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Por: Armando Caicedo
Los nuevos 946 «pobres diablos»
¡Qué confusión tan celestial! Uno ya viejo, tratando de poner la mejor cara de pecador arrepentido y ahora nos salen con que ya no sólo debes cumplir con diez mandamientos, sino que ahora hay que arrepentirse de siete adicionales.
¿Y por qué no nos avisaron de eso veinte años atrás?
Opino que esos nuevos mandamientos se los deberían aplicar sólo a los que están naciendo.
Pero a uno, que ya no se cocina ni con tres hervores, le queda muy de para arriba arrepentirse de lo que ya ni se acuerda.
Le recuerdo al Vaticano que la crisis hipotecaria (que tiene sumido a este país en la recesión) también se incubó al cambiar las condiciones (en este caso, de los préstamos hipotecarios) de manera sorpresiva.
Hace un par de primaveras, a cualquier fulano le prestaban para su casa nueva, con cero de cuota inicial, sin importar su récord de crédito, con bajas cuotas fijas por dos años. Pero una vez los ingenuos picaron el anzuelo, los pícaros prestamistas cambiaron las condiciones.
Ahora, el valor de la casa no cubre ni la mitad del préstamo, los intereses los treparon en pocos meses, desde el sótano hasta la azotea y el dólar luce hoy más débil que un huérfano anémico después del Katrina.
¿Resultado? Millones de personas están perdiendo, además de sus casas, su crédito y su fe en el sueño americano.
Como si esto fuera poco, millones de familias están hoy condenadas -de manera perpetua- a no tener casa, ¡ah! y sin esperanza de redención.
Para mi gusto, ninguna de esas dos conductas tiene perdón de Dios: ni el sorpresivo incremento del 70% en los pecados, ni el traicionero aumento del 70% en los intereses hipotecarios.
Desconozco si Monseñor Girotti, director de la Penitenciaría Apostólica, encargado de velar por las confesiones en la Iglesia, está autorizado por el de Arriba para aumentar -de la noche a la mañana- los pecados capitales, pero creo que se quedó corto.
Si yo fuera el autorizado, daría categoría de pecado capital, a esto de «inventar pecados». Como son los casos de monseñor Girotti y el de mi tía Filomena.
¿Qué pecado puede confesar una dama casta y virgen, que jamás probó los placeres del himeneo, y que sólo se dedica a hacer obras benéficas? Ninguno. Lo que me lleva a sospechar que la desocupada vieja tiene como hobby inventar pecados. ¿O cómo me explico que mi veterana tía haga cola todos los días frente al confesionario y salga con cara de contrición, azotándose con golpes de arrepentimiento su escuálido pecho?
Lo peligroso es la forma como la gente de a pie está interpretando los nuevos pecados.
Mi prima Eduvigis me explicó que el nuevo pecado que llaman «daño ambiental» puede ocurrir cuando uno está en un antro, apapachado con «su peor es nada», y de pronto cortan la música, prenden la luz y entra un pelotón de policías, gritando ¡A la carga! «Primo, este pecado debían llamarlo «desmadre en el ambiente».
Mi sobrino Arquímedes me preguntó: «Tío, si uno está en el computador y -»plop»- salta a la pantalla una página porno ¿lo que sigue podría considerarse el nuevo pecado de la «manipulación genética»?
Me imagino que con este incremento en los pecados, ya colocaron un aviso en las puertas del infierno: «Perdonen por el desorden, pero estamos en ampliación».
O si no ¿a dónde diablos van a enviar a los conocidos responsables de dos de los nuevos pecados capitales: «causar injusticia social» y «causar pobreza»?
Lo bueno es que ahora puedes conocer por anticipado el (*) catálogo -con fotos- de los tipos que ya tienen puesto reservado en la paila mocha del último infierno, por cometer otro nuevo pecado: «acumular riqueza».
(*) Nota:
(Para mayor información sobre estos 946 «pobres diablos», consulta la lista de los 946 billonarios que publica la Revista Forbes)
Amén.
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VERBATIM
Pocos pecadores lograrán
salvarse después
de aguantar los primeros
20 minutos de un sermón.
Mark Twain
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