|
Por Carlos Riveros
Yo había ido a dejar a Patricia a su casa. Eran, qué, las dos, dos y media de la madrugada. A esas horas es más que complicado tomar un bus; y como no había dinero para un taxi, no me quedó más remedio que ir caminando a casa. La noche estaba oscura, y las calles, silenciosas. Sólo me acompañaban las cucarachas nocturnas, tan grandes que no en pocas ocasiones he tenido que cambiarme de acera, así de miedoso puedo ser. Me encontraba ya ha medio camino, cruzando un parque en el que hay una Virgen María en el centro (siempre paso por ahí y siempre siento escalofríos), cuando veo, en la otra esquina, a dos muchachos con pinta no precisamente de acólitos de iglesia. Pantalones chorreados, el polo enorme que llega hasta las rodillas, la infaltable gorrita. ¡Y eso que no veo a nadie cuando camino! ¡Y eso que estaban a cien metros de distancia! Pero una cosa es ser distraído al caminar y otra bien diferente es ser un huevón redomado. Vi cuando uno de ellos le pasó la voz al otro, tocándole la espalda. Se me quedaron mirando pero no dejaron de caminar. Yo tampoco. Crucé el parque y aceleré el paso. Estaba a dos cuadras de la avenida y pensé que ahí estaría más seguro. De rato en rato volteaba, imaginando que me seguían. Pero no, atrás no había nadie, sólo casas con luces apagadas, casas que encerraban sus propios secretos. Cuando al fin llegué a la avenida, maté a una cucaracha. No fue a propósito. Bajé de la acera y el primer paso que di en la pista coincidió con el camino de mi víctima. Quedó aplastada, y yo, nervioso. Así me quedo si veo a uno de esos monstruos. Pero seguí mi camino, aferrado al deseo de llegar a casa y robarle unas horas al reloj para poder leer el libro que aguarda al pie de mi cama. Sin remordimiento alguno continué con mi caminata; y ya había caminando dos o tres cuadras cuando veo, doblando la esquina, caminando hacia mí, a los dos muchachos que se me quedaron mirando. No me habían seguido detrás, pero, conociendo bien la zona, habían imaginado mi recorrido y calculado mi interceptación. En un primer momento pensé en cruzar para la acera de enfrente, si lo hago por una cucaracha gigante no me lo reprocharía el hacerlo por dos ladronzuelos, o pandilleros, o fumones. También pasó por mi cabeza el desandar lo ya andado, echándome a correr, pero, bien visto, estoy seguro que a media cuadra me alcanzaban, uno no tiene ya el físico de hace cinco años atrás. La tercera opción era seguir caminando y ver qué pasaba. (Era obvio qué iba a pasar: como no tenía nada digno de ser robado era candidato fijo a una buena golpiza.) Esta opción es para los valientes. O para los tontos. Y yo opté por ésta no porque sea valiente, tampoco por tonto, que, aunque lo soy, no llego a tal extremo. Simplemente no tenía más alternativas, ya estaba metido hasta el cuello en la situación y tenía que afrontarla. Casi media cuadra nos separaba, y vi cuando uno de ellos se llevaba la mano al bolsillo para sacar ¿un cuchillo?, ¿una pistola? Yo, por el contrario, saqué ambas manos de los bolsillos, dispuesto a repartir también algunos golpes. Cuando estábamos a tan sólo unos cuantos pasos de distancia noté que aminoraron la velocidad de sus pasos, bajaron la cabeza, uno se hizo para un lado, como quien deja pasar a alguien, y escucho, sin entender nada, que el otro dice Buenas noches, madre. Pasé por en medio de los dos totalmente desconcertado, pero, no lo niego, aliviado también. Las piernas me temblaban pero casi me eché a correr. Pensé que volverían, que me atacarían por la espalda, pero no volteé. Llegué a casa sudando. Abrí la puerta como pude y sólo adentro me tranquilicé. Saludé a mi perro y apagué todas las luces. Quería dormir. Sólo dormir. Luego de lavarme en el baño entré a mi habitación con la idea de acostarme. Encendí la luz. En mi cama encontré una nota.
Decía: Te acompaño siempre.
R.
_____________________________
Otro día les cuento quién es R.
|