
Conociendo Nuestras Leyendas
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Todos nos sentimos orgullosos de nuestras raíces. No importa de que país procedamos, todos guardamos gratos recuerdos y añoramos un día poder regresar al lugar que nos vio nacer. Lo triste es que a veces no conocemos las riquezas folklóricas de nuestra patria y la gran riqueza en sabiduría que encierran en sus cuentos y leyendas. A continuación quiero compartir con ustedes algunas de ellas tal y como las encontré en aquel pequeño librito. Estas Leyendas puertorriqueñas son anónimas, pero a su vez nos pertenecen a todos. Veamos:
EL ÁRBOL DE COFRESÍ
Crecen a lo largo del Río Grande de Loiza en el Barrio Ausubal, viejos árboles de María, cuyas raíces parecen boas gigantescas. Aislado del resto de la vegetación se ve “el Árbol de Cofresí”. Por el preguntan los que viajan a la aldea. Hasta él llega aquel que, más valiente que los demás, desea ver por sí mismo si es verdad lo que del árbol se dice.
Si tiene la suerte de hallar claras las aguas distinguirá en el fondo, un bulto negro y cuadrado atado a una gruesa y mohosa cadena cuyo otro extremo remata en una de las enormes raíces que va a dar al río. Y paseándose sobre el bulto verá un enorme pez que al percatarse que alguien lo espía, alborotará con su aleteo el fondo del río, desapareciendo así todo de la vista del intruso.
—Es la caja de Cofresí— le dirá con voz misteriosa el guía que lo llevó al sitio. —El peje que alborotó el agua es el hombre que el pirata degolló y tiró al agua para que le cuidara su tesoro. O quien sabe si es el alma en pena de la pobre Yadira. —¡Vámonos! Vámonos antes de que aparezca el monstruo. Y él es el primero que echa a correr.
Los vecinos del barrio no frecuentan el sitio temen al pez del pirata. Hablan del tesoro como de algo maldito que trae la desgracia. Pero ¿Quién era Yadira?
Yadira llevaba todas las tardes hasta aquel sitio solitario a su amado. Se sentaban bajo el árbol cerca del tesoro. —¿Lo ves ?— le dijo un día a Manuel —dicen que hay un brazalete de brillantes muy bonito. El mismo Cofresí lo arrancó del brazo de una infanta a quien hizo prisionera. ¡ Cómo me gustaría tenerlo!...
Aquella tarde las aguas estaban claras como nunca. La caja de Cofresí se mostraba casi entera. Yadira no despegaba de ella los ojos. Diríase que esta vez el tesoro producía en ella una rara obsesión. De pronto comenzó a gritar —¡se abrió la caja se abrió! El pirata nos regala su tesoro. ¡El brazalete Manuel, el brazalete! Manuel la miró sobresaltado —¡No Yadira! es una alucinación tuya. La caja está cerrada.
Yadira, enloquecida por la ambición se lanzó al agua tras el tesoro. Manuel, aterrorizado vio como Yadira se hundía en las aguas y vio como una sombra negra se abalanzaba sobre ella, mientras una aleta se alejaba río abajo. Desde entonces hay diferentes opiniones sobre quién es el pez que cuida el tesoro. ¿Será Yadira?
LOS CHIVITOS TESTARUDOS
Por la mañana temprano los llevaba a pastar al monte y cuando llegaba la tarde regresaba con ellos a la casa. Un día los chivitos no quisieron irse a dormir. El pastorcito trató de hacerlos andar pero los chivitos ni se movían.
El niño no sabía que hacer. Así que se sentó en una piedra y se puso a llorar. Pensaba que si no llegaba temprano su papá lo castigaría. Al poco rato pasó por allí un conejo que al verlo llorar le preguntó:
—Niño, ¿ por qué lloras?
—Lloro porque los chivitos no quieren andar: Ya es tarde y mi padre me va a castigar.
—Pues verás como yo los hago caminar dijo el conejo.
Pero los chivitos no le hicieron caso, y el conejo se puso a llorar también.
Entonces pasó una zorra:
—¿Por qué lloras, conejo?
—Lloro porque el pastorcito se ha puesto a llorar, porque sus chivitos no quieren andar, y si llega tarde su papá lo va a castigar.
—Pues verás como yo los hago marchar.
Pero los chivitos siguieron sin moverse. Entonces la zorra dijo: yo también me pondré
a llorar. Y se sentó al lado del conejo, llorando sin consuelo.
Entonces pasó un lobo y preguntó:
—Zorra, ¿por qué lloras?
—Lloro porque llora el conejo, y el conejo llora porque llora el pastorcito porque los chivitos no quieren andar y si llega tarde su papá lo va a castigar.
—Pues verás como yo los hago andar. Pero los chivitos no le obedecieron. Entonces el lobo dijo yo también me pondré a llorar. Y se sentó junto a la zorra a llorar amargamente.
Más tarde pasó por allí una abejita:
—¿ por qué lloras, lobo?
— Lloro porque llora la zorra, y la zorra llora porque llora el conejo, y el conejo llora porque el pastorcito se ha puesto a llorar, porque los chivitos no quieren andar
y si llega tarde su papá lo va a castigar.
—Pues verán como yo los hago marchar.
Entonces todos: el pastorcito, el conejo, la zorra y el lobo comenzaron a reir a carcajadas. Ja ja ja
—¿ como tú tan pequeña vas a poder más que nosotros ?
Pero la abejita fue a donde estaban los chivitos y se puso a zumbar: Zzz, zzz, zzz...
A los chivitos le molestó tanto el ruido que dejaron de pacer. Entonces la abejita se posó en la oreja del chivito más grande y le picó tan fuerte que salió corriendo a gran velocidad. Detrás de él echaron a correr los demás chivitos sin detenerse hasta llegar al corral. Y el conejo, la zorra y el lobo no podían creer lo que veían. FIN
¿Que te han parecido estas Leyendas puertorriqueñas? Déjame saber.
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Las opiniones vertidas por Waldemar Gracia no reflejan la posición de la Voz Hispana. Nombres, lugares y circunstancias han sido alterados para proteger la identidad de los personajes citados en la historia.
Nota : Si has encontrado esta columna útil o interesante, o si tienes alguna pregunta, puedes comunicarte con el autor por correo electrónico a : wallygracia@yahoo.com
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