EL SOL LATINOAMERICANO

Por Washington Canal Astete
Gabriel García Márquez nació en Aracataca, Colombia, el 6 de marzo de 1927, conforme a la afirmación de su hermano Luís Enrique. Pero hay un misterio al respecto, porque un certificado afirma que nació en 1928.
Tal vez haya discusión sobre su fecha de nacimiento pero no la hay respecto a su genio literario. García Márquez es un maestro de la narrativa, reconocido como uno de los grandes escritores del siglo XX. En 1982 recibió el Premio Nóbel de Literatura. Sus obras más conocidas son Cien Años de Soledad, El Coronel no tiene quien le escriba, Crónica de su muerte anunciada, El Otoño del Patriarca, El Amor en los tiempos del cólera y El General en su laberinto.
Vivió entre fantasmas en un mundo mágico de supersticiones en que su abuela hablaba con los muertos y una de sus tías cosía mortajas. «Yo me acostumbré a vivir dentro de ese mundo y he seguido siempre viviendo en el mismo. Yo soy sumamente supersticioso y hago interpretaciones de mis propios sueños,» comentó alguna vez García Márquez.
Su intensa relación con la literatura se inició cuando aún niño, en Aracataca cuando encontró en el baúl de sus abuelos un libro descuadernado y viejo. Era la obra Las mil y unas noches.
El general en su laberinto
En esta novela de sólida base histórica, para lograr su objetivo García Márquez se ha documentado, durante tres años de investigación, para dominar los hábitos cotidianos del Libertador, sus diversas peripecias, sus ideales y sus amarguras. Esta labor es de mucha envergadura si se tiene en cuenta que Bolívar es un tema enorme, de grandiosidad tanto épica como trágica.
García Márquez logra darle a su personaje una humanidad diaria, de actos pequeños durante todo el día. Bolívar es enfocado durante los últimos días de su existencia, maltratado por la frustración de sus sueños de una América unida. Lo épico se reduce al polvo de las memorias salpicadas de pesadillas.
La novela se inicia cuando José Palacios, el servidor más antiguo que tuvo Bolívar, lo fue a despertar antes de las cinco de la mañana, tal como éste le había ordenado. Palacios lo encontró flotando en las aguas de la bañera, desnudo y con los ojos abiertos; creyó que se había ahogado.
Las recuas estaban esperando en las caballerizas y la comitiva oficial empezaba a reunirse para despedirlo. Se encontraban en Santa Fe de Bogotá y la enorme alcoba de la casa de Doña Amelia no era la más cómoda para la débil salud del general tantas veces atacada por la fiebre y otros males estomacales. La víspera había recibido a Manuela Saenz, la aguerrida quiteña que lo amaba. Se habían conocido en Quito, ocho años antes, cuando ella era aún la esposa del Dr. James Thorne, un médico inglés radicado con la aristocracia limeña. Además de ser la última mujer con quien él mantuvo un amor estable desde la muerte de su esposa, era también su confidente, guardiana de sus archivos y asimilada a su estado mayor con el grado de coronela.
Hace seis años que se decía que estaba muriéndose. La primera vez fue de boca de un oficial británico que lo vio en el desierto de Pativilca, al norte de Lima, donde lo encontró tirado en el suelo de una choza miserable. La prensa partidaria del general Francisco de Paula Santander, su enemigo principal, había lanzado el rumor de que su enfermedad solo era una artimaña para recuperar el poder que el congreso le había quitado por unanimidad después de doce años de mando.
La mañana del viaje, que tenía un sabor a fuga, José Palacios arregló el equipaje de su querido general, había dos mudas de ropa interior, dos camisas y la casaca de guerra con botones forjados con el oro de Atahualpa y el «Contrato Social» de Rousseau. Bolívar había arrebato al dominio español un imperio cinco veces más grande que toda Europa.
Al amanecer del tercer día, José Palacios encontró a su general fuera de su lecho acostado en un poyo del corredor, recordando la noche de enero de 1820, cuando estaba en los altos del Apure venezolano. Había llegado a este lugar con dos mil hombres de tropas, después de haber liberado del dominio español 18 provincias y soñaba extender la guerra hacia el sur para crear la nación más grande del mundo sus límites serían desde México al Cabo de Hornos.
Este último viaje del general Bolívar llegó a su final, precipitado por la debilitada salud y las malas noticias que recibió, la muerte del mariscal Sucre que había sido emboscado y asesinado el 4 de junio de 1830.
El 10 de diciembre de 1830, el general amaneció muy mal y llamaron de urgencia al obispo Estívez para que lo confiese . La confesión fue a puerta cerrada y sólo duró catorce minutos. Nunca se supo una palabra de lo que hablaron. El general se dio cuenta que la loca carrera entre sus males y sus sueños llegaban a la meta final. «Carajos,» suspiró. «!Cómo voy a salir de este laberinto.!»
Llegó así el 17 de diciembre de 1830. Día en que cruzó los brazos contra el pecho y dio sus últimos suspiros, terminando sus días este gran general que marcó rumbos en la historia de la lucha por la independencia de varias naciones sudamericanas. |