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OPINION
Los amigos que perdí
(Parte I)
Por Carlos Riveros
josé Iván: Nos conocimos muy pequeños, cuando yo me mudé de casa. Teníamos apenas seis, siete años. Su casa, grande pero vieja, quedaba frente a la mía. Vivía con sus padres, sus abuelos, sus tíos y una prima. Siempre, luego del almuerzo, solía buscarme para jugar a cualquier cosa. Siempre llegaba con juguetes que yo sólo podía ver en la televisión, carísimos, modernos, robots que se transformaban en dinosaurios, autos de carreras a control remoto, una pelota de cuero que yo trataba mejor que él. Éramos inseparables. Recuerdo que la primera revista pornográfica que vi, cuando tenía unos ocho o nueve años, la vi con él, en mi habitación. La revista era (es) de mi padre, y se la pedimos prestada sin consultárselo. Pero estoy seguro que más excitante que ver a esas mujeres desnudas fue el hacer esa travesura juntos, sobre todo por el miedo de que nos pillaran. Luego dejamos la revista en su lugar y salimos a la calle a jugar fútbol, que, estoy seguro, era más divertido, en esa época, que ver a rubias sin ropa en posiciones difíciles de creer. Una vez fue a mi casa con un muñequito de los Thundercats. Era Grunn, el destructor. Uno de los pocos que me faltaban para terminar mi colección. Envidié a José Iván. Y deseé al muñeco con terribles ganas. Se me ocurrió entonces la siniestra idea de apropiarme de él a como diera lugar. Para eso lo invité a jugar al jardín con los pequeños muñecos, sabiendo que podía perderse entre las piedras, en medio del pasto, o, porqué no, detrás de mi zapato. Así sucedió, José Iván no pudo encontrar su muñeco y yo completé ese día mi colección. Tiempo después se mudó. No recuerdo bien ese día. Si me esfuerzo, lo veo con los ojos rojos, tratando de no llorar. Pero no es un recuerdo del que esté seguro. Años más tarde lo vi de casualidad. Estaba más alto, flaco, y en patines, junto a su prima. No pareció verme y yo no me acerqué. No supe qué decirle.
Los Trillizos: Se llamaban Danny, Glenn y Jason. Eran trillizos y los conocí en la primaria. Fue su amistad larga pero no inmediata. Yo era muy tímido y ellos eran los más conocidos del colegio, no sólo por ser trillizos, sino también, y sobre todo, porque jugaban muy bien al fútbol y tenían siempre las mejores notas. No recuerdo de quien me hice amigo primero, pero sí sé, con certeza, que fue con Jason con quien mejor me llevé al final. Era el más callado, medio misterioso, y poseedor de un humor que me hacía reír sin parar. No olvido, sin embargo, la trastada que me hizo un día: a la salida del colegio, camino a casa, vimos una tienda, en la que entró corriendo y yo detrás; ya dentro me dijo que pidiera lo que quisiera, chocolates, caramelos, galletas, y yo, inocente, crédulo, pedía, chupetines, también esos bombones señora, y cuando ya estaba todo sobre el mostrador, la cuenta lista, volteé y vi que no estaba, que me había dejado solo, y sólo atiné a salir corriendo de la tienda, encontrándome a Jason un poco más allá, riéndose feliz. Tiempo después traté, en más de una ocasión, de vengarme de esa tomadura de pelo con la misma moneda, pero siempre mis intentos fueron infructuosos. Glenn, por su parte, tenía una sonrisa sincera, que te invitaba a querer ser su amigo. Era el que tenía más amigos y, sobre todo, lo recuerdo bien, amigas, de los tres. Algo tenía Glenn que atraía al sexo opuesto. Tal vez su candidez. Y a Danny lo recuerdo fuerte, recio. Me sentía seguro al ser su amigo. Sabía pelear y defender a sus amigos. Era, eso sí, el más bajito de los tres, pero eso no lo limitaba en absoluto. La última vez que los vi fue en la escuela, en la ceremonia de cierre de año. No sabía que junto a la primaria terminaban también esas grandes amistades.
Tomás: Lo conocí cuando me cambiaron de escuela. Junto a Coco, Jorge, Los Trillizos, hicimos un grupo inquebrantable. Tomás era moreno, flaco, medio dientón, y siempre estaba dispuesto a reírse. Gran jugador de fútbol, tenía una patada que hacía temer a los arqueros, siendo él mismo un gran arquero, de una elasticidad de gato. Fue con él con quien hice la primera comunión, de blanco los dos, en la iglesia San Antonio de Padua. Veo las fotos y me veo feliz, abrazado a él, sonrientes. Cuando acabamos la primaria, y a diferencia con los demás muchachos, nuestra amistad siguió viva, y me aventuro a decir que hasta más fuerte. Ya éramos jóvenes, terminábamos la secundaria, compartíamos secretos amorosos, y no dejábamos de jugarnos un partido de fútbol de vez en cuando. Hasta que se mudó. Un día fui a buscarlo y me dijeron que ya no vivían ahí, que se habían ido hacía unos días. Sentí pena. Tomás era un gran amigo. Lo he visto unas pocas veces, más por casualidad que por decisión de buscarlo, y lo he invitado a tomar un refresco, nunca una cerveza porque él no toma; hablamos de nosotros, de cómo nos trataba la vida y luego nos despedimos con un apretón de manos. Tal vez lo vuelva a encontrar en otra oportunidad. Ojalá. |