ARTE CULINARIO
El “Pavochón,” una muestra genial de acomodación cultural culinaria y política
Por FRANK GORDILLO
Para ver como a veces se redescubre y se reescribe la historia, me estuve enterando de algunas cosas muy importantes a través del dialógo que sostuve en “La Fonda” con un muchacho puertorriqueño que enseña en un colegio del área.
Si bien es cierto en los Estados Unidos el Día de Acción de Gracias coincide con la primera cena que habrían tenido los peregrinos ingleses con sus anfitriones nativos en lo que se ha denominado el Pacto de Mayflower de 1621; ya en 1599 se habría producido en Nuevo México otra cena de Acción de Gracias, en este caso entre los conquistadores españoles Juan de Oñate, Francisco Vásquez de Coronado, Pedro Menéndez de Avilés y sus fuerzas expedicionarias, con los desafortunados nativos de esa región que después lamentarían esta temprana hospitalidad.
En esta cena cordial a la castellana, el pavo habría sido reemplazado, para felicidad de esta abusada ave, por carnes de pato, ganso y pescado y por motivos quizás basados en la ignorancia u omisión de la historia, subsistió para desgracia del pavo, la celebración del encuentro relativamente amistoso entre ingleses y nativos del año 1621.
Traigo esto a colación debido a que en mi modesta opinión los puertorriqueños, mas allá de nuestras diferencias políticas de que si éste es independentista, o éste otro estadista, o el otro pro americano, siempre en lo que se refiere a comida nos ponemos rápidamente de acuerdo o creamos opciones deliciosas que terminan moderando nuestras diferencias ancestrales y que seguramente se resolverán el Día del Juicio Final como a las tres y diecisiete minutos de la tarde.
Este es el genial caso del “pavochón” que como su nombre bien lo indica, y que me contradigan si me equivoco mi amigo William Mercado o mi comadre Chuca; es la mixtura de un pavo con la carne del popular lechón (pavo+chón) que es el que paga los platos rotos durante las fiestas de las navidades en Puerto Rico.
Con la invención del “pavochón,” cuya fecha exacta de creación ignoro por el momento pero que pareciera situarse en la década de los 90’, se hicieron una sola entidad a nivel de la intimidad de las entrañas, las tradiciones anglosajonas y la boricua. ¿No podría ser ésta una solución salomónica a los problemas políticos de la isla? ¿No es la comida una fuente de unidad culinaria y política?
Con esta idea en mente estuve explorando la posibilidad de que mi esposa haga una excepción para el Día de Acción de Gracias a nuestra estricta dieta de sopas de coliflor y ensaladas de lechuga y zanahorias, cocinando en cambio una cena del saludable y unitario pavochón. Argumenté con énfasis la presencia de mi sobrino y su novia que se criaron por acá y que hablan un español más matao que el que usa la primera autoridad, y el hecho de que a mi cuñado y a su familia también le gusta el pavochón, sobretodo cuando no lo tienen que prepararlo ni comprarlo.
De hecho lo probé hace algunos años en el Aquí Me Quedo y la verdad es que me quedó gustando ya que el pavo no se rellena con las cosas misteriosas que le echan por el área donde la espalda del ave cambia de nombre y que nunca me han gustado, sino que con trozos saludables y tiernos de pernil sazonado como los cristiano, es decir con productos de Puerto Rico.
Al ponerse al horno, el pernil impregna con fuerza y ternura las paredes íntimas del pavo con su olor y sabor peculiar haciendo paladear los restos de esta ave en proceso de extinción debido a nuestra voracidad. Pero por otra parte, y en una comunión de intercambio de jugos y grasa, el pavo aporta por su parte y debido a las altas temperaturas de cocción, una explosión exuberante de líquidos provenientes de sus capas internas plenas de grasa sazonadas con las numerosas hormonas que les dan en las comidas a estos bípedos plumíferos para que crezcan más rápido y satisfagan así nuestra glotonería anual.
De este modo y como buenos boricuas, superamos con facilidad las diferencias de status, aunque me han dicho que los partidarios de la estadidad no admiten este tipo de mixturas que ofenden a los que admiran la cultura pura del pavo de la Nueva Inglaterra. Por otra parte los independentistas consideran la introducción forzada de trozos de cerdo por la parte que describí anteriormente en dirección las entrañas intimas del pavo, como una gran falta de respeto a la cultura del pernil, y además una abdicación crasa a los principios nacionalistas.
“A mi no me vengan con esa bazofia que más bien huele a entreguismo y a subyugación cultural. Yo de hecho no celebro el Día de Acción de Gracias,” dijo mi amigo Mamerto que para demostrar su independentismo no prueba el pavo y para este famoso día lo que hace es pedirle a su esposa que prepare un pernil de lechón virgen y sirva solamente Mavi ya que dejó de beber de lo otro por problemas hepáticos.
Yo que para todo soy pragmático y por eso mis enemigos políticos me llaman pancista, proseguiré intentando convencer a mi esposa de la idea del pavochón y de esta manera conseguir un alivio a esta dieta mortal de zanahoria con oregano, y por otra, quedar bien con moros y cristianos. ¿No es eso lo que hace el señor Joe en política y le ha dado muy buenos resultados para su bolsillo y su conciencia?
Dada la creciente influencia de la cultura china en la municipalidad, ¿quién podría dudar que en el futuro cercano no se invente el “pavoshingchon,” mezcla de pavo, lechón, pollo dragón y condimentos Hau-ken li de la patria de Mao. Quizás el invento quede “mao o menos” y se pueda presentar a la legislatura un proyecto de ley para variar la celebración tradicional del pavo y dejar un poco en paz a estas pobres aves nacidas para ser devoradas. Prometo que hablaré acerca de esto con Kelvin. Feliz Día de Acción de Gracias.
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