ARTE CULINARIO
Restaurante «Comerio»
Por FRANK GORDILLO
Con esto de las próximas elecciones primarias en el Tercero y el Cuarto nos ha llovido el trabajo extra ya que hemos tenido que hacer campañas «puerta a puerta» para nuestro candidato, que como a mí, le gusta y goza de la buena comida. Entre desarreglos y la dieta a la que me tiene sometido mi querida media naranja, logre bajar tres libras con lo que he conseguido algún tipo de resultados.
«Esperaba que hubieras rebajado unas diez libras... ¿no estarás comiendo en los Dunkin Donuts?,» me preguntó y yo me apresuré a jurar que no había ni pisado la puerta de uno de esos negocios en dos meses, cuestión que es realmente cierto, salvo los cafés que compró por la mañana camino a la alcaldía tratando de no mirar para el lado de las rosquillas y los ‘bagels’ con los anuncios del desayuno especial con huevo, queso y salame calientito.
Por supuesto que no le dije que a veces me escapaba a negocios de la comunidad donde me desquito de los días de hambre, verduras, galletas sin sabor, y sopas misteriosas.
Después de visitar algunas casas en la calle Lawrence, nos fuimos caminando con otro «voluntario» que también trabaja en la municipalidad por la populosa calle Park en la que están arreglando las veredas y renovando el asfalto y que por su anterior apariencia la denominaban el «Festival de los Hoyos» o el «Terror de los amortiguadores.» Con la excusa de los arreglos se llevaron de una vez vy sin piedad varios buzones rojos donde se ofrecía gratis el periódico La Voz Hispana de Connecticut, cuestión que ha provocado algún malestar porque según algunos, huele a táctica vengativa de mala leche. Esos aparatos donde el pueblo consigue leer la verdad no los regalan en los CVS ni en el Centro de Convenciones cada vez más enredado con el lío con las uniones. En fin.
Con mucha hambre, nos sentimos de inmediato atraídos por una fuerza poderosa y casi magnética en la famosa esquina de la Hudson con la Broad donde se encuentra desde hace más de 30 años el restaurante «Comerio» que abre desde las cinco de la mañana para que los que hayan abusado de las fiestas o trasnochado en el hospital de Hartford, pasen a componer el estómago y el ánimo tomando sopas de gandinga o estofado de menudencias.
La verdad fue que ya el olor nos hizo ver el cielo de los glotones y caminando con dificultad por la vereda en construcción, nos paramos extasiados frente a dos vitrinitas donde brillaban iluminadas las hermosas y tentadoras papas rellenas de color dorado, las saludables y contundentes alcapurrias, los hermosos pastelillos aromáticos, y hasta unas morcillas tiernas que de inmediato me impulsaron a romper la bendita dieta.
Nos sentaron enseguidas unas atentas muchachas que muy sonrientes nos entregaron un menú que parecía importado directamente desde el Guabete. Allí estaba el ansiado arroz con gandules, el mofongo regular y doble con salsa especial, la carne guisada, el pollito tierno con arroz blanco y habichuelas, y hasta las sabrosas costilla de ternera. También observé con alegría que había cuajito, carne de lechón con cuerito, y guineitos en escabeche, además de vianda con bacalao.
«¿Tiene chillo señora?» preguntó en forma intempestiva mi colega y la dama que nos atendió se puso colorada y nos respondió «la verdad que no, y además esas son cosas privadas.» Como yo me crié en Jayuya y crecí con los títeres de Bayamón, me di cuenta de inmediato del error garrafal de mi colega y le dije enseguida, «Oh no! Papo se refiere al pescado.» Allí mismo las otras muchachas que son muy simpáticas y agradables se pusieron a reir y se dieron cuenta de que nos les estábamos corriendo la máquina.
Yo pedí para comenzar tres alcapurrias y una papa rellena, y Papo una carne guisada. Tentados por la ocasión y el hambre, me matriculé de inmediato con un mofongo de dos pisos con salsa, y mi colega prefirió el tradicional arroz con gandules y una gandinga. «Esto es para el estrés,» dijo como justificándose mientras comíamos con hambre de cachetero de eventos en la alcaldía.
El ambiente del «Comerio» es sencillo, familiar y muy limpio. Nos dijeron las muchachas que parte importante del negocio es la comida que mandan a buscar los boricuas desde el hospital de Hartford, y los viernes de varias escuelas de las inmediaciones donde hay maestros o administradores puertorriqueños que a esta altura del año necesitan renovarse con comida cristiana. «A veces también viene un señor gordo de la alcaldía y otro flaco del Foro Puertorriqueño,» agregó una de las nenas que atiende. Lo otro que nos llamó la atención fue la cantidad generosa de proteinas que meten en los platos que se hacen chicos para tanta delicia.
Después de esa comelata de ese sábado por la mañana nos despedimos y yo me fui rápidamente para mi casa ya que le había prometido a mi esposa una comida especial en el «First and Last Tavern» en la calle Maple donde hay unas ensaladas de primera y acerca de las cuales les seguiré contando en la próxima edición.
Ojalá que alguien responda por los buzones rojos que desaparecieron con la excusa de los trabajos de construcción.
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