ARTE CULINARIO
Los pasteles puertorriqueños y los asaltos musicales al Jefe
Por FRANK GORDILLO
¡Oh! llegó ya diciembre con sus aromas de pasteles, perniles, arroz con dulce, coquito, y todas esas cosas que nos hacen sentirnos como si estuviésemos en la isla del encanto. A pesar de un problema gastrointestinal que sufrí para el Día de Acción de Gracias debido a un pedazo de cuerito de cerdo virgen que me cayó como puntapié en la vesícula biliar, he logrado recuperarme y ya preparo mi hígado para hacerle honores a nuestras comidas tradicionales.
Por supuesto que esto deberé hacerlo en forma clandestina ya que mi esposa continúa interesada en que me convierta en vegetariano y me alimente de raíces y hierbas. Ahora, con eso de que los latinos estamos más enfermos que otros grupos étnicos de los Estados Unidos, me bombardea todos los días con estadísticas recientes que saca del Internet.
En esta oportunidad quiero hablar de los pasteles que son una de las delicias gastronómicas de diciembre y que prepara muy bien la señora Tiburcia y mi suegra doña Monín quien los vende en yuntas preparadas y listas para “frizarlas” y comerlas de a poco según lleguen las visitas, los cacheteros y cacheteras, o en las tradicionales parrandas.
El pastel que en otras latitudes se refiere a dulces, en Puerto Rico es el resultado de un proceso de preparación que consiste primero en guayar el guineo, o la yuca, ponerle pedacitos de cerdo y cocerlos. Esta comidita viene envuelta en hojas de plátano lo que le da un aspecto exótico y atractivo. En Hartford hay todo un mercado alternativo de este producto ya que muchas vecinas lo preparan tanto para el consumo interno, como para la venta.
La textura del pastel es lo que le da ese “no sé que” o “je ne sais quoi” a personas que como yo apreciamos y degustamos esta comida como quien cata un vaso de vino Merlot, cosecha 1982 de reserva.
El pastelito no puede ser ni muy duro ni muy amogollao, sino que estar al punto como es el caso de los tamales de los amigos de la tierra de Pancho Villa. Lograr el momento exacto de cocción y el sazón adecuado; constituyen los secretos de esta crema para paladares delicados como el mío.
Por otra parte, sacarle las hojas al pastel es, como decía un amigo mío que es poeta, “despojar a una dama hermosa de su vestido floreado en una noche de plenilunio cuando la luminosidad de los astros y la silueta tenue de las galaxias, nos ponen en contacto con el amor terrenal adosados con los secretos íntimos del universo ignoto.” Mi amigo cree en los OVNIS, ha dicho que se comunica mentalmente con el chupacabras, y dicen que está medio tostado, pero escribe y declama muy bien décimas dedicada a una yeguita baya que descansa en paz en la quebrá del barrio Dolores en Yauco.
En la municipalidad estamos todos contentos ya que este es el tiempo del cacheteo, los aperitivos, almuerzo de periodo de preelecciones, y desayunos de confraternidad que ofrece la alcaldía. El otro día sin embargo, y aunque parezca extraño, tuvimos una animada discusión en el baño ya que alguien, después de haber hablado nuevamente del tema de la reelección, salió con el asuntito éste, de si es o no ético darle una parranda al alcalde.
Este tipo que es más bien de un estilo purista, controversial, excesivamente serio, y hasta un poco amargado; dijo que esto de buscarse dos o tres músicos y darle un asalto musical al Jefe, estaría violando un aspecto ético que plantea que no es bien visto que subalternas o subalternos, sean o no jefes o jefas de departamento, le estén organizado al líder la celebración de su cumpleaños, comiditas, o dándole asaltos musicales.
Por otro lado están los que como yo y Ed pensamos en forma más pragmática. ¿Qué puede haber de malo en adular, lamer el ojo, reirle siempre las gracias a la primera autoridad y ser comprensivo con sus hermanos? La adulación se ha usado siempre en la historia y ya Bruto en los tiempos de César andaba para allá y para acá con Julito y después igual no más le metió una puñalada en medio de las costillas.
El purista dijo que el adular es una muestra de debilidad y quizás hasta ineficacia funcionaria en la que mediocres (y me miro a mi) buscan quedar bien con jefes o supervisores cantándoles con una trulla la canción “el Jolgorio”, o tarareando con este muchacho mexicano rancheras y corridos de esos que le encantan a William. Yo dije que los cortés no quita lo valiente y que una gentileza como llevarle coquito al jefe y cuatro yuntas de pasteles a su esposa en nada afectan la sobriedad y el balance administrativo.
De todos modos ya habemos varios que planeamos darle a él de todos modos una parranda y también a los concejales boricuas, lo que llegado el momento nos puede ayudar y favorecer en posibles promociones o asignación de jefaturas de departamentos. No es malo adular, total al momento de las votaciones, el sufragio es secreto y como decía Anacleto, lamer el ojo es una verdadera inversión para el futuro.
El purista estuvo si de acuerdo en que se le puede hacer al jefe un regalito sencillo como una botellita del algo, aunque por lo regular es al revés, ya que el jefe es quien debería regalar a sus subordinados o invitarles a una comida al Hot Tomato donde recientemente Kelvin quiso armar un embeleco para llegar en enero montado en la cresta de la ola a la cámara legislativa donde hay varios que lo están esperando para conocerlo más a fondo y ver que se trae entre manos. Yo encontré que el purista era inconsistente ya que lamer ojo debe ser un acto integral, sin complejos y decidido. Si vas a adular, vete encima con todo, pero ten cuidado con la gente que anda con pistola y que se alteran con el pitorro.
¡Vivan los pasteles, los asaltos musicales, el maví y el coquito!
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