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EL PERIÓDICO SEMANAL DIGITAL DE LA VOZ HISPANA DE CONNECTICUT

 
 

Las mujeres, el aborto y la Iglesia Católica en México


Por Patricia Juárez



Había una vez un país tercermundista a principios del siglo XXI, en el cual se decían cosas como éstas:
“!Qué se mueran…! las mujeres que abortan son como los narcotraficantes: unas criminales, unas asesinas… y el que mal anda, mal acaba, se lo tienen merecido…” Esto lo decía un hombre vestido con sotana y gorra rojas, que se hacía nombrar Cardenal Norberto Rivera, quien era uno de los más reconocidos representantes de la religión llamada Catolicismo y en esos días estaba llamado a comparecer en una corte de California, Estados Unidos por el delito de conspiración a la pederastia en beneficio del sacerdote Nicolás Aguilar Rivera.


“¿Qué las mujeres quieren que se despenalice el aborto? … ¡Pues que cierren las piernitas y ya está…” “¿Que se creen muy mujeres para andar teniendo sexo? ¡Pues que lo sean también para ser madres, bola de irresponsables…!” Comentaban algunos de los radio escuchas de un programa matutino.
En ese país, cada día se maltrataban, insultaban, vejaban y acosaban millones de mujeres y de niñas; y cada año se violaban, mutilaban y asesinaban unas cientos de ellas, sobre todo en la frontera norte.
En el principio de su historia, esa tierra había estado poblada por grupos autóctonos, algunos de los cuales alcanzaron grandes niveles en ciencias y artes y tenían su propia religión. Pero en 1492, un navegante italiano patrocinado por los Reyes Católicos de España, llegó a territorios desconocidos y exóticos –para los europeos-, poblados –decían- por indios salvajes y bárbaros a los que habría que civilizar y convertir a su religión. Los Reyes y la Iglesia unidos, conquistaron, esclavizaron y explotaron a los habitantes de esa tierra a la que llamaron América. Uno de los lugares más ricos e interesantes que encontraron por ahí fue ese país, que fue colonizado por los españoles, se mezclaron las razas y se impuso la religión católica. Llegó a ser muy devoto y una virgen morena –como sus habitantes- se apareció milagrosamente en un cerro. La Santa Inquisición, una de las más siniestras y perversas instituciones jamás creadas, hizo de las suyas en la Nueva España: juzgaba, torturaba y asesinaba impunemente a quienes disintieran con la nueva fe. La excepcional Sor Juana fue la confirmación de las reglas misóginas que regían la sociedad colonial y se atrevió a protestar contra los “Hombres necios…” que la rodeaban. La población indígena y mestiza vivía oprimida y con hambre. Después de tres siglos, encabezados por un cura, lucharon por su independencia y la consiguieron en 1821.
En 1857, el Presidente Benito Juárez secularizó los bienes de la Iglesia y separó al Estado de ésta, declarando a México un país laico. El Papa y sus súbditos, por supuesto, no estuvieron de acuerdo. Tampoco los conservadores adinerados, quienes importaron un príncipe austriaco para que gobernara la nación. Juntos le hicieron la guerra a Juárez, pero finalmente éste ganó y el país siguió su vida como nación independiente.
Vino luego un dictador que gobernó muchos años, llegó el siglo 20 y la revolución para tumbarlo. Se había inventado el cine y en los años treintas se empezaron a hacer muchas películas. Las historias exhibidas eran un reflejo de la cultura patriarcal imperante. En ellas se mostraba como debían pensar, actuar y comportarse las mujeres para considerarlas decentes o valiosas. El ideal era ser “Inmaculada”, conquistar al “Mil Amores” que aparecía por ahí y caminar muy ufana con él “Del brazo y por la calle”. Las “Santas”, “Aventureras”, “Cabareteras”, “Perdidas” o “Abandonadas” eran denostadas, castigadas al límite y morían trágicamente; no obstante, se les ofrecía un dejo de compasión póstumo si se habían arrepentido de sus pecados y los habían hecho en nombre de una maternidad absolutamente sacrificada, salvaguardando la vida o el bienestar de sus hijos, los cuales –para que el sacrificio valiera la pena- jamás deberían saber que clase de mujer había sido su madre. Hasta la bravucona “Doña Bárbara” era al final doblegada por su hombre y caminaba, “Enamorada” y sumisa tras de él y su caballo. A los encantadores machos que actuaban ahí se les festejaba que fueran mujeriegos, borrachos o pendencieros y que cantaran cosas como “quien le pega a una mujer, no tiene perdón de Dios si no le pega otra vez…”
