OPINION
A propósito de Pinochet...
Para mis amigos chilenos, donde quiera que estén
Por Patricia Juárez
El día del recital llegó, y yo me sentía tímida y ansiosa, con algo de pánico escénico. Empecé con el poema de Benítez Carrasco “El calendario”, escenificándolo con flores y recortes de papel. En algún momento me sentí ridícula o cursi, pero empecé a entrar en confianza, y ante la aceptación de los presentes, me relajé y disfruté mucho decir el resto de los poemas. Recité a Neruda, a Alfonsina Storni y al famoso “autor anónimo”. Ya casi para finalizar, les dije el poema de Benedetti: “Hombre preso que mira a su hijo…” y algo inesperado sucedió. Tal vez hubo una gran retroalimentación del público hacia mí, y me concentré solamente en sentirlo y expresarlo. Al terminar, mi nariz moqueaba y mi rostro estaba húmedo por el llanto. Se hizo un silencio interminable en el que se escuchaban sollozos y suspiros, y después… un gran aplauso, abrazos y felicitaciones.
Como recién conocía a quienes ahí se encontraban, no tenía idea de lo que el poema había provocado en ellos. Tal vez sus “…aquí todos moqueamos, berreamos, puteamos…” o sus “…Mas vale llorar y gritar que traicionarse…” les llegaron a algún resquicio de la memoria que guardaba sabrá Dios que recuerdos tan temibles, y eso provocaba los sentimientos que asomaban a sus ojos, que brillaban y desviaban la mirada hacia algún lugar y algún tiempo que sólo ellos sabían. A decir verdad, nunca supe al detalle sus sufrimientos, porque aunque después cultivamos una estrecha amistad y convivimos en muchas ocasiones, ellos casi nunca hablaban de su persecución, cautiverio y tortura en Chile. Pienso que era por dignidad, por un gran respeto hacia sí mismos que les impedía ejercer la autocompasión, o tal vez por un dolor tan arraigado, que se negaban a desenterrar. Tal vez esa ocasión del poema fue un momento catártico que se permitieron algunos para dejar fluir un poco su tristeza por todo lo padecido. Supe de sus tormentos por comentarios de terceros. Todos habían sido torturados o amenazados. Todos habían perdido a alguien durante la represión. Todos tenían algún pariente o amigo preso o desaparecido. Todos condenaban el pinochetismo y sus consecuencias. Todos se habían exiliado de su país por la misma razón.
Los había conocido a los pocos meses de residir en Los Ángeles, California. Yo formaba parte de un grupo de teatro hispano que planeaba montar una obra. Se trataba de “Pedro y el Capitán”, pieza del mismo Benedetti, que muestra la relación de un prisionero político con su torturador. Conseguimos un teatrito casi en ruinas en el este de Los Ángeles para presentar la obra. Yo veía todo tan pobre, tan falto de infraestructura y organización, que estuve a punto de abandonar el proyecto. Me daba miedo ir por las noches, después del trabajo, a ensayar a un barrio bravo y con tan mala fama como East L.A. Regresaba a casa muy tarde y sola. Pero era fuerte mi deseo de hacer teatro y seguí adelante. Por fin cristalizó el plan. Hicimos publicidad en un diario hispano y en la radio en español. Logramos estrenar y dar algunas funciones. A una de esas, acudió un grupo de personajes heterogéneos en nacionalidad y homogéneos en ideología, que providencialmente había escuchado un spot radiofónico anunciando la obra. Argentinos, chilenos y peruanos. Eran esposos, o novios o amigos. Al final de la presentación, se quedaron a conversar y a felicitarnos por la puesta en escena. Les parecía inconcebible ver teatro en español, con contenido y cierta calidad. Y además, el tema parecía interesarles mucho. Intercambiamos números telefónicos y pocos días después nos invitaron a una reunión en casa de uno de ellos. Luego vino el recital poético en que se conmovieron tanto y empezamos una relación que duró hasta que me mudé de Los Ángeles.
Ellos organizaban periódicamente eventos para recaudar fondos y enviarlos a diferentes organizaciones de lucha y resistencia en Chile: Carne asada en el jardín de alguna casa, que era amenizada por una tocada de música suramericana; peñas con un gran número de participantes, conciertos de piano o recitales poéticos muy íntimos. Yo fui invitada a participar en varios. Algunas veces me pidieron leer poemas de mujeres presas a causa del régimen. Su delito había sido no estar de acuerdo con la dictadura y sus métodos y haberlo expresado. Ellas escribían con angustia y desesperación por no poder mirar desde su ventana “más que un recuadro de cielo azul y escuchar el golpeteo de las olas…” y no poder celebrarles los cumpleaños a sus hijos, que crecían ausentes y sin poder verlos durante años. En retribución, me hicieron llegar una carta firmada por varias de ellas, agradeciendo mi colaboración y solidaridad.
