ARTE CULINARIO
Restaurante «Sarapes»
Por FRANK GORDILLO
Esto de la política y la presión típica que conlleva una campaña primaria que se está poniendo más caliente que este verano insulso, me da mucha ansiedad y por lo mismo tiendo a comer más comidas con pique. Después de estas semanas grises y de lluvia concentrada más tristes que un «Happy Hour» en una iglesia mormona; las caminatas golpeando puertas y a veces recibiendo malos recibimientos por parte de los residentes, no ayuda para mantener mis propósitos de portarme bien y comer menos como lo exige mi mujer.
Por lo demás la cuestión de estas elecciones está más caóticas que un quinceañeros de mono y debemos enfrentar cada día esperando sorpresas que usualmente se anuncian en la versión electrónica de las tres de la mañana en los periódicos.
A veces me gustaría ser un súper héroe para visitar más apartamentos sin que me afecte el calor ni el olor a desinfectante barato en contra de las cucarachas que impregnan algunos de los edificios donde vive la comunidad. Lamentablemente soy nada más que un pobre empleado de la alcaldía que trata de sobrevivir lamiendo el ojo, no llegando jamás atrasado ni haciendo política durante horas de trabajo como le ha pasado a algunas, diciendo a todo que si, y «chévere mi hermano.»
Por esto, y en medio de una crisis existencial que me produjo el comer o no en el «Aquí Me Quedo» o en un restaurante mexicano, me decidí (con el perdón de William Mercado que cambio de sombrero) por este último localizado en el 931 de la calle Broad casi al llegar a la Park, y que se llama nada menos que «Sarapes,» en homenaje a esta tradicional y llamativa prenda de vestir de los cuates.
Ya había incursionado por esta área un día que tuve que acompañar a un sobrino de 15 años que había decidido no volver a la escuela y quedarse en la casa de la novia debido a que la maestra se enojaba mucho cuando no llevaba las asignaciones. Para pasar el mal rato nos fuimos después que el juez se las cantó a este títere más claras que las sentencias de la doctora Polo, a saborear una sopa con tortillas y frijoles del país de Orozco, con más pique que el avisito radial que le acaba de tirar Panchito, el candidato, a la incumbente. Llovía, así es que esta crema nos vino de maravillas.
El ambiente de «Sarapes» es puramente mexicano y de entrada la propietaria Sra. María del Carmen Chávez y su esposo y a la vez cocinero mayor, Sr. Daniel Llanas; te hablan de inmediato con el acento de Pancho Villa. Ahora hay más mesas y privacidad en el sector que ampliaron y siempre hay muchos muchachos que hablan como Jorge Negrete y que comen tortillas a diestra y siniestra, Puerco de Pipián, Mole Poblano, y Puerco con Nopales. La música de fondo es de típicas rancheras y corridos con lo que te sientes como si estuvieses comiendo en Monterrey, ciudad de la que provienen los dueños.
Luchando con el mentecato de mi sobrino que prefería comer papas fritas y humbergers en Mac Donald, nos embarcamos para comenzar con un burrito pollo y mole que es la famosa crema de habichuelas, y el arroz, que me obligó pasados unos minutos en que me tomé dos jarros de agua; a pedir repetición, cuestión que alegró mucho al cuate que nos atendió. También solicité las tradicionales tortillas para que mi sobrino las conociera, y me matriculé sin pensarlo dos veces con una mojarraca frita y un platito de camarones a a la diabla, que es la especialidad de la casa.
Escuchando la «Cama de piedra,» en la versión de Julio Iglesias que en nada se iguala a la de Cuco Sánchez que sí cantaba como mero macho; pedí sola para probar, unas enchiladas norteñas de pollo de carne de res, tanta era mi ansiedad debido a las cosas de mis sobrino y a la política.
En conclusión, mi sobrino como que se encariñó con la comida de Jalisco y ahora cada vez que me ve me dice «Tío, ¿y cuándo nos vamos de comelata y a saborear un platillo Oaxaqueño a Sarapes? «Cuando te gradúes manganzón,» le respondo con cariño porque este muchacho es realmente muy tranquilo cuando está durmiendo. También me pidió que la próxima vez le invitara a él y a la noviecita, por supuesto que pagando yo, debido a que éste siempre anda más pelado que el muchachito ese de la Tía Julia que no trabajaba porque se mareaba. «No le diré nada a mi tití,» me dijo guiñándome un ojo y yo no pasé por alto esta especie de extorsión político-culinaria. Qué cuadro.
«Sarapes» en la Broad, es un rincón típico de México en Hartford y usted, su esposa, su secretaria, o la ex compañera de colegio, no se sentirán defraudados probando la comida de Zapata, sobretodo ahora en tiempos de elecciones. Los precios son módicos y al alcance del bolsillo de cualesquier periodista a salario fijo. Sobretodo, la comida es fresca y allí no creen en aparatos microondas ni en sopas instantáneas. El lugar está frente a la Corte juvenil y no se sorprenda de ver a los jueces y funcionarios de esta institución comiendo tortillas, nachos con guacamole, burritos, y los buenos tamales con enmoladas, mientras escuchan temas como «El preso número nueve,» o «El día en que fusilaron a Norberto Jiménez,» en la versión del inolvidable Miguel Aceves Mejías.
Viva México, y abajo la muralla!
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