OPINION
Ella, herida
Alicia sueña que baila
entre filos y cuchillas
busca algo suave en la radio
y se traga otra pastilla.
Christina Rosenvinge
Por Carlos Riveros
Ella corrió lo más rápido que pudo, lo juro, asustada, con un grito que no le salía de la garganta. Siguió corriendo con todas sus fuerzas hasta que tropezó con una piedra (¿o sus piernas se enredaron?) y cayó. Ahora estaba a merced de su agresor, quien, borracho, la miraba ávido, tocándose entre las piernas, riendo como una hiena. (Eres un ángel, no merecías esto.) Intuyó lo que iba a pasar. Y fue lo que pasó. Él, siempre riendo, la tomó del brazo e hizo que se levantara; la besó con furia, metió la lengua en su boca y ella sintió que el olor a licor la envolvía. Quiso vomitar. Trató de soltarse y recibió un fuerte golpe. Trató nuevamente y recibió otro. Entendió: pelear sería en vano. Llorosa, vio cómo su vestido era rasgado, cómo se quedó desnuda de pronto y cómo él la tiró al suelo diciendo algo así como que quería olvidar las penas entre sus piernas. (El tiempo pasará y esto sólo será un mal sueño.) Forcejeó, juro que forcejeó, pateó, gritó suéltame, pero él era más fuerte, parecía divertirse con los golpes que ella le daba. Tirada en el suelo, viendo, no muy lejos, una rata hurgando en un basural, suplicó, pidió que por favor no le hiciera nada, y pensó, casi lo leí en sus ojos, que ella no merecía tal castigo. Ya vencida, rendida por el cansancio, los golpes, la humillación, sintió a ese hombre sobre ella, soportó su peso, oyó una respiración entrecortada mientras ella se ahogaba porque una mano trataba de taparle la boca pero era tan grande (¿o su cara tan pequeña?) que le tapaba también la nariz, y sintió –el gritó lo reveló- que el hombre la penetraba con poca delicadeza, entraba y salía de ella, y ella cerró los ojos y lloró, juro que lloró. (Hay heridas que no cicatrizan.) Cuando el hombre dio un suspiro largo y su cabeza cayó rendida sobre ella, emanaba de su boca un hilillo de baba que le produjo unas profundas arcadas. Vomitó. El hombre, sudoroso, se reía al ver caer la sangre por entre los muslos de ella, mientras se arreglaba el pantalón; luego agarró el vestido (lo que quedaba de él) y se lo tiró. Retorcida, con los brazos en el estómago, sintiendo la tibieza de la sangre recorrer sus muslos, Alicia vomitaba y lloraba y se sentía una mierda. Alicia temblaba y odiaba todo y se sentía una mierda. La hiena le susurró algo que no entendió (¿una amenaza?, ¿un insulto?), y luego lo vio alejarse, silbando una melodía que, lo juro, la remontó a sus años de infancia, cuando paseaba tomada de la mano de su papá y se sentía segura junto a él. (Los tiempos cambian, no seremos siempre los mismos.) Pensó en suicidarse ahí mismo. Sintió el golpe de una ráfaga de viento y se puso el vestido como pudo para defenderse de él. Caminó unos pasos y volvió a pisar el lugar donde ella había estado acostada; vio la tierra húmeda por su sangre, una pequeña mancha que ella se encargó de remover con el pie. Levantó los ojos y vio la inmensidad del cielo. Empezaba a llover. (Las lágrimas sólo generan más lágrimas.) Alicia se quedó sentada, rodeada por la oscuridad de la noche, buscando respuesta a la única pregunta que pasaba por su cabeza una y otra vez: ¿Por qué, papá? |