
¡Pagado en su totalidad!
Mientras espera a que su nombre fuera llamado en aquel día lluvioso, Miguel anhelaba ansiosamente salir bien de su caso en la corte. Miguel se encontraba muy cansado, pues había trabajado toda la noche. El fiscal llamaba un nombre tras el otro, pero el de él no se pronunciaba.
Recostando su cabeza sobre la banca, poco a poco y sin darse cuenta se quedó profundamente dormida. De inmediato entró en un sueño profundo y según cuentan esto fue lo que soñó.
«Después de haber vivido «decentemente» en la tierra, mi vida llegó a su fin. Lo primero que recuerdo es que estaba sentado sobre una banca, en la sala de espera de lo que imaginaba era una Sala de Jurados. La puerta se abrió y se me ordenó entrar y sentarme en la banca de los acusados. Cuando miré a mí alrededor vi al «Fiscal», quien tenía una apariencia de villano y me miraba fijamente, era la persona más demoníaca que había visto jamás. Me senté, miré hacia la izquierda y allí estaba mi abogado, un caballero con una mirada bondadosa cuya apariencia me era familiar.
La puerta de la esquina se abrió y apareció el Juez, vestido con una túnica impresionante. Su presencia demandaba admiración y respeto. Yo no podía quitar mis ojos de Él, se sentó y dijo «Comencemos». El Fiscal se levantó y dijo « Mi nombre es Satanás y estoy aquí para demostrar porque este individuo debe ir al Infierno». Comenzó a hablar de las mentiras que yo había dicho, de cosas que había robado en el pasado cuando engañaba a otras personas. Satanás habló de otras horribles cosas y perversiones cometidas por mi persona, y, mientras más hablaba más me hundía en mi silla de acusado. Me sentía tan avergonzado que no podía mirar a nadie, ni siquiera a mi Abogado, a medida que Satanás mencionaba pecados que hasta había totalmente olvidado. Estaba tan molesto con Satanás por todas las cosas que estaba diciendo de mí, e igualmente molesto con mi abogado, quien estaba sentado en silencio sin ofrecer ningún argumento de defensa a mi favor.
Yo sabia que era culpable de las cosas que me acusaban, pero también había hecho algunas cosas buenas en mi vida, no podrían esas cosas buenas por lo menos equilibrar lo malo que había hecho? Satanás terminó con furia su acusación y dijo «Este individuo debe ir al Infierno, es culpable de todos los pecados y actos que he acusado, y no hay ninguna persona que pueda probar lo contrario. Por fin se hará justicia este día».
Cuando llegó su turno, mi Abogado se levantó y solicitó acercarse al Juez, quien se lo permitió, haciéndole señas para que se acercara, pese a las fuertes protestas de Satanás. Cuando se levantó y empezó a caminar lo pude ver en todo su esplendor y majestad. Entonces me di cuenta por que me había parecido tan familiar, era Jesús quien me representaba, Mi Señor y Salvador. Se paró frente al Juez, suavemente le dijo «Hola, Papá», y se volvió para dirigirse al Jurado: «Satanás está en lo correcto al decir que este hombre ha pecado, no voy a negar esas acusaciones. Reconozco que el castigo para el pecado es muerte y este hombre merece ser castigado. Respiró Jesús fuertemente, se volteó hacia su «Padre» y con los brazos extendidos proclamó: «Sin embargo, Yo di mi vida en la cruz para que esta persona pudiera tener vida eterna, y él me ha aceptado como su Salvador, por lo tanto es mío».
Mi Salvador continuó diciendo «Su nombre está escrito en el libro de la vida y nadie me lo puede quitar. Satanás todavía no comprende que este hombre no merece justicia, sino misericordia.» Cuando Jesús se iba a sentar, hizo una pausa, miró a su Padre y suavemente dijo «No se necesita hacer nada mas, lo he hecho todo».
El Juez levantó su poderosa mano y golpeando la mesa fuertemente, las siguientes palabras salieron de sus labios: «Este hombre es libre, el castigo para él ha sido pagado en su totalidad,... caso cerrado».
Cuando mi Salvador me conducía fuera de la Corte, pude oír a Satanás protestando enfurecido: «No me rendiré jamás, ganaré el próximo juicio». Cuando Jesús me daba instrucciones hacia donde me debía dirigir, le pregunté: «Ha perdido algún caso?» Cristo sonrió amorosamente y dijo: «Todo aquel que ha recurrido a Mí para que lo represente, ha obtenido el mismo veredicto tuyo..... Pagado en su totalidad».
Al despertar comprendí que todo había sido tan solo un sueño. Y de inmediato, escuché mi nombre: «Miguel Rodríguez»…» ¿Cómo se declara?» Y yo dije: «Inocente,… mi deuda ya fue pagada». Inexplicablemente, el Juez aceptó su declaración y procedió a cerrar su caso.
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