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EL PERIÓDICO SEMANAL DIGITAL DE LA VOZ HISPANA DE CONNECTICUT

 
 

EL SOL LATINOAMERICANO
Ricardo Palma:
Tradicionalista peruano

Por Washington Canal Astete

Manuel Ricardo Palma Soriano, hijo de Pedro Palma Castañeda y de Dominga Soriano Carrillo, nació en Lima el 7 de febrero de 1833 y falleció en Miraflores el 6 de octubre de 1919. Siendo aún joven se introdujo en la política, militando con los liberales, lo que hizo que participara subversivamente en un plan fallido contra el presidente Ramón Castilla que resultó en su destierro a Chile por tres años. La política le concedió los cargos de Senador por Loreto, Cónsul peruano y funcionario del Ministerio de Guerra.
En el campo de las letras destacó desde un comienzo; empezó a escribir poesía y dramas además, colaboró en varios periódicos de la nación. Fue muy conocido en la prensa satírica, especialmente en la sátira política peruana del siglo XIX. Escribió para El Burro, La Campana, y La Broma. Asimismo, colaboró en las publicaciones serias como El Mercurio, El Correo, El Liberal, La Patria, Revista del Pacífico y Revista de Sud América.
En 1872 se publicó la primera serie de su obra principal Tradiciones Peruanas, iniciando un ciclo que termina en 1910. El éxito alcanzado por sus Tradiciones y su permanente actividad literaria hacen de él un personaje reconocido en vida no solamente en su país sino en todo el mundo de habla castellana, que lo acoge como a uno de los escritores clásicos de prosa placentera del continente americano
Fue miembro correspondiente de la Real Academia Española, la Real Academia de la Historia y de la Academia Peruana de la Lengua así como miembro honorífico de la Hispanic Society de Nueva York. Después de la Guerra del Pacífico, en 1883, fue nombrado director y restaurador de la Biblioteca Nacional de Lima.

Tradiciones Peruanas

La obra más representativa y definida de Ricardo Palma es el resultado de su innata ironía, su aguda observación de la realidad social y el gusto por una prosa pintoresca de sabor popular. Igualmente fueron fundamentales el ingenio, el brillo, la gracia, la picardía y la malicia criolla que crearon un modelo de lengua literaria de gran fama en el mundo hispánico.
De la vasta producción de este gran tradicionista peruano, sobresalen El Alacrán de Fray Gómez, Don Dimas de la Tijereta, Historia de un cañoncito, que se trató en una edición anterior, y la picante y altamente picaresca Tradicones en salsa verde.

Don Dimas de la Tijereta

Por los primeros años del siglo XVIII existía, en pleno Portal de Escribanos, un escribano llamado don Dimas de la Tijereta, famoso por sus embustes y trocatintas. Todos los gremios tienen por patrono a un santo que ejerció sobre la tierra el mismo oficio o profesión; pero ni en el martirilogio romano existe santo que hubiera sido escribano, de allí que los pobrecitos no tengan en el cielo camarada que por ellos interceda.
La cosa es que don Dimas, a la vejez, se vino a enamorar hasta la coronilla de una muchacha de veinte años llamada Visitación. La moza era un pimpollo a carta cabal, que poseía una cintura pulida, labios colorados como guindas, dientes como almendras y ojos como dos luceros. Don Dimas era un amarrete de primera y tan pegado al oro de su arca como un ministro a la poltrona, pero no pensaba escatimar gastos por alcanzar el amor de la muchacha, le enviaba aretes de diamantes con perlas como garbanzos, trajes de rico terciopelo de Flandes, que por aquel entonces costaba mucho.
Pero mientras más derrochaba Tijereta, más distante veía la hora en que Visitación hiciese con él una obra de caridad, y esta resistencia le traía de cabeza. Visitación vivía en compañía de una vieja tía que no tardó en darse cuenta de las cualidades físicas de su sobrina Desde ese día si la tía fue el anzuelo, la sobrina se convirtió en el cebo para pescar maravedises a más de dos y más de tres acaudalados hidalgos. El escribano llegaba todas las noches a casa de Visitación, y después de saludarla le declaraba su amor. Ella le oía cortándose las uñas, recordando a algún boquirrubio que le echó flores y piropos al salir de la misa de la parroquia o canturreando para sí: No pierdas en mi balas,/ carabinero,/ porque yo soy paloma/ de mucho vuelo. Si quieres que te quiera/ me has de dar antes/ aretes y sortijas/ blondas y guantes.
Y así pasaron hasta seis meses aceptando Visitación los regalos pero sin dar a don Dimas adelanto alguno. Hasta que una noche la moza lo mandó a rodar. Entristecido.por su desventura, acabó don Dimas andando y perdido hasta llegar al pie del cerrito de las Ramas. Decepcionado, don Dimas pronunció estas palabras “!Venga un diablo cualquiera y llévese mi almilla a cambio del amor de esa caprichosa criatura!” Satanás, que desde las profundidades había escuchado los lamentos del plumario, mandó a Lilit, uno de sus más fieles allegados al encuentro de don Dimas y que extendiera un contrato por el que le consiguiera lo que pidiera , a cambio de su alma.
El pergamino que firmó don Dimas decía “Conste que yo don Dimas de la Tijereta cedo mi almilla al rey de los abismos en cambio del amor y posesión de una mujer, me obligo a satisfacer la deuda de la fecha en tres años.” Al entrar el escribano a su vivienda, grande fue su sorpresa cuando le abrió la puerta Visitación, la desdeñosa y remilgada moza, que ebria de amor se arrojó en los brazos de Tijereta.
Como no hay plazo que no se cumpla, ni deuda que no se pague, pasaron, día por día, tres años como tres berenjenas y llegó el día en que Tijereta tuviese que hacer honor a su firma. Sin darse cuenta se encontró en el mismo lugar en que se firmó el contrato. Al encararse con Lilit, el escribano empezó a denudarse con toda flema, Lilit le dijo que no era necesario. Tijereta replicó que si no se desnudaba no comprendía cómo podría saldar su deuda. El escribano siguió con la operación hasta sacarse la almilla o jubón interior, y pasándola a Lilit le dijo “Deuda pagada y venga mi documento.” Lilit se echó a reir a carcajadas. Don Dimas se apresuró a decirle que la prenda que le había dado se llamaba almilla, y que eso es lo que le había vendido y a lo que estaba obligado a entregar.
Lilit desconcertado , se lo echó al hombro y lo llevó donde su amo para que se solucione el mal entendido. Afortunadamente para Tijereta el fallo se dio a la brevedad, son sólo la autoridad del “Diccionario de la lengua”. Los jueces que fueron problamente literatos y académicos ordenaron que se diera libertad a don Dimas y Lilit lo deje en la puerta de su casa.
Cumplióse la sentencia al pie de la letra, pero destruído el hechizo, se encontró don Dimas con que Visitación la había abandonado, corriendo a encerrarse en un beaterio, siguiendo la añeja máxima de dar a Dios el hueso después de haber regalado la carne el demonio. Satanás se quedó con la almilla; y es fama que desde entonces los escribanos no usan almilla.


 

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