| |
 |

Por: Armando Caicedo
Versión revisada del “Sueño Americano”

Ayer -como todos los días- compartí asiento en el autobús con un grupo de paisanos que retornaban a casa al final de su jornada de trabajo.
Como a esa hora, nadie resiste el bamboleo arrullador de un autobús, apenas aterrizamos las nalgas sobre los asientos, todos coincidimos en pestañear una siesta.
La veterana vicaria que se sentó a mi lado improvisó un bostezo, tan profundo, que cuando abrió sus maxilares alcancé a ver allá, en el fondo, su glándula pituitaria. En seguida se estiró y sin pedir permiso, utilizó mi hombro a manera de almohada.
Los tres tipos de la banca del frente, se durmieron antes que el autobús arrancara. Su destemplada serenata de ronquidos nos arrulló, cual si se tratara de una canción de cuna, interpretada por un coro de asmáticos, en una radio mal sintonizada.
En segundos, todos mis paisanos fueron clausurando las ventanas de sus ojos y pusieron en piloto automático sus pensamientos.
Cuando el sueño estaba a punto de vencerme sentí un violento tortazo a mis espaldas. Sospecho que la cabeza del paisano que viajaba detrás, se estrelló contra el tubo del asiento.
El último en dormirse fue mi vecino de lado izquierdo. Despedía aroma a salario mínimo. Cuando su cabeza improvisó un aterrizaje de emergencia sobre mi otro hombro, deduje -por los residuos de cemento que cargaba entre el pelo- que trabaja en el ramo de la construcción.
Por solidaridad de raza permanecí quieto. No quería despertar a ese par de momias aztecas que ahora colgaban de mis hombros.
¿Qué soñaban mis paisanos?
Soñaban con el sueño americano. Esa imagen “made in Hollywood” en la que una familia feliz sonríe a la cámara, frente a “su” casa propia.
Aquí debo aclararles a ingenuos y a despistados: “tu” casa no es tuya. Ella e incluso “tú”, tarde o temprano serán propiedad de algún banco.
Aquí cualquiera te puede prometer hacer realidad tu sueño americano. En pocos días ¡Milagro! ¡Ya tienes casa propia!
Pero no te confíes.
Tan pronto firmas el título de propiedad ¡”Plop”! se desvanece esa ilusión. Los intereses suben y empiezas a sentir que las deudas te presionan hasta las anginas.
En pocos meses ya no puedes responder por las obligaciones adquiridas, y tampoco puedes vender tu casa porque su valor ya se desplomó.
Pero consuélate, no estás solo.
En el curso de los próximos siete años, un millón cien mil personas -como tú- agobiadas por los escandalosos incrementos de los pagos mensuales, perderán sus viviendas.
Otros millones de tarados se dejarán seducir por la refinanciación.
Caerán en la trampa de los préstamos “sub-prime”. En pocos meses no sólo perderán sus casas, sino que quedarán convertidos en deudores perpetuos de unos bancos usureros, inhumanos e insaciables.
¿Por qué la gente firma documentos donde se imponen condiciones tan abusivas?
Quien ha comprado una casa conoce la emboscada que le practican al despistado comprador. Aparece un tipejo arrogante -cargado con una montaña de documentos- que te mira como si fueras sospechoso de terrorismo.
Sin derecho a explicaciones, el tipo te alarga un bolígrafo ordinario y… ¡a lo que te truje, Chencha! debes firmar -a la velocidad de un conductor de pizzas a domicilio- más de 150 páginas repletas de compromisos y textos legales, que no te permitieron leer con anticipación.
Al final no sabes si lo que firmaste fue la compra de tu primera casa, o una autorización para que te cambien de sexo, o la orden de tu propia deportación.
Después de estas reflexiones tan dramáticas, le regalé una última mirada a los paisanos que viajaban en el autobús, cerré los ojos y empecé a cabecear mi nueva versión revisada del “sueño americano”.
________________________
VERBATIM
Qué contradicción!
Si quieres alcanzar el
“sueño americano”
no te puedes dormir.
|
|
 |
|
|