Algunos de mis amigos chilenos habían sido maestros universitarios en su país y en Estados Unidos habían conseguido trabajo como profesores; Alfonso era un cantante y músico reconocido allá, y ahora tenía que sobrevivir pintando casas; Vladimir era arquitecto y ahora trabajaba instalando ventanas. Eran gente buena, con la que se podía tener conversaciones interesantes; les gustaba el teatro, la música, la poesía y las fiestas. Leían mucho, y Rafael, incluso había logrado publicar el primer número de una pequeña revista literaria en español. Pasé muchas veladas agradables con ellos; de pronto -sin embargo- en algún momento surgía algún comentario cargado de amargura y frustración, sobre todo del cantante; a veces eran pláticas nostálgicas sobre su amado Chile y su posible retorno. Fue más o menos por entonces que se hizo el plebiscito que repudió a Pinochet como mandatario y eso les hacía albergar esperanzas para el futuro. Rafael, con una copa de vino en una mano y un cigarrillo en la otra, siempre decía que en cuanto sus hijos terminaran la universidad, él y su esposa regresarían a Chile, y pondrían una peña bohemia a la orilla de la playa… “No será para hacer dinero, ¡qué va!... Será para los amigos, para los compañeros que deseen cantar o decir poemas o tocar una guitarra… Algún día, espero verte por allá, sin falta…” Y quizá. Quizás algún día los vuelva a ver y nos tomemos otro buen vino chileno….
Mientras tanto, pienso en ellos algunas veces. Y obviamente, el lunes fue uno de esos días. “¡Pinochet ha muerto…!” Los titulares en periódicos y noticieros difunden la noticia de algo largamente esperado por miles de chilenos. O tal vez no, porque alguna de las entrevistadas dijo que deseaba que hubiera vivido muchos años más para que lo juzgaran como se merecía y que no se hubiera ido así, tan impunemente. Me resultó sorprendente mirar a gente llorando y lamentando su partida. Gritaban a voz en cuello que había sido un héroe, un salvador de la patria, un líder insustituible… Aquello no era congruente con los horrores que había escuchado con mis amigos de Los Ángeles, ni con los gritos de los que festejaban su deceso, que no lo bajaban de asesino, traidor o cerdo repugnante. Me resulta incomprensible. Como me resulta también incomprensible lo que pasa ahora en México –donde muchos periodistas catalogan, con mucha razón, al flamante presidente Calderón como un engendro de Pinochet o de Franco- o en Venezuela, o en Cuba; o lo que pasó en España, o en Rusia, o en China, o en cualquier país del mundo y en cualquier época.
Siempre los personajes radicales o las situaciones controvertidas polarizan a la gente. Será porque siempre habrá injusticias y ambiciones. Será porque sea cual fuere el sistema –a Marx le fallaron sus predicciones de que el comunismo era la panacea para la humanidad- nunca estaremos todos de acuerdo. Y entre más nos alejamos del centro de equilibrio, de un posible punto de cordura –algo así como el justo medio aristotélico- más se crispan los ánimos y más difícil nos resulta comprender o reconocer el pensamiento y acciones del contrario. Unos prefieren supuesta estabilidad política, paz social y un dictador militar a tener un diablo comunista como presidente. Otros prefieren vivir en la pobreza a provocar un cambio que pueda ser violento. Otros, obviamente prefieren un ángel de la guarda neoliberal que les ayude a incrementar sus ganancias y conservar sus privilegios. Otros soñamos con nuestras propias Utopías, como la de Moro. El mundo está etiquetado como blanco o negro, anarquista o fascista, comunista o capitalista, se vive en democracia o en la dictadura, en la derecha o en la izquierda, en la diestra o en la siniestra. Lo curioso es que al cambiar el uso de “diestra” y “siniestra” de sustantivos a adjetivos, los significados son algo desconcertantes: diestra es sinónimo de ágil, sagaz, astuta, inteligente; mientras que siniestra lo es de funesta, nefasta, sombría, desastrosa. De cualquier manera, según nuestra preferencia política, siempre nos parecerá diestro nuestro pensamiento y siniestro el del opuesto. Siempre veremos el Castro o Chávez en el ojo ajeno y no el Bush o Calderón en el propio.
Y para todos los que nos gusta vivir en libertad –que la más de las veces es un espejismo-con el derecho a pensar y disentir, a conocer y a decidir, sin que por ello corra peligro nuestra vida, les recuerdo una canción interpretada por Joan Manuel Serrat dedicada a ella:
Porque donde unas cuencas
vacías amanezcan
ella pondrá dos piedras de futura mirada
Y hará que nuevos brazos
y nuevas piernas crezcan
en la carne calada
Retoñarán aladas de savias
y de otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida
Porque soy como el árbol t
alado que retoño
aún tengo la vida…
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