Más Historias de la Histeria
¡Qué grave enfermedad es la exageración!
A un inocente (y pálido) tomate lo estamos colgando empeloto en la picota pública y le dedicamos titulares en la primera página, acusándolo, sin derecho a pataleo, de ser portador de una temible enfermedad.
¿Delito del tomate?
Enfermó a 552 personas con la bacteria «salmonella».
No recuerdo que a los tabacos les hayan dado similar despliegue, ni que los hayan enviado a Guantánamo para juzgarlos como «combatientes enemigos» -que bien se lo merecen- por provocar 48.000 muertes directas de ciudadanos norteamericanos, cada año, más otras 38.000 muertes de «fumadores pasivos», que se aspiran el humo de los fumadores activos. (3.000 por cáncer de pulmón y 35.000 por problemas del corazón)
¿Por qué semejante histeria? Quizás porque los tomates vienen de México o porque son cosechados por inmigrantes en la Florida.
O quizás los millonarios tabacaleros poseen más poder de intriga que los pobres tomateros.
Exageración e histeria son las armas de distracción masiva preferidas por aquellos presentadores de TV, a quienes la salmonella del racismo les brota silvestre.
El gordito simpático del Lou Dobbs, autorizada voz de CNN, le dedicó el año anterior el 70% de sus apariciones en televisión a satanizar a los indocumentados, culpables de todos los males de la Nación.
Y volvió a resucitar en junio de 2007 su afirmación falsa que los inmigrantes están trayendo el bacilo de la lepra a Estados Unidos.
Después de soportar por años la sonrisa pedante de don Lou, he llegado a la conclusión que la peor infección que puede enfermar a cualquier Nación no es la lepra sino el racismo.
Otro ejemplo de exageración es la de los «remedios milagrosos».
Aquí menciono -con timidez- a la tal colonia Feromex, hecha con un caldo secreto de feromonas que, según prometen en la tele, me convertirá en la atracción de todas las hembras de mi vecindario.
Me hubiera gustado hacerle coro al güey que aparece en la tele dando su testimonio: «antes era muy tímido, ni siquiera le hablaba a las mujeres, pero con Feromex todo cambió».
Claro que sí. A mí también me sacaron $79 dólares por un frasco de colonia con feromonas que huele a coliflor y todo cambió. (Todos mis parientes, incluida la simpática tía Filomena, me dejaron de hablar)
La exageración y la histeria hacen peligrosa pareja.
Cuando en septiembre de 2007 cayó un meteorito en la provincia de Chuchito, Perú, el alcalde de Desaguadero informó al mundo que sus paisanos se estaban desaguando de diarrea, por causa de una extraña bacteria «que llegó del espacio».
La noticia recorrió medio planeta y autoridades científicas de rancias instituciones corrieron a socorrer a los 600 contaminados.
El pueblo de Desaguadero tuvo dos minutos de fama internacional (ni un segundo más) porque los socorristas apenas encontraron allí, a un enfermo de almorranas.
La historia de la histeria es rica en injusticias.
En 1691 dos adolescentes fresa que vivían en la población de Salem, Massachussets, cayeron enfermas.
Como el médico del pueblo no encontró razón orgánica para su malestar sentenció que las jovencitas eran víctimas de hechicería.
Ese día empezó la demente cacería de brujas en Salem.
La histeria duró un año. A fines de 1692, la autoridad no sabía qué hacer con 200 granjeros presos, acusados de hechicería, a tiempo que 20 brujas de Salem ya habían sido ejecutadas.
La historia de la histeria aún no termina: Hoy las víctimas son miles de trabajadores inmigrantes, tratados como criminales.
Yo no soy brujo, pero presiento que en el futuro, esta gran Nación de Libertades reconocerá su vergüenza, por haber tolerado este capítulo de explotación de los trabajadores inmigrantes y de insensibilidad ante la disolución de sus familias.
Me resisto a creer que esta maravillosa Nación que califica, cada año, a los demás países del mundo, de acuerdo a su nivel de observancia de los derechos humanos, practique redadas masivas contra seres humanos que trabajan.
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VERBATIM
Bienaventurados sean nuestros
niños porque ellos heredarán
nuestra deuda pública y privada.
Presidente Herbert Hoover