 1948 a 1998. El año pasado, gracias a la desastrosa Ley de Política Energética, esta industria recibió otros $13,000 millones en subsidios.
Toda esta lista de disparates se hace incluso más inexplicable si consideramos que existen fuentes de energía mucho más limpias, baratas y seguras. Si esos $13,000 millones en subsidios se hubieran destinado a construir turbinas de viento, se podrían haber instalado más de 20,000 en todo el país.
La industria automotriz ya tiene a su disposición la tecnología necesaria para que todos los carros y camionetas ligeras que construya rindan al menos 40 millas por galón. Si esto se pusiera en práctica —con los precios de la gasolina más altos de la historia— en 10 años nos ahorraríamos todo el petróleo que importamos del Golfo Pérsico.
Todas nuestras necesidades de energía eléctrica se verían cumplidas combinando mejores medidas de eficacia energética, con energía solar y de viento, turbinas de gas natural de alta eficacia y plantas de carbón limpias. Además reduciríamos al menos el 70% de las emisiones de gases que causan el calentamiento global.
Los remedios están ahí. Pero antes tenemos que curarnos de una condición llamada terquedad.
Javier Sierra es columnista del Sierra Club.


 

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