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EL PERIÓDICO SEMANAL DIGITAL DE LA VOZ HISPANA DE CONNECTICUT

 
 

ESCENA

Grito de Lares y Filiberto Ojeda Ríos

Por RAFAEL CANCEL MIRANDA

"En este mundo todos parecen tener derecho
a la violencia, menos los oprimidos"

El viernes 23 de septiembre del 2005 se conmemoró en Puerto Rico, como usualmente se hace, el aniversario del Grito de Lares. En esa fecha y en ese pueblo se congregan para honrar la gesta libertaria de esta nación los que creemos en la soberanía de nuestra nación.
Esa misma tarde mientras se cerraban los actos conmemorativos en Lares con un mensaje grabado por Filiberto Ojeda Ríos, este era asaltado en su hogar en el Barrio Jaguitas, del sector Plan Bonito de Hormigueros por una jauría de cientos de agentes del Negociado Federal de Investigaciones ( FBI ). Filiberto era conocido como don Luis, en ese vecindario rural de una apartada zona del pueblo de Hormigueros.
Filiberto o don Luis, para los del barrio, era un hombre de contextura física frágil, con 72 años y con un marcapaso en su corazón. El vivía en una humilde casa, acompañado de su fiel compañera doña Elma Beatriz Rosado. Filiberto era la estampa de vergüenza, el sueño de lo que todo puertorriqueño sueña ser. Hombre sencillo, serio, humilde y honesto, siempre vertical en sus acciones. El que defendió lo suyo con los pantalones en su sitio. El pitirre que derrotó al guaraguao, defendiendo su nido, a pesar de su edad y de su fragilidad física.
En su ignorante prepotencia y engreída percepción de dioses omnipotentes, el ejército de agentes federales y sus acobardados líderes recibieron la encomienda de asesinar a Filiberto Ojeda Ríos.
Esa bala marcada por el miedo del imperio doblegó físicamente a Filiberto y ha impactado la dignidad de la familia puertorriqueña.
Este planeado asesinato de Filiberto Ojeda Ríos, ha sido otro violento intento para destruir a los que creen en la lucha por la independencia de Puerto Rico, y una tentativa más de profanar la sensibilidad de nuestra nación. Ese infame golpe sacudió de su marasmo al país, desenmascarando nuestra deshonrosa relación con los dueños del yugo colonial.
Los sicarios escondidos en la penumbra, acechando como hienas sedientas, asesinaron la poca credibilidad que tenían algunos ingenuos en la relación fraudulenta con el mayordomo del norte.
Filiberto Ojeda era para efectos de la ley de los Estados Unidos un prófugo de la justicia. Ya lo habían acusado anteriormente, sin que lograran encontrarlo culpable. Un jurado puertorriqueño en una corte federal lo encontró inocente luego de que Filiberto defendiera su vida, al ser acorralado en su hogar por agentes federales que no lograron su cometido. Ya Filiberto había estado en juicio en Hartford
(Connecticut) donde uno de los fiscales era Robert Moeller, hoy director del Buró Federal de Investigaciones (FBI). Filiberto Ojeda era para los efectos de esa agencia de los Estados Unidos: «un hombre peligroso».
Filiberto Ojeda Ríos era un hombre peligroso, no quepa la menor duda.
Tan peligroso era que se necesitaron cientos de hombres armados hasta los dientes, con las más sofisticadas armas de la elitista fuerza de seguridad estadounidenses para ultimarlo. Se necesitaron helicópteros, se necesitaron armas de increíble precisión y poder para poder acorralarlo y tuvieron que obscurecer el área de Hormigueros para que la verdad fuera silenciada. A Filiberto le hicieron más de 100 disparos impactándolo una sola de esas balas. Pero esas fuerzas especializadas no estaban para transar, no estaban para negociar, no estaban para arrestar a nadie. Luis Fraticelli, el director de la operación, ni tan siquiera sabía el nombre del periodista al que Filiberto le dijo que estaba dispuesto a entregarse. No había diálogo de clase alguna con los soberbios agentes del FBI. Sellaron el área y sellaron las comunicaciones. Ni los médicos, ni los abogados, ni los medios de comunicación, ni los fiscales, ni el Secretario de Justicia, ni el gobernador de Puerto Rico tenían acceso a la víctima o a la información. Los dueños del mundo cumplieron su misión, pero aun doblegando sus rodillas no pueden hablarle al mundo de justicia.
