Medicina para «vivos»
«Qué época aquella cuando contábamos con el médico de la familia! El tipo se sabía de memoria todas nuestras dolencias y nos recetaba por teléfono.
Al menor indicio de un resfrío, mi jefa llamaba al doctor.
El doctor nos hacía pasar al teléfono -uno tras otro- para escuchar, como si fuera un afinador de pianos, nuestra tos seca, como de perro.
- Ya sé lo que tienen, pásenme a la mamá.
Esa noche, nos embadurnaban el pecho con «vick», nos embutían una gorda aspirina con sabor a ácido de batería, que tragábamos con dos cucharaditas de un horrendo jarabe de cebolla y miel... y a la cama.
Al otro día ¡Milagro! Ya gritábamos como si tuviéramos ese vozarrón de tenor del Pavarotti.
Los tiempos han cambiado. Este invierno caí en cama víctima del «flú del Chávez». Apenas tuve alientos para ensayar mi mejor tos de perro, para convencer a una insensible enfermera que necesitaba una cita urgente.
La cita me la dieron para tres semanas más tarde.
La tía Filomena no esperó la cita. Diez noches seguidas me embadurnó con «vick» mi escuálido pecho (cual si se tratara de untar mermelada sobre una tostada) y me hizo sorber cuatro frascos del horrendo jarabe de cebolla con miel. Todo lo anterior, más veinte sopas de pollo, obraron el milagro de resucitarme.
El día de la cita, la enfermera me midió la tensión, el pulso, la altura y el peso. Una hora más tarde, me recibió un doctor (de cuyo apellido no quiero acordarme) y me regañó.
- ¿Por qué tanta urgencia? Yo lo veo muy bien. Por favor no pida cita, sin estar realmente enfermo, porque congestiona el servicio.
Doscientos dólares más tarde, regresé aburrido a mi casa y me pregunté: ¿Será que cambió la relación entre el médico, la medicina y el paciente, tan paciente?
¡Sí! Y va un ejemplo:
En ésta época, la mejor manera de recibir atención médica es ver la tele.
A toda hora nos bombardean con anuncios sobre medicamentos. A fuerza de ver tanta publicidad, pues cualquiera se enferma. Por eso, ahora vas al médico sabiendo qué te duele, y además, sabiendo cuáles son las medicinas que te deben formular… todo gracias a la tele.
La tía Filomena padece ahora de fibromyalgia.
- Fibro… ¿qué?
La vieja ha visto tantas veces un anuncio de TV pagado por el laboratorio Pfizer, que ya está convencida de que padece de esa enfermedad.
¿Resultado? Ella, más otros diez millones de despistados en Estados Unidos, dependen de un medicamento bautizado «Lyrica», que alivia la tal fibromyalgia.
En 2007, se vendieron, $1.800 millones de dólares en «Lyrica», en parte, gracias a que Pfizer invirtió $46 millones en anuncios en TV.
Efectos secundarios: Parece que la tal fibromyalgia no existe. Importantes informes médicos confirman esa sospecha. Mientras tanto, diez millones de ingenuos, como la tía Filomena, toman una medicina que no necesitan… gracias a la tele.
Va otro ejemplo:
Quienes no resistimos la tentación de comernos unas grasientas papas a la francesa, que parecen freídas con aceite para motor, viscosidad grado 40, sentimos (además de un gran remordimiento) una dosis mortal de colesterol que se nos estaciona entre el bajo vientre y las anginas.
¿El remedio? Controlar el colesterol con Vytorin (una mezcla de Zetia y Zocor)
¿El problema? En pruebas de laboratorio se demostró que el tal Vytorin en cambio de reducir las mortales placas de colesterol, aumenta su grosor, en casi un 50%, multiplicando en los pacientes los riesgos de un derrame cerebral y de un infarto.
¿Lo grave? Millones de personas dependen de esa medicina.
¿Conclusión? El sistema de salud de la Nación más rica del planeta debe ingresar ya -por el «servicio de urgencias»- a cuidados intensivos.
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VERBATIM
Antes se inventaban medicinas para
combatir las enfermedades.
Ha progresado tanto la medicina, que ahora se dedican a inventar
nuevas enfermedades.