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Por Carlos Riveros
Creo que no creo en ti. Disculpa la franqueza, pero me parece lo más acertado y limpio decírtelo así. No sé bien cuándo dejé de hacerlo, cuándo mi cabeza se llenó de dudas y olvidé rezar por las noche, pero sé que es así. Si hago un ejercicio mental, un rápido paseo por mi memoria, diría que fue en la época en la que empecé a leer libros con una asiduidad asombrosa. Más libros leía, más dudas me embargaban, menos creía en ti. Fue la misma época en la que me metí muy profundamente en el arte, teniendo vínculos de amistad con poetas, músicos, pintores, con los cuales, siempre acompañados por alguna botella de licor, y también, todo hay que decirlo, de algún porrito, mantenía metafísicas conversaciones que sólo conseguían atribularme más. El arte, creo, ocupó tu lugar, e hizo que yo me creyera un pequeño dios. Entiéndeme bien: no un ser creador, todopoderoso. No. Más bien alguien libre de ataduras; alguien que no rige su vida por preceptos ya escritos y malamente establecidos. Quizá fue por eso que decidí dar un paso al costado: porque consideraba tu religión obsoleta y perjudicial para mi desarrollo, sin contar lo dañina que podía ser para mi libertad. Alguien podría decirme, entonces, que lo que falla es la religión y no tú, pero para creer en ti es necesario tener fe, y yo carezco de ella. Tener fe es creer en algo ciegamente, sin cuestionar nada, y eso es algo que ya no puedo hacer. Se arraiga en mí la creencia de que naces de la imaginación humana como medio para frenar los malos instintos del hombre. Ya no era sólo el miedo al castigo corporal –que siempre puede ser burlado- por el daño cometido, sino también el miedo al castigo divino y eterno, el cual no habría forma de eludir, lo que reprimía la maldad en el hombre. Y eso me parece bien. Estoy de acuerdo con la religión como paliativo para el dolor humano; también como herramienta para mejorar y morigerar los sentimientos humanos; pero no cuando se convierte en dogma y establece prohibiciones discutibles.
Como ves, no podría creer en ti. Prefiero ser una oveja negra, pero libre, a una blanca, pero sumisa. Y hablo sólo de mí, ojo, no juzgo a quienes sí pueden (y quieren) rendirte culto sinceramente. Y tal vez hasta los envidie un poco, pues considero necesario tener algo o alguien superior a que aferrarse, un refugio, en los momentos críticos y duros de la vida, siempre que se crea en eso de corazón. Pero sé que decidí no creer en eso, y soy consecuente con ello, por tanto de leve envidia no pasa. La única certeza con respecto a ti es que sé que moriré sin saber si existes o no realmente. Si no existes, habré vivido mi vida como quise. Pero si existes, gracias por haberme dado la vida que quise. |