Mientras que Filiberto, el «enemigo extremadamente peligroso», en el estruendo de su silencio llevó a cabo su misión revolucionaria, cumplió con su Patria adorada y se colocó como ejemplo entre los grandes de esta nación.
¡Filiberto! ¡Qué insignificantes se ven tus detractores!
El miedo a la verdad desenmascaró la verdad. La misión era acallar a Filiberto, era pertinente silenciar una vez por todas a El Grito de Lares. Esa encomienda fue diseñada para intimidar al silencio a los que creen en la soberanía de mi pueblo, pero erraron una vez más. El Grito nunca se había escuchado tan alto. La sangre de Filiberto rompió las cadenas que nos atan al silencio. Y el pueblo de Puerto Rico se escuchó desde Vieques hasta Mayagüez, desde Aguadilla hasta Naguabo.
A los que están prontos a condenar a Filiberto o a poner en entredicho sus hazañas reales o imaginarias les recuerdo que ni Thomas Paine, ni Patrick Henry, ni Samuel Adams, ni Paul Revere, ni John Paul Jones, ni George Washington son considerados terroristas o criminales, al contrario estos son los héroes de la nación estadounidense. Esos son los que derramaron la sangre de los ingleses, esos son los que conspiraron en contra de la corona británica, los que quemaron, emboscaron y ejecutaron a los enemigos de la naciente nación. Esos son los padres de la patria norteamericana. Los héroes de la revolución.
Lo único que los nuestros no lo son porque viven en el sur del mundo.
Pero lo peor para los detractores de la patria es que Filiberto es más peligroso ahora que antes, pues la semilla de la verdad y la justicia se ha regado en el pueblo que lo admira.
Por eso el pueblo se desbordó en su despedida. Por eso fueron horas interminables las que pasaron la gente sencilla, los ejecutivos, compartiendo unos con otros para rendirle tributo en el Colegio de Abogados de Puerto Rico y en el Ateneo. Al día siguiente Filiberto tuvo el entierro más grande que se haya visto en Puerto Rico. El pueblo invadió la ruta de San Juan a Naguabo, en las aceras y en los bordes de las autopistas la gente rendía tributos a nuestro pitirre.
Los niños salieron de las escuelas ondeando sus banderas de Puerto Rico a despedir al héroe. Los automovilistas se pararon paralizando el transito para decirle adiós al patriota. Los empleados de la comercializada zona bancaria de San Juan, levantaron el puño al paso del féretro demostrando donde estaba su conciencia.
Y veinticinco humildes pescadores de Vieques llegaron a Naguabo en sus embarcaciones para también rendirle honores.
El miedo que le tienen a Filiberto los esclavistas del norte, es el miedo de aceptar que nuestra realidad fue en otra época la realidad de los otros. Los héroes nacionales de hoy también fueron calumniados en el pasado.
En Lares hace 138 años atrás, en otro 23 de septiembre, se reunieron cientos de puertorriqueños, tomando la población de Lares, constituyendo un gobierno provisional y declarando nuestra nación soberana. Este 23 de septiembre se celebrará El Grito de Lares por 138va. ocasión, y luego se dirigirán a Hormigueros para decirle ¡Presente Comandante!
Siguiendo el ejemplo romperemos el grillete que nos ata a la infamia.
Ahora nos falta salir del clandestinaje y decirle al mundo:
¡Basta Ya!
¡Entonces, como nuestro pitirre, volaremos libres!


 

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