Dos Profesiones que no
exigen matemáticas
Yo no me explico por qué diablos terminé de periodista.
Si yo de niño siempre quise ser bombero, o alpinista, o cazador de recompensas, o guitarrista en una banda de rock, o corredor de Fórmula-1, o astronauta. Incluso, me hubiera conformado con ser ginecólogo.
Por la época en que me tocó decidir mi profesión, yo era un tipo flacuchento, despistado e imberbe. Sobre mi virginal rostro exhibía un cultivo desorganizado de barros y espinillas, y mi voz era digna de un saxofón desafinado. Era pésimo para el baile y tímido en la técnica de enamorar chavas… ¡ah! y para empeorar este cuadro tan patético… sentía pánico sobre mi futuro.
Cuando iba a salir de la prepa, anunciaron -entre bombos y platillos- que un famoso profesor daría una conferencia para ayudarnos a encontrar nuestra vocación. Como quien dice, esa misma tarde cada alumno descubriría para qué diablos serviría en el futuro.
Esa experiencia jamás la olvidaré.
El día de la conferencia caí en cama con paperas. Como mi tía Filomena me advirtió que si me levantaba corría el riesgo de que las odiosas paperas se me escurrieran hasta la altura de esa bisagra que uno carga en la entrepierna, me quedé en casa. Así que por causa de las paperas y de la Ley de Gravedad, aún hoy, desconozco para qué sirvo.
Un amigo me sopló qué había encontrado una profesión donde no exigían demasiadas matemáticas. Yo me le adelanté y me apunté de primero. Por eso soy periodista.
Veinte años más tarde, acabo de descubrir que hay otra profesión, que tampoco exige matemáticas y que deja más dinero: encuestador político.
Los tipos son unos arrogantes, que «lo saben todo». Si aciertan, se pavonean como sabios. Y si los resultados ni se parecen a lo que vaticinaron, no asumen responsabilidad y culpan de su falta de puntería, a otros.
Cuando yo era un escuincle admiraba la publicidad de un jabón que juraba «matar el 99.9% de los gérmenes». Ahora pregunto ¿cómo hacían los encuestadores para hacer la contabilidad de semejante genocidio? ¿Sería que entrevistaban al .1% de los gérmenes que iban encontrando -aunque enjabonados- vivos?
En 2003, los pronosticadores nos aseguraron que al ocupar a Bagdad nos recibirían con flores. Hoy -$485 mil millones de dólares más tarde- un encuestador me aseguró que no fue su culpa, sino que ese mes Sadam Hussein confiscó todas las flores.
Cuando el señor Tom Tancredo montó su campana presidencial sobre la plataforma de odio a los inmigrantes hispanos, los encuestadores le otorgaron un inmenso favoritismo. Pero en un par de meses el soberbio Tancredo se desinfló. ¿Qué dicen ahora esos encuestadores políticos?
En estos días los encuestadores organizaron el funeral político de la senadora Hillary Clinton.
Tal parece que manipularon cifras, estadísticas y encuestas para demostrar que el senador Obama la superaba de manera tan aplastante, que el final de la carrera política de la senadora era cuestión de horas.
¿Qué ocurrió? Exactamente lo contrario.
Si los encuestadores políticos en este país tuvieran la honestidad del Chavo del Ocho pagarían un aviso de una página (en esta importante publicación) bajo el título:
«Sorry. Se nos chispoteó»
(Yo me ofrezco a convencer a mi jefe para que les otorgue el respectivo descuento publicitario) Pobre servicio le prestan algunos encuestadores políticos a la democracia.
Un tipo -tan despistado como yo- ¿cómo sabe si la encuesta que leo está o no manipulada por intereses personales, políticos, o corporativos?
En el momento crucial de una elección, el impacto de una encuesta manipulada puede pervertir el derecho a la democracia. Los ciudadanos podrían sentir que su candidato no es viable y, por lo tanto, tomarían la decisión de no votar, o votar en forma diferente a lo que les dicta su conciencia.
Matemáticamente hablando, algunos encuestadores políticos profesionales no pasan de ser unos simples mentirosos amateurs.
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VERBATIM
De acuerdo a la última encuesta,
el 99.9% de los inmigrantes
está a favor de que Tom Tancredo
se retorne a la casa de sus abuelos… en Italia.