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Por Carlos Riveros
El asesino de la ilusión
Tomó, con calma, como sólo los más cerebrales asesinos pueden hacerlo, el cuchillo afilado que dormía en la mesa de la cocina. Lo miró despacio, pasando los dedos por el frío metal, y supo lo que iba a hacer.
Subió las escaleras pensando en algo, o en nada, que a veces es lo mismo, pero las subió con los ojos fijos en el suelo, con el cuchillo en la mano derecha -la que mejor manejaba-, y con el deseo creciente de que la noche acabe. Cuando pisó el último escalón, se detuvo. Pensó. Se vio sonriendo y abrazado a ella. Se vio besándola en una noche apacible y llena de estrellas. La vio cocinando esos fideos que tanto le gustaban a él. Escuchó sus gemidos entrecortados al hacer el amor. Luego siguió caminando hacia su dormitorio, donde ella debería estar durmiendo. Abrió la puerta despacio (¿para no despertarla?) y, siempre silente, fue acercándose a la cama. Deseó hacerle cariño una vez más, susurrarle cosas dulces al oído. Pero vio la cama vacía. Como siempre, al llegar del trabajo. Como siempre, siempre. Fue entonces cuando acercó el cuchillo a su corazón, y lo clavó.
Isabel
Isabel escucha a Leucemia desde hace un par de años. Siente una gran admiración por Daniel F. y Kurt Cobain. Recientemente, cuando estuvo en Lima, visitó, maravillada, Galerías Brasil, y yo caí, rendido, en la tentación de comprarle un pin del suicida de Nirvana. Me miró con los ojos iluminados y agradeció el regalo con otro regalo: una sonrisa. Isabel me confesó una vez que sueña con conocer a Daniel F., estrechar su mano, verlo de cerca, y poder decirle lo mucho que le gustan sus canciones. Se nota que es una gran tipo, concluyó esa vez, y no pudo evitar sonrojarse un poco, mientras yo no podía evitar sentir que la amaba un poquito más. La he escuchado hablar, embobado, en más de una ocasión, sobre la música que hace su grupo de rock preferido, sobre canciones que hemos escuchado juntos, y hasta hemos discutido acaloradamente sobre la coprolalia de su cantautor favorito, ella a favor y yo en contra sólo para verla enojada. Es que enojada causa aun más ternura. Isabel nunca se enoja, y si lo hace el enojo no le dura mucho, acaba vencido por esa sonrisa indeleble que lleva en el rostro, como un tatuaje. La he visto llorar por penas que sólo ella conoce, por dolores que el tiempo se encargará de atenuar, por palabras que he dicho yo invadido por el alcohol y que ella ha sabido perdonar. Isabel se siente triste cuando recuerda a su perro Fidel, que murió lenta y penosamente, por eso, cada vez que ve a un cachorro, su corazón se estruja y uno ve en sus ojos el brillo de una lágrima que no quiere salir. Isabel es hincha de Alianza Lima pero prefiere que gane Cristal sólo para no verme enojado. Isabel es mi mamá.
La visita
Abrió la puerta. En la cama, los cuerpos desnudos y enlazados se movían frenéticamente. No dijo nada. Ellos parecieron no sorprenderse. Sus movimientos lascivos no cesaron. En silencio, sacándose el anillo de matrimonio del dedo anular derecho, se acercó al velador, abrió el cajón y lo dejó caer. Apenas un sonido que los amantes no percibieron. Luego se dirigió hacia la puerta y salió, y sólo ahí se dio cuenta de que su matrimonio había terminado en el accidente fatal que le quitó la vida. |