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OPINION
Los amigos que perdí
(Parte II y III)
Por Carlos Riveros
José Luis Carretero: Fue en secundaria cuando lo conocí. Yo había sido matriculado nuevamente en el viejo colegio estatal, a pesar de la huelga terrible que habíamos sufrido el año anterior. Coco y Jorge, mis amigos de primaria, habían sido cambiados a un colegio evangelista, dejándome solo y poco habituado a lo que me parecía un ambiente feroz. Ese año, además, tuve la mala suerte de tener que estudiar en el turno tarde, algo que jamás había hecho hasta entonces. El segundo año, sección C, estaba en el segundo piso, cerca de las escaleras. Recuerdo que cuando entré, ninguna cara conocida, todo oscuro, sentí que las piernas me temblaban. Sin hablar ni levantar la vista, fui hasta la última fila y me senté. Duré poco en ese lugar: al poco rato llegó un muchacho moreno, alto, con pinta de delincuente, que me dijo que ése era su lugar. En ningún momento dudé de su palabra, así que me levanté y me senté entre los primeros asientos, al costado de Otazú, detrás de José Luis. Fue así que nos hicimos amigos, conversando primero, bromeando después, compartiendo respuestas en los exámenes. Ese año se me hizo más llevadero gracias a la amistad de José Luis y a las clases de Literatura del profesor Dueñas, que a la larga me hicieron ver que mi vocación era ser escritor. Los años siguientes, ya acostumbrado al colegio, pasé nuevamente al turno mañana, contando siempre con la amistad de José Luis, incondicional. Ya para esa época compartíamos la misma carpeta y en el recreo subíamos al tercer piso a burlarnos de casi todos los alumnos. No eran burlas dañinas, malintencionadas; eran apenas comentarios que compartíamos, pequeñas bromas que sólo nosotros podíamos entender. En cuarto año me contó que iba a cambiarse de colegio. Debo confesar que al principio no le creí, no lo tomé en serio, pero semana tras semana empezó a contarme los planes que tenía su padre y que él tenía que acatar. Cuando llegó el cierre de ese año escolar no nos despedimos como los grandes amigos que éramos. Creo que ninguno de los dos supo darse cuenta que no nos veríamos más. Aunque, en honor a la verdad, sí nos volvimos a ver. Una vez, él en un bus, yo caminando, nos saludamos levantando las manos, una sonrisa en nuestros labios. La otra ocasión fue cuando, no sé cómo, llegó hasta mi casa, dándome tremenda sorpresa. Estaba más alto, igual de flaco, con un guante de cuero en la mano izquierda. Nos saludamos con cariño y hablamos un buen rato. Al despedirnos le dije que regresara en otra oportunidad, que tal vez podíamos tomarnos unas cervezas. Me miró con cara de asombro y dijo: cómo has cambiado, ¿tú tomando? No he cambiado, José Luis: sigo siendo tu amigo.
Marco: Vivía enamorado de Silvana, su vecina. Lo conocí cuando, con Coco y Tomás, lo retamos a él y a su primo Tato, otro gran amigo, a un partido de fútbol. Ese día ganamos el partido y también sus amistades. Marco era bajito, el cabello ensortijado, la mirada pícara. Tenía uno o dos años menos que nosotros. Era un jugador fino, inteligente, que nadie quería tener de rival. Y como amigo era mejor. Nunca un mal comentario de su parte, nunca una actitud deshonesta. Ese verano jugamos fútbol todas las tardes, se hizo costumbre, siempre los mismos, siempre entre risas. En las noches, luego de bañarnos y de cenar, salíamos a buscarlo para conversar. Él me contaba de todo y yo lo escuchaba feliz, interesando en esas historias a veces divertidas, a veces enrevesadas. Y luego me ponía en aprietos cuando me pedía consejos. Yo respondía lo mejor que podía, y creo que mis consejos en algo lo ayudaban porque siempre regresaba por más. A Marco nunca lo tentamos con una copa de licor, ni cerveza ni pisco, nada, aunque, eso sí, un cigarrito siempre aceptaba. Fumaba bastante, en realidad, mucho más de lo que debía, y siempre a escondidas de sus papás. Un recuerdo imborrable será el último partido que jugamos, él en el equipo contrario, yo fuera de forma. Fue un partido disputado ardorosamente, en el que dimos todo de nosotros para sacarlo adelante, y en el que no faltaron las patadas y los insultos, todo, claro, dentro del partido, porque al final, él victorioso, yo derrotado, un abrazo borró todo malentendido. Tiempo después, cuando él ya no vivía en el edificio rojo adonde íbamos siempre a buscarlo, lo vi bajar del auto en el que estaba con sus padres sólo para saludarnos a Coco y a mí, que andábamos corriendo para mantenernos en forma. Con la sonrisa de siempre, la amistad intacta, nos confundimos en un abrazo que, lamentablemente, no duró para siempre.
