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Por Carlos Riveros
Por ahí hay alguien que mueve muy mal los hilos
cómo es posible que me hayan bendecido… contigo
Daniel F.
Una noche la vi llegar, acompañada de un amigo. Caminaba resuelta, el cabello al viento y con un largo saco negro. Yo, nervioso como estaba, me disfracé de persona, no me quedaba otra. Se despidió de su amigo y vino de frente hacia mí. Nos saludamos. Hablamos de cuatro cosas (me habló, en realidad) y el hielo se rompió. Ya éramos amigos, ya me sentía a gusto a su lado. Hay personas así, que tienen ese don, que hacen que te sientas bien aunque tú te sientas siempre mal. Y luego fuimos a comer.
Así empezó todo.
Luego pasamos a ser amigos muy cercanos, de esos que necesitan llamarse sólo para escucharse la voz. Nos veíamos poco, sobre todo por mí, que era –y sigo siendo- reacio a salir a la calle. Pero la amistad tiene la fuerza de cambiar muchas cosas, por eso en no pocas ocasiones fuimos al cine, o a cenar, o simplemente a conversar en algún parque tranquilo. Fuimos conociendo más del otro en esas salidas. Teníamos muchas similitudes, aunque no eran extrañas las diferencias. En música, por ejemplo. Yo puedo estar feliz escuchando canciones en español, ese rock de los ochenta, mientras ella lo prefiere en inglés, y muere por el Moz o por Lenny. Sin embargo esas diferencias nos permitieron conocer ese otro mundo que nunca habíamos pisado. Porque, acompañados uno del otro, nos aventuramos a recorrer esos caminos desconocidos, descubriendo, así, que también podían gustarnos.
Mi lado más oscuro hacía