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Por Carlos Riveros
En mi vida he pasado etapas de soledad absoluta difíciles de creer. Meses enteros sin ver a nadie. Sin hablar con nadie. Y empecé a creer que podía manejar la soledad a placer. Pero hoy me enfrento nuevamente a ella, y lo hago como un desconocido, tratándola de usted.
Hola, Soledad.
Observo a mi alrededor y no veo a nadie. Y me asusto. Esta vez, lejos de hacerme sentir a gusto, esta soledad me lacera el alma. Intento resistir de pie, pero, como la gran luchadora que es, me derriba una y otra vez, y siempre más fácilmente. Ya no soy rival para ella, tampoco soy su aliado.
Acójame entre sus brazos.
Mis viejas armas no las tengo más: la botella de ron se acabó hace mil años; la mano amiga sujeta otras manos; no hay más amor para mí. Inerme como estoy, caigo en cuenta que no puedo luchar más, que es una batalla perdida de antemano. Veo que ya no estoy de pie, y que no tengo fuerzas para pararme de nuevo.
Soledad, soy yo... yo.
Me arrastro, golpeado, magullado, lleno de heridas que no sanarán más. Y la veo a ella, Soledad, frente a mí, con una media sonrisa, extendiendo su mano. Hago esfuerzos por llegar a ella, casi rozo sus dedos... Mis lágrimas no aligeran mi carga... Vuelvo a sentir sus dedos, tan cerca estoy...
Mi alma en sus manos, Señora Soledad.
Y cuando pienso que ya tomó mi mano, que ya acogió al hijo pródigo entre los suyos, veo, con dolor, que da un paso atrás, y vuelve a sonreír, y vuelve a estirar la mano hacia mí, en una nueva invitación que es, en realidad, un nuevo golpe más.
¡Por favor, Soledad, hoy no tengo a nadie! ¡Vuelva a ser mi aliada! |