Algunas mujeres empezaron a asistir a las escuelas y podían estudiar para secretarias o enfermeras. Otras trabajaban arduamente y ganaban algún dinero como empleadas o sirvientas. En aquellos años lo mejor que le podía suceder a una mujer era conocer a un hombre trabajador que se casara con ella, -de blanco, por supuesto- le hiciera muchos hijos y la mantuviera junto con ellos. Entonces ella cumpliría su misión de vida y muy agradecida, limpiaría y cocinaría para todos. Si el tipo no era muy infiel y no la golpeaba, podía considerarse excepcionalmente afortunada, el colmo de la felicidad.
En 1953, se le concedió a la población femenina mayoría de edad política- que no social ni sexual- otorgándoles el derecho a votar. Para entonces, unas cuantas privilegiadas estudiaban carreras en las escuelas superiores. Las opciones apropiadas para ellas eran la Medicina o la Docencia (que no decencia, ya que ésta continuaba siendo obligatoria para todas).
Llegaron los años 60 al planeta y con ellos la píldora anticonceptiva, el rock, los Beatles, las drogas y los hippies. En ese país también empezaron a cambiar las cosas. Se permitió el uso de la píldora y claro, la Iglesia Católica, que seguía muy enojada por lo que le había hecho Juárez 100 años atrás, ponía el grito en el cielo, pataleaba, amenazaba y ex comulgaba. Pero la píldora empezó a estar al alcance –en teoría- de cualquier mujer.
Más mujeres lograban asistir a las universidades. Se les seguía exigiendo ser decentes, puras y vírgenes hasta el matrimonio. La que tenía muchos novios o “salía mal” –con panza de 9 meses- era considerada una cualquiera, o de plano, una puta. Ese seguía siendo el insulto favorito para ofender a las mujeres. Se promovía el uso del condón para evitar embarazos no deseados y enfermedades venéreas, pero la inmensa mayoría de los hombres no los quería usar “porque no se siente nada”, decían, y de la vasectomía no querían escuchar.
En algunos países europeos y en los Estados Unidos se empezó a legalizar el aborto. En México ni mencionarlo. Era pecado mortal. Totalmente condenado por la disminuida pero nunca resignada Iglesia Católica. Claro, se practicaba todos los días, pero a oscuras y en silencio. Si se moría la intervenida –como decía el Cardenal- era parte del riesgo y del castigo. O tenía al hijo o exponía su salud y entregaba su alma al infierno. Eran los años setentas. Las feministas empezaron a alzar la voz y a luchar. Eran denigradas y ridiculizadas por la gran mayoría de los hombres y también por muchas mujeres.
Luego se nombró un Papa en Roma al que le gustaba viajar mucho y fue varias veces a visitar ese país. La gente lo adoraba. Compraban medallitas con su efigie y lo veían por la tele. Este Papa, decían, era muy bueno, un santo. Pero él tampoco quiso saber nada ni de condones, píldoras y mucho menos abortos. El sexo –insistía la Iglesia Católica- era sólo para tener hijos, y solamente para eso se debería practicar. La vida humana, repetían incesantemente, empezaba en el momento de la fecundación. No escuchaban los argumentos de los científicos, que alegaban que no era así, y que un embrión no podía ser considerado de ninguna manera un ser humano
