ARTE CULINARIO
Almorzando en el Café del Ateneo Wadsworth y admirándonos de Colt
Por FRANK GORDILLO
El domingo pasado, y después de una semana de sobresaltos y especulaciones en el municipio con respecto a las próximas elecciones de noviembre del 2007 y las primarias demócratas que estarán más calientes que una sopa de las siete potencias de esas que prepara William; aconsejado por mi sobrino, se me ocurrió la brillante idea de invitar a mi esposa, mi suegra, él y su novia, a ver la exhibición de Samuel Colt que en la actualidad se presenta en el museo del Ateneo de Wadsworth.
Yo estaba interesado en visitar este mosaico de rifles y revólveres, ya que dicen que allí hay mas cañones que en la calle Park los viernes por la noche., y de pasada mostrarle a mi mujer que soy un hombre culto y que también sea de arte, aunque sea del arte de matar mas rápido.
La verdad es que don Sammy se las traía ya que era ingenioso y le gustaba esto de la pólvora que dicen inventaron los chinos para celebrar el 4 de julio (esta información la tengo que corroborar con Kelvin). Al igual que el inventor de la dinamita, a Don Sammy le debemos la invención de rifles de repetición y revólveres que permitieron al ejército de los Estados Unidos casi barrer de la corteza terrestre a los indios nativos americanos, asistir a los cazadores a prácticamente exterminar a los pobres bisontes, a los cazadores extinguir especies únicas de aves, y a los turistas armados casi eliminar la fauna en países tropicales y africanos.
Sus invenciones por las que cobraba al contado y sin “lay away,” permitieron hacer más efectivo el arte de la matanza ajena ya que le vendió armas a medio mundo para que en los conflictos tribales del medio Oriente y Sudamérica los soldados se mataran en forma más efectiva y completamente.
Todo esto me lo explicó mi sobrino Eusebio que está tomando unos cursos muy buenos de historia de los Estados Unidos en la Universidad Central de Connecticut. Yo no sé si exagera, pero al ver tanta arma junta como que me sentí en el Norte de Hartford, temí que estuvieran cargadas y recordé el viejo dicho que usaba mi abuelo Nicanor por allá por Caguas, “las armas las carga el diablo,” aunque en esos tiempos los conflictos se resolvían pa’ rápido con machetes.
En todo caso, y después de admirar esta exhibición y los chavitos que se hizo don Colt y su esposa en este negocio de disparar más y efectivamente, se me ocurrió invitar a la familia a comer al Café del Museo donde habíamos estado anteriormente disfrutando de un “Brunch.” Ya nos dirigíamos a una de las mesas, cuando una muchachita que parecía estudiante de escuela intermedia nos dijo amablemente que no nos podía acomodar ya que ahora no hay mozos ni mozas que pidan la orden cuando uno está cómodamente sentado y después de mirar con calma y serenidad el menú.
“Tienen que pedir lo que quieran aquí en la entrada y de pie, tomamos la orden, y después se pueden sentar y esperar la llegada del alimento,” nos dijo. A mi esto me tomó de sorpresa ya que estábamos ya un poco cansados de mirar las exhibiciones de arte, y lo que a mi me gusta es pedir de inmediato un café, y con tranquilidad ver el menú para discutir después los platos y hacerle las preguntas a la persona que atiende. Finalmente y porque andábamos con mi suegra, nos permitieron sentar a regañadientes y como que no les gustó. “Este es el nuevo sistema que los nuevos concesionarios quieren implementar,” nos dijo otro muchacho en forma amable.
La verdad es que tuvimos que servirnos el café y el jugo nosotros mismos como se hace en las cafeterías de las escuelas superiores porque ahora la cosa es “self service.”. Todo esto nos incomodó ya que para los precios que cobran merecíamos una mejor atención.
Finalmente me aseguré de una generosa porción de huevos rancheros con unas sabrosas habichuelitas, que acompañé con una café que estaba bastante bueno. Mi esposa disfrutó de algo que se veía como a “suflé,” y que traía carnecita tierna que me dio a probar para que no me quedara mirando. Mi sobrino y su novia pidieron generosas porciones de huevos a la francesa con un ligero matiz oriental. Se repitieron el café como cuatro veces mientras Eusebio hablaba hasta por lo codos acerca de lo innecesario de la guerra y de las armas. No, no había pan para entretener las mandíbulas antes del almuerzo.
En conclusión fue un domingo interesante aunque noté que con esto de la guerra en contra de los inmigrantes, había en el lugar algunos gringos a quienes no les agradó que habláramos en lengua cristiana, es decir en español, y se veían más espantados que mormones en un festival de bachata.
Le sugeriría a los nuevos concesionarios del Museo de Arte Wadsworth que abandonen esta idea de cafetería de escuela intermedia, paguen algo para mozas y mozos que primero lo ubiquen a uno en las mesas y después amablemente permitan que se lea el menú sentado con comodidad. Esto de poner la orden a la entrada y en un afiche haciendo fila es una mala idea para un Museo que se respete. Esta bien que ahorren, pero no con la comodidad de los clientes, al fin quienes trabajen allí sacarían bastante a través de las propinas que compensan el salario mínimo. A la novia de mi sobrino no le desagradaría un “part time” de moza los días domingos.
En cuanto a la exhibición de armas de fuego, no creo que Hartford la necesite ya que con lo que hay en la calle se puede hacer un museo y más, hasta con granadas de mano y de las otras, sin excluir los lanza misiles parecidos a los que encontraron por allí por la Zion.
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