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EL PERIÓDICO SEMANAL DIGITAL DE LA VOZ HISPANA DE CONNECTICUT

 
 


Por: Armando Caicedo

Mi Derecho a la Felicidad


La hija de Doña Púrpura, mi vecina, golpeó en la puerta de mi apartamento.
- Hola Padrino.
(Yo revisé el disco duro de mi memoria, pero no recordé que su madre me hubiera asignado el honor de ser su “padrino”, ni tampoco que la asociación de vecinos me hubiera colgado semejante responsabilidad. Deduje entonces que lo de “padrino” era un recurso que utilizaba la nena para extorsionarme)
- Es que tengo una tarea de mi escuela, y mi mamá está ocupada dándole pecho a mi hermanito. Además tiene que salir a su trabajo de limpiar casas, para pagar la renta. Y se tuvo que conseguir otro trabajo como costurera, pues los alimentos suben, la leche está por las nubes y la gasolina ya llega a cuatro dólares…
- ¡Suficiente! -interrumpí.
La escuincle me estaba haciendo sentir con complejo de culpa, como si yo estuviera participando en el programa de la “señorita Laura”.
- Padrino, debo explicar en mi clase de historia, en qué consiste el “derecho a la felicidad”, que aparece en la Declaración de Independencia de Estados Unidos.
En seguida me alargó dos hojas de papel y un lápiz, dio media vuelta y salió corriendo hacia su apartamento.
- Mamá, ya estamos trabajando con el vecino sobre “mi” derecho a la felicidad -la escuché gritar.
Ahí me sentí abrumado de responsabilidades, como si yo fuera el padrino de Purpurita, o, por lo menos, el marido de su madre, o sea, el padre putativo del escuincle que seguía pegado -el muy goloso- al generoso pecho de mi vecina.
Esa noche no pude dormir buscando la definición de Felicidad. Aquí va la más científica que encontré:
“La felicidad es una emoción resultado de una actividad neural fluida en la que los factores internos y externos interactúan estimulando el sistema límbico”.
Como no entendí ni pío, ni supe dónde diablos tengo mi “sistema límbico”, yo mismo me pregunté y me contesté:
Felicidad es tener libertad, casa propia, salud y la posibilidad de disfrutar de un retiro.
¿Libertad? Más o menos, aunque… acabamos de alcanzar un récord histórico: uno de cada 100 adultos en Estados Unidos está en la cárcel. Somos el país con mayor número de prisioneros en el mundo. Con apenas 300 millones de habitantes, tenemos 2’319.358 personas en prisión. Superamos a China, que tiene 4 veces más habitantes y un millón de prisioneros menos.
¿Casa propia? Más o menos, aunque… 2.2 millones de propietarios perderán sus casas, en los próximos meses, como resultado de la epidemia de “foreclosures” originada en los préstamos subprime.
¿Salud? Más o menos, aunque… 47 millones de personas, incluidos 9 millones de niños, vivimos sin seguro de salud.
¿Disfrutar de mi retiro? Más o menos, aunque… hace 50 años, Estados Unidos tenía 171 millones de habitantes y la fertilidad era de 3.68 bebés por mujer. (Esos bebés estamos trabajando para pagarle su pensión a los jubilados que ya se retiraron)
Hoy somos 300 millones y la fertilidad ha descendido a 2.1 escuincles por mujer… con semejante falta de entusiasmo, creo que no habrá suficientes trabajadores chambeando para pagar mi jubilación.
Frustrado acerca de mi derecho a la felicidad, éste fue el papel que le escribí a Purpurita:

“La más importante contribución al “derecho a la felicidad”, ha sido el invento del “Viagra”.
De alcanzar esa felicidad pueden dar fe los 35 millones de varones, que durante diez años han probado la pastillita azul, ¡ah! y sus parejas, que, de rebote, habrán disfrutado de la misma felicidad.
Anonadados ante tan feliz experiencia, pedimos al creador del Viagra -laboratorio Pfizer- que haga un nuevo esfuerzo, e invente otro producto que sea capaz de corregir la disfunción eréctil de nuestra economía, que por estos tiempos se ve tan decaída.”

Esa madrugada escurrí el papel debajo de la puerta de doña Púrpura.
¡Qué raro! Han transcurrido dos semanas y nadie ha asomado sus narices para darme las gracias.

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VERBATIM

Un hombre no sabe
lo que es la felicidad
hasta que se casa…
pero en ese momento,
ya es demasiado tarde.
Frank Sinatra

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