|
O P I N I O N
La noche en que mi abuela lloró en mi alcoba
Por Carlos Riveros
Sonaba en mi habitación una canción cuando la vi entrar. Me sorprendí. Es que ella, mi abuela, estaba muerta y era imposible que esté allí,
delante mío. Era imposible y sin embargo estaba sucediendo. De pronto, la noche se llenó de un frío misterioso, esa clase de frío que se siente cuando caminas por un cementerio y te das cuenta que estás solo. Un frío así. Sin decir nada, y caminando muy lentamente, se acercó a la cama donde estaba yo acostado. Vestía un traje azul larguísimo, que arrastraba por el suelo; su mirada, siempre vivaz, era ahora directa, pero había en ella mucho cariño. Miró alrededor, como tratando de recordar épocas pasadas, esbozó una sonrisa y se sentó al borde de la cama. Silencio. Nos miramos. Entonces empezó a hablar:
«Veo que quitaste mis cuadros religiosos. Siempre supe que no te agradaban, que no eras devoto a ellos, a pesar de que te inculqué la doctrina cristiana desde muy niño. La habitación se ve diferente así, más vacía, un poco fría, ¿no lo notas? Recuerdo que la última vez que la vi, de esto ya buen tiempo, había un hermoso florero lleno de las más lindas rosas adornando esa repisa, y un cirio rosado, con una luz mortecina, me iba diciendo que pronto todo acabaría. Y felizmente acabó así, rápido, porque sufría mucho estando enferma, soportando dolores angustiantes, viéndolos a ustedes, mi familia, llevar una carga tan terrible como mi propia enfermedad. A veces, la muerte es un refugio que nos libera y nos acoge. Sin embargo, no dejamos este mundo, y tampoco nos olvidamos de nuestros seres queridos; por eso me duele que tú te hayas olvidado de mí, permitiendo, de esa forma, que sufra una segunda agonía, una agonía aun más terrible que la física. No permitas que muera nuevamente, que muera irremediablemente por el olvido tuyo. Nuestro espíritu se mantiene vivo gracias a que ustedes, los seres que más amamos, nos recuerdan y sueñan con nosotros de manera constante. Ese es el secreto: cuando tú me ves en tus sueños o en tus pensamientos, yo estoy viviendo eso que tú ves. Esto mismo que estás viviendo esta noche, nuestro encuentro, lo está soñando alguien cercano a nosotros, quizá alguno de tus hermanos, o mi hija, tal vez algún amigo de la familia. Es gracias a esa persona que yo puedo estar aquí diciéndote esto. Mañana llegará a ti un comentario sobre un extraño sueño, donde estabas tú y estaba yo, y sabrás que fue mucho más que el sueño de una persona, sabrás que fue mi pequeña visita a este mundo».
Guardó silencio. Vi su rostro fijamente y recordé los mejores momentos que he vivido: mi infancia a su lado, los paseos de la mano, las sonrisas secretas que sólo nosotros entendíamos... «Sí -dijo-, la mujer de esos recuerdos soy yo». Ahora ella estaba llorando, triste. Quise decir algo, no sé bien qué, quizá decirle que perdonara mi olvido, pero calló mi boca con su mano, casi con una caricia. «Cierra los ojos para poder despedirme», dijo. Así lo hice, y sentí un beso cálido en la frente. Cuando abrí los ojos, ella ya no estaba. En mi mano, una lágrima suya resbalaba despacio.
|