Pero lo malo no era que no se ponían de acuerdo. Lo malo era que a fuerza querían imponer su manera de pensar a todos. Todos tenían que ser católicos o pensar como ellos. Y aún había católicos que no estaban de acuerdo. Pero si pensaban diferente estaban mal. A muchas mujeres les fallaba el cálculo, o se les rompía el condón o no funcionaba el DIU. O simplemente no tenían sexo consentido, sino impuesto por sus parejas. Por supuesto la violación dentro del matrimonio no era considerada como tal y los sacerdotes sermoneaban a las mujeres que se atrevían a quejarse diciéndoles “Hija, tu alma le pertenece a Dios y tu cuerpo a tu marido”. ¿Y los hombres? A pesar de ser los causantes de la concepción, no compartían consecuencias, culpas, legrados, pecados ni arrepentimientos. En muchos casos, simplemente desaparecían. Había millones de madres solteras. Muchas no querían serlo, pero sus mismas parientas o amigas las manipulaban: “Es ley de la vida y de Dios”. “Las mujeres nacimos para ser madres” “Los niños son una bendición” “Abortar es un pecado mortal, te vas a condenar…” Bla, bla, bla….
Además, era muy peligroso o caro hacerlo. Las que podían y tenían con qué, se iban al vecino país del norte a practicarse un aborto bien hecho practicado por médicos. Las que no, se arriesgaban con médicos clandestinos o comadronas. Y las que de plano no tenían opciones, se lo practicaban ellas mismas con ganchos o caídas provocadas. Muchas se morían. Muchas quedaban baldadas para el resto de sus vidas. Pero los católicos seguían diciendo que no era cierto. Ni siquiera en las mujeres violadas y embarazadas como consecuencia de ello, aceptaban esa posibilidad. Las mujeres deberían conservar al producto porque ellos así lo ordenaban, pero por supuesto que no se iban a hacer cargo de él. El “ser humano” de ese momento sería muy probablemente el “niño de la calle” del mañana.
Pero en el año 2006 hubo unas elecciones que polarizaron y dividieron al país. Un tercio voto por el partido azul, otro tercio por el partido amarillo y el último tercio no votó. Los azules impusieron a su candidato en la presidencia del país. Pero en la capital, ganaron los amarillos. Siendo mayoría en la Asamblea Legislativa, tenían la oportunidad para airear asuntos pendientes que habían estado congelados. El tema del aborto era uno de ellos. Los amarillos hicieron la propuesta para legalizarlo en noviembre del 2006.
Los meses siguientes, los azules y la Iglesia Católica -cada vez más fortalecida y entrometida, y a pesar de que no debería intervenir en política según las leyes del país- se unieron en una campaña feroz –semejante a la del año anterior electoral- para hacer desistir a los legisladores de su intento. Su postura, fundamentalista y fanática, rayaba en lo absurdo. Protestaban como si el aborto fuera a ser instituido como obligatorio. Total, –opinaban muchos- si pensaban que era crimen de acuerdo a su religión, bastaría con que ellos no lo practicaran y dejaran en paz a los demás; era cuestión de conciencia individual.
Amenazaron con excomuniones, se autonombraron mártires, perseguidos políticos, defensores de la vida y voceros del Señor y de su iglesia. El nuevo Papa, un alemán que había pertenecido a las juventudes hitlerianas, mandó un escrito –como en el siglo XIX- protestando por la ley propuesta. Hicieron marchas ensotanadas, rezaron y lloraron, acusando de asesinos a los legisladores y a todos los que estuvieran de acuerdo con ellos. Decían que estaban a favor de la vida, cerrando ojos y oídos a la información de los servicios de salud, la cual confirmaba que el aborto era la tercera causa de mortalidad femenina en el país.
Así, llegó el 24 de abril del 2007 y se votó la ley. El resultado no sorprendió a nadie, porque ya se esperaba. Incluso los azules –y su intransigente aliada- ya habían trazado un plan para revertir de una u otra manera la ley. Por lo pronto, había sido un triunfo para los amarillos, pero especialmente para las mujeres. Incluso para aquellas que no estaban de acuerdo. Ese era un pequeño gran paso para avanzar en un camino muy empinado, que tenía flechas que anunciaban un lugar y una era con equidad y justicia para todos, especialmente para la mitad más sobajada de la humanidad. Un territorio imaginario, que podía estar en ninguna y en cualquier parte a la vez, todo dependería del tiempo y de las luchas por venir.
Y COLORÍN COLORADO, ESTE CUENTO NO SE HA ACABADO…
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(Patricia Juárez es una escritora mexicana residente en New Haven y colaboradora de
nuestro periódico)

 

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