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EL PERIÓDICO SEMANAL DIGITAL DE LA VOZ HISPANA DE CONNECTICUT

 
 

O P I N I O N


Para no olvidar

Por Carlos Riveros

¿Qué clase de mundo es éste que puede mandar máquinas a Marte y no hace nada para detener el asesinato de un ser humano?
José Saramago

 

Hay víctimas de todo tipo, para escoger. Violadas, torturadas, descuartizadas a machetazos, ahorcadas, quemadas vivas, desaparecidas... el etcétera es interminable. La violencia terrorista que vivió el Perú desde inicios de la década de los ochenta cobró cerca de setenta mil muertos. Muertos inocentes, como tú o como yo. Porque la mayoría de víctimas de esa lucha armada que iniciaron estos insanos que pretendían reemplazar las instituciones burguesas con un régimen revolucionario campesino comunista, la mayoría, repito, salió precisamente de la clase más pobre, los campesinos y trabajadores del campo. Fue en los pueblos más alejados de la sierra del Perú donde se sufrió de manera más cruenta esta guerra irracional. Lima, la capital, vivía siempre en zozobra debido a los continuos coches-bomba, que generalmente dejaban sin energía eléctrica a la ciudad, aunque a veces, como en la calle Tarata, mataban de un porrazo a familias enteras que descansaban apaciblemente en casa. El atentado a Tarata lo vimos todos, lo lloramos todos. Todos vimos a ese padre desesperado y lleno de sangre gritando el nombre de su hijo, buscándolo entre los escombros. Cualquiera pudo haber sido ese padre afligido; cualquiera, ese hijo desaparecido. En Lima, las fuerzas terroristas acribillaban dirigentes y políticos de manera cobarde. Cobardemente asesinaron a María Elena Moyano, luchadora social y feminista, acribillándola primero y dinamitando su cuerpo después. Pero el Informe Final de la Comisión de la Verdad sacó a la luz la otra realidad de esa guerra que sufrimos. Una realidad terrible que no debemos olvidar. En Lucanamarca, Ayacucho -el departamento más castigado-, un grupo de salvajes asesinó con machetes y cuchillos a 79 habitantes, entre niños, mujeres y ancianos. Existe el relato de una señora ya mayor, que, entre lágrimas, cuenta cómo se llevaron a su esposo y a su hija. Al esposo no lo encontró jamás. A su hija sí, pero muerta, tirada en alguna carretera, ensangrentada y violada. Tenía apenas 14 años. Estos grupos terroristas reclutaban niños con dos fines: para lavarles el cerebro y hacer de ellos asesinos, y para desfogar con ellos sus necesidades sexuales. Una joven relata que fue reclutaba cuando tenía apenas ocho años. Cuatro años más tarde un terrorista la violó reiteradamente. Salió embarazada pero la hicieron abortar. Los altos mandos terroristas tenían dos o tres mujeres a su disposición, casi siempre entre 14 y 16 años, que eran, además, su guardia personal. Cuando se aburrían de ellas, las pasaban a otro miembro terrorista. Terrible también es el relato de una pobre muchacha que fue sacada de su casa y llevada a un campamento terrorista, donde 6 hombres abusaron de ella, uno tras otro, haciendo cola. ¿Terrible? Esperen, hay más: existe un testimonio donde se menciona la violación continua a una anciana de 70 años. «A ella la volvieron loca los terroristas, porque siempre la violaban, le hacían de todo, incluso la amarraron en un poste, y se llevaban sus mejores carneros», relata el testigo. Ese era el proceder de estos criminales. Robaban y mataban en nombre de una libertad e igualdad de clases que, en realidad, no buscaban.
Para leer el Informe Final de la Comisión de la Verdad hay que tener el corazón duro. Se te revuelve el estómago de sólo imaginar esos episodios sangrientos que los sobrevivientes han narrado. Cómo ser insensible al llanto de un hombre que ha visto cómo su esposa moría descuartizada. O al de esa niña que, foto en mano, busca a sus hermanos desaparecidos. ¿Sospechará esa niña que sus hermanos pudieron haber sido torturados y quemados esa noche que una tropa terrorista incursionó en su pueblo? Las masacres eran una forma de infundir terror en la población con el fin de que actúen según sus propósitos. El 7 de marzo de 1990, a un mes de las elecciones generales, un comando terrorista incursionó en el distrito de Iguaín, en la provincia de Huanta, y mutiló las manos de los campesinos, entre ellos niños, con la intención de que no acudan a votar. Y en agosto de 1993 una columna de 200 elementos de Sendero Luminoso atacó ocho campamentos en la provincia de Satipo, en Junín, asesinando a 55 personas, y cortando las orejas a 14 niños. ¡Niños! ¿Esos niños significaban un peligro en su vesánica guerra? ¿Lo eran esos campesinos ancianos, muchos de ellos analfabetos y sin ideas políticas? No, ni ellos ni nadie, pero en una guerra hay un costo político y social, se defendería el inefable Abimael Guzmán, alias Presidente Gonzalo, el líder de Sendero Luminoso que por veinte años tiñó de sangre al Perú. ¿Dónde está ahora este hombre que con sus mesiánicas ideas creyó cambiar al país y sólo logró derramar sangre y lágrimas de inocentes? ¿Sufriendo las mismas torturas que mandó a perpetrar contra sus compatriotas? Muerto debería estar, pero sólo está condenado a cadena perpetua y encarcelado en la prisión de la base naval de la isla San Lorenzo, en el Callao, donde es vecino de Víctor Polay Campos, líder del MRTA, grupo terrorista que saltó a la palestra internacional con la toma de rehenes en la embajada de Japón. Eso no le devolverá el hijo desaparecido a esa madre angustiada que llora cada noche esa pérdida. No hará olvidar el episodio donde fue ultrajada por seis, siete, ocho hombres, entre risas y amenazas, a una muchacha que, producto de esa violación, ahora no puede caminar. No secará las lágrimas de ese niño que fue recogiendo los brazos, las piernas, las cabezas cortadas de sus padres y abuelos para enterrarlos dignamente. En realidad, ya nada podría hacerlo. El Perú quedó herido para siempre. Por eso no debemos olvidar a esas víctimas, las que fallecieron y las sobrevivientes, que claman justicia. No debemos olvidar, porque, como reza el lema de la Comisión de la Verdad, un país que olvida su historia está condenado a repetirla.


 

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