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OPINION
Ojos Rojos
Estar en la sociedad es
un fastidio, pero estar fuera
de ella es una tragedia.
Óscar Wilde
Por Carlos Riveros
El sitio más parecía una morgue. Caras pálidas, viejas momificadas, tipos lívidos, un frío que me hacía sudar. Sí, era un hospital pero parecía una morgue. A pesar de todo, las personas hablaban, reían, parecían divertirse; creo que sólo yo me daba cuenta de que estábamos en un hospital (y guardaba silencio). Todos eran seres que negaban su estado, es decir, guardaban las apariencias con respecto a sus enfermedades (o tal vez no sabían lo mal que estaban realmente). Y yo, el sano, pasaba por enfermo. Escuché varias veces: Y él, ¿qué tiene?
No sé por qué llegué a ese lugar, ni cómo llegué, sólo sé que estaba rodeado por enfermos que me enfermaban. No quería mezclarme con ellos, tenía miedo de que me contagien sus enfermedades. Yo los observaba, los observaba detenidamente, y me daba cuenta que estaban mal; y lo que más me confundía era que a ellos no les importaba, eran felices. Pensé: Yo, estando como ustedes, sería muy pero muy infeliz.
Rato después se me acercó un señor elegantemente vestido. Debe ser el doctor, pensé.
- Y usted, joven, ¿qué tiene? – me preguntó.
- Nada, no sufro de nada.
- ¿Y por qué no baila?
- ¿Bailar? ¿Aquí en el hospital?
- ¡Hospital! Ja, ja, ja... Vamos, joven, no me diga que está tan borracho que no se da cuenta que está en un matrimonio.
Me quedé callado, mirando alrededor mío. Vi lo mismo que había visto antes: muchos enfermos. Y lo peor era que no había tomado un solo vaso de licor.
- Joven, ¿se siente bien? - preguntó el señor elegantemente vestido.
- Señor, présteme su mirada, tengo ojos que no pueden ver.
- No digas cojudeces, hijo.
Era verdad, no veía la realidad (o al menos la realidad que veían los demás). Salí de ahí y busqué un lugar solitario. Necesitaba pensar acerca de lo sucedido y tranquilizarme un poco. Claro, un lugar solitario era imposible encontrar ahí puesto que era un hospi... un matri... lo que fuera. De pronto una mano me cogió del hombro. Era Karina, mi amiga. Me sorprendí.
- ¿Tú qué haces aquí? – le pregunté
- Aburriéndome. Oye, qué gente tan vacía y superficial; fue un error venir, esto está
lleno de snobs. Y tú, ¿dónde te habías metido?
- ¿Yo? Yo ni sé dónde estoy. Explícamelo, por favor.
- Recuerda, pues. La boda es del hijo de mi jefe; ése, ése que está allá. Bueno, nos fuimos a la iglesia y te quedaste dormido en plena ceremonia, luego no te vi más porque yo me fui a saludar a los novios y tú desapareciste sin decirme nada. ¿Nos vamos?, estoy aburridísima y ya es muy tarde.
- Sí, claro.
Pasamos por el salón nuevamente. Ella se despidió, muy cortés y elegante, de todos sus conocidos; yo, en cambio, miraba el suelo para no volver a ver esos rostros fúnebres. Salimos y respiré vida.
Nos paramos frente al auto. Le pedí que manejara porque yo no podía hacerlo.
- Ya– consintió, mientras buscaba las llaves en su cartera-. Sabes qué, no te vayas a reír, pero en un momento pensé que estaba en una morgue. ¡Esa gente está muerta en vida!
-¡Me lo vas a decir a mí!– le respondí, y nos reímos juntos. |