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EL PERIÓDICO SEMANAL DIGITAL DE LA VOZ HISPANA DE CONNECTICUT

 
 

OPINIÓN

«Aquí me quedo»


Por Frank Gordillo

Mi esposa me había puesto a dieta y me prohibió de repente el pan, el queso, las morcillas, el arroz con gandules, quitó en forma permanente de nuestro menú las alcapurrias y suprimió terminantemente el consumo de pernil con cuerito. «Estás muy barrigón nene y estas roncando como vaca,» me dijo de una manera técnica para justificar el asedio. Cuestiones del colesterol alto y la presión por las nubes. «No más Don Q, cervezas, ni refrescos,» agregó mientras le ponía un candado al refrigerador.

Desde ese lunes fatídico de marzo me debí conformar con hojas de lechuga, jugos de zanahoria, pedacitos de huevo, y sopas misteriosas. Fueron días infernales en que también tuve que tomar mucha agua y no pude darme ni una «fría.» Sentado en mi triste escritorio de trabajo en la municipalidad a la que desde que paso ese incidente no llegó jamás atrasado ya que te sacan escoltado por la policía; alucinaba con chuletas, papas rellenas, sorullitos, y pasteles; y soñaba con pizzas y sánguches cubanos de esos que preparan tan bien en La «Paloma Sabanera.»

Un viernes no pude soportar más y para mi mala suerte pasé, debido al tráfico y a un desvío por los trabajos de construcción en la calle Park, por el frente del famoso restaurante «Aquí Me Quedo.» Obligado por la luz roja, vi desde mi auto como un títere de esos de la Lawrence se comía con ansias en la puerta del restaurante una alcapurria gigante y allí perdí el control que había mostrado con dificultad por semanas.

Estacioné como pude ya que el tránsito de vehículos los días viernes después de las cinco es más difícil que conseguir el SSI; y cubriéndome la cara con la gorra, ingresé raudo a este restaurante.

William me sentó de inmediato en la única mesa que estaba disponible cerca del baño y de inmediato ataqué pidiéndole un pez chillo con una orden de arroz blanco, habichuelas rosadas, ensalada surtida, cuajito y mucho pan. De aperitivo solicité un platito de guineitos en escabeche que vi de reojo en la vitrina y una fría para endulzar el paladar. Con este aperitivo vi el cielo, pero aunque el remordimiento corroía mi conciencia que me decía que si seguía así me iba a parecer a mi colega José, y tendría que comprarme como él más pantalones quintuple X con cintura elástica; le entré también el diente a dos jugosas alcapurrias, y a un pastel brutal al que le tenía ganas desde Semana Santa.

El chillo señores era uno, o afectado por mutaciones o Australiano, ya que por su tamaño se salía del plato de grande y gordo. ¡Qué comelata muchacho! Si en nada se parecía a una recepción de alcaldía, además que la gran diferencia era que sería yo quien que pagaría la dolorosa. Cuando llegó la orden, revolví con calma el arroz blanco con las habichuelas que se veían gorditas y saludables, y me faltó boca para deleitarme con todo este manjar.

Tuve que pedir otras frías y más pan para acompañar una sopa de las siete potencias de esas que prepara William los lunes por la mañana y que los empleados municipales tomamos para despertarnos, llegar a tiempo al trabajo, y evitar problemas con la policía. A este punto no era que tuviese ya tanta hambre, sino que en caso de que me sorprendiera mi mujer, debería hacer las pases. Ella tiene muchas amigas y ustedes saben como está la gente.
Finalmente, para endulzar el paladar, le pedí a William una orden doble de budín de pan y un café con leche para la digestión. William que estaba luciendo un sombrero tejano nuevo con el que se parece a la versión boricua de Bufallo Bill, me miraba sonriente y me decía «yo me mato.»

¡Muchacho!, después de pagar una cuenta muy razonable salí de allí feliz y contento después de darle las gracias al dueño con la recomendación terminante de que no le dijera a nadie que había estado en ese lugar prohibido. Yendo por la Park Road me compré una caja de chiclets y un ramo de rosas para mi señora, y me encomendé para que no me pillaran.

La próxima vez les cuento lo que pasó, sin embargo me han hablado muy bien de otro restaurante mexicano en la avenida Farmington donde hacen unos «burritos» tan buenos o mejor que en el mismo México Lindo y Querido, y con los que sueño desde que comencé la bendita dieta basada en lechuga y sopas de garbanzo molido.
Menos mal que otro comelón como yo inventó la Mylanta.


 

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