|
Por Carlos Riveros
Feliz cumpleaños, Rodolfo, feliz cumpleaños número treinta y cinco. ¿Treinta y cinco, no, Rodolfo? Cómo pasa el tiempo, hermano, si parece ayer cuando jugábamos fútbol en la playa, ¿te acuerdas?, siempre los domingos en la mañana, y después nos tomábamos unas cervezas e íbamos a buscar al Cojo. ¿Te acuerdas del Cojo, Rodolfo? El Cojo fue quien nos bautizó como “Los Hermanos Testiculini” cuando nos encontró saliendo de un hotel con dos tipas de medio pelo que nos habíamos levantado la noche anterior en la fiesta de no sé quién, y todavía te amenazó el Cojo esa vez, en broma claro, te amenazó con decirle a Nina, tu enamorada de turno, que le estabas sacando la vuelta. Teníamos, qué, veintidós, veintitrés años, no más, bueno, yo al menos, tú eres mayor, pero esa diferencia de edad nunca significó nada para nosotros, nunca, porque siempre parábamos juntos, en las buenas y en las malas pero sobre todo en las peores, ahí nos uníamos más y sacábamos la cosa adelante, como cuando me quedé sin trabajo, así de la noche a la mañana, y te tuviste que hacer cargo tú solo de los gastos de la casa por dos meses, si no más, hasta que conseguí empleo en la misma empresa en la que tú trabajabas, empleo que conseguí obviamente gracias a ti, a ti, mi hermano, por eso siento que te debo mucho, porque yo hasta ahora sigo trabajando en esa empresa y así mantengo a mi esposa y a Natalia y Mónica, mis dos niñas, tus sobrinas, Rodolfo, que te quieren mucho a pesar de que sólo te conocen por foto, no, ni te imaginas cuánto quieren a su tío Rodo, porque así te llaman, tío Rodo, y yo quisiera que te aparezcas un día en la puerta de mi casa para que abraces a esas niñas que te adoran, para que te conozcan por fin, pero... Pero nada, feliz cumpleaños y punto, hermano, porque a eso he venido, a desearte un feliz cumpleaños y a decirte que te quiero mucho. Que no se te olvide, Rodolfo.
Hoy me tomé unas cervezas temprano, a tu nombre, claro, allá en la cevichería de don Mario. Me atendió una chica guapísima, la mar de coqueta, y es que don Mario tiene un ojo que no falla para escoger a sus meseras, un ojo clínico, sino acuérdate de la Charapa, de su lunar junto a la boca, de su bamboleo de caderas, de esas piernazas, hermano. Una noche me dijiste que la ibas a conquistar, que te la querías llevar a la cama, y a la semana siguiente ya estaban saliendo al cine. Pero lo que empezó siendo un juego se transformó en amor, te enamoraste, Rodolfo, y no hacías otra cosa que hablarme de ella todo el día. Yo no lo podía creer, lo confieso, y menos la gente del barrio, que se preguntaba “¿el Testiculini mayor enamorado?”. Imposible de creer, pero así era, porque después de varios meses de salidas se la presentaste a mamá, todo formal, un domingo, me acuerdo, un domingo que me hablaste, a solas, en nuestra vieja habitación, de sentar cabeza y formar una familia, y estabas seguro de que ella era la indicada, quién más sino ella, repetías una y otra vez. Durante mucho tiempo te vi ahorrar dinero, buscar departamentos, muebles, visitar diversas joyerías para comprar el anillo de compromiso más bonito y más caro, y de pronto me dijiste que mañana era el día, mañana le pedirías matrimonio por fin, pero cuando pediste su mano ella se negó, se negó diciendo que estaba saliendo con alguien y que sentía que lo amaba más que a ti y que la perdonaras, mientras tú no podías creer lo que oías. Saliste de ahí y te emborrachaste en algún lugar, solo, mandando todo a la mierda, y a todos, también, porque cuando llegaste a la casa del Cojo, casi a medianoche, nos mandaste soberanamente a la mierda y dijiste algo de meterte un balazo, pero nadie te hizo caso, cosas de borracho, pensamos, y seguimos tomando como si nada hubiese ocurrido.
Feliz cumpleaños, Rodolfo. Me hubiese gustado venir con mi familia, o con la vieja, pero se me ocurrió de pronto, la verdad, es por eso que he venido con las manos vacías, ni siquiera una flor he traído para adornar tu lápida. Qué difícil fue todo después de tu muerte, hermano. Me costó salir de ese pozo, y ni qué decir de mamá, la pobre aún llora sin nada que la consuele, a pesar de los ocho años que han pasado, y a mí se me parte el alma, me destroza verla así, pero, estoy seguro, me quebraría más si no contara, al llegar a casa, con las sonrisas de mis hijas y con todo el apoyo que me brinda mi esposa, a quien adoro, Rodolfo, porque cada vez que veo el lunar junto a su boca siento que la amo como la primera vez que la vi sirviendo nuestra mesa. |