Hilda: Menuda, el cabello rizado, las cejas pobladas, la sonrisa estridente que me hacía quererla un poco más, a Hilda la conocí de casualidad. Fue la nuestra una amistad sincera que lamentablemente duró poco. Hilda llegó justo en el momento indicado, cuando más confundido y lleno de odio estaba contra mí. Era una época difícil y vino ella a poner orden en el caos. Solíamos pasar las tardes conversando por teléfono, ella en su trabajo, yo en mi casa, siempre bromeando, contándonos lo que habíamos hecho durante el día. Me hablaba siempre con cariño y no escatimaba consejos cuando más deprimido estaba. Yo solía llamarla de noche, borracho casi siempre, sólo porque sí, y ella, paciente, cariñosa, la voz cálida, me atendía y escuchaba mis delirios alcohólicos con gran interés. Alguna vez la oí llorar porque su enamorado la había tratado mal, y yo, lejos de solidarizarme, me burlé, me reí, no me porté como el amigo que necesitaba, haciendo más terrible su dolor. Luego quise enmendar mi error, pero era tarde, me dijo que lo olvidara, que ya todo había pasado, que me quería igual. Tú eres un angelito en mi vida, me dijo. Debo confesar que me enamoré de ella. Que, cuando ella me hablaba de los chicos con los que salía, cuando me contaba de algún enamorado que tenía, algo parecido a los celos se instalaba dentro de mí. Pero era tan grande mi amistad y el cariño que sentía por ella, que siempre estuve dispuesto a oírla, a aconsejarla sobre cómo actuar con esos amores. Nosotros éramos amigos, grandes amigos, y yo no quise traicionar eso, por eso, tan pura era nuestra amistad, ni siquiera me permitía ciertos pensamientos afiebrados con respecto a ella. Callé mis sentimientos para proteger la amistad que teníamos, aunque, a la larga, también terminé perdiendo eso. Porqué y cómo perdí su amistad no lo sé bien. La vida nos fue distanciando. El trabajo, los horarios, su enamorado, todo en conjunto hizo que nos encontráramos menos, que cambiáramos un poco, que nuestra amistad se enfriara, a tal punto que nuestras conversaciones ya no fueron las mismas de siempre. Algo se había roto. Poco a poco fui entendiendo que ya no podíamos seguir juntos; que incluso mis llamadas parecían incomodarla. Pasaba una semana, un mes completo sin tener noticias de ella, entonces, en un intento de recuperar esa amistad, de salvarla, la llamaba yo, nervioso, sin saber qué decir, y escuchaba su voz fría que me pedía que la llame otro día porque estaba muy cansada por el trabajo o porque su enamorado estaba en casa. Colgaba derrotado. Fue por esas llamadas que me enteré que ya tenía planes de boda, que estaba próxima a ser mamá. Me alegré por ella. Cómo no alegrarme si me entero que es feliz, que encontró a un hombre que la ama y al que ama, y con quien, estoy seguro, formará una bonita familia. Eso fue lo último que supe de ella, no nos volvimos a ver, tampoco a hablar. El tiempo, sin embargo, me ayudó a aclarar mis sentimientos con respecto a ella. Ahora sé que es amistad lo que puedo sentir por Hilda. También un gran cariño. Pero sobre todo agradecimiento por tantos y tan buenos recuerdos. Hoy sólo puedo verla como una gran esposa y mejor madre, siempre sonriente y responsable. Todo lo mejor para ti, Gitana, en donde estés.
Bruce, Martín y Carlos: Los tres fueron amigos que conocí en el instituto donde estudié saliendo de la secundaria. En primer ciclo intenté ser un muchacho amigable, social, popular. Fue terrible. Llegaba a mi casa y sentía ganas de vomitar. No sé bien porqué me esforzaba en ser alguien que en realidad no era, tan confundido estaba. Ya en segundo, las cosas más claras, dormidos mis demonios, decidí ser, al fin, le moleste a quien le moleste, sea mal visto, decidí ser, repito, yo mismo, sin sentirme mal por pasar días completos sin hablar con nadie. Llegaba al instituto, me sentaba al final, hablaba lo mínimo indispensable, y, en la hora del receso, o leía algún libro que llevaba o pergeñaba cuentos que nadie iba a leer. Ya en la tarde salía con mis viejos y buenos amigos de la infancia a hablar de literatura, siempre acompañados de una botella de pisco o de ron. El arte empezaba a cobrar fuerza en mi vida. Así me gustaba ser, estar, ése era yo, no el invento que había creado y que, ingenua y dolorosamente, me esforzaba por mantener con vida. Bruce tenía el cabello largo, por lo que se ganó el apelativo de Servando, el juvenil cantante de salsa; pero, a diferencia del salsero, Bruce era rockero. Era callado y tímido, muy responsable con sus estudios, y me aventuro a decir que algo ingenuo. Martín era bromista, nunca dejaba de hacernos reír con sus ocurrencias. Bajito, abstemio confeso, haragán y adicto a los juegos de video, Martín no dudaba en usar las horas de clases para ir a caminar por Galerías Brasil. Tenía todas las características de alguien que no acabaría la carrera, lo que terminó sucediendo, abandonándola en tercer ciclo, sin avisar ni despedirse. A Carlos Calderón le puse el sobrenombre de “Chavo” por su parecido con el personaje mexicano. Amigo fiel, Carlos y yo compartimos más de una borrachera, viéndolo en un estado lamentable en diversas ocasiones debido a la ingesta indiscriminada de alcohol a la que se sometía y a la que, evidentemente, no estaba acostumbrado. Gracias a esos amigos, a su compañía, a sus bromas, al apoyo que me dieron, pude soportar los dos años y medio que pasé en el instituto. Sólo puedo recordar esa época, lleno de nostalgia y agradecimiento, viéndome reír a su lado, a toda hora, de cualquier cosa. Hace mucho que no los veo ni tengo noticias de ellos. Quiero creer que la vida los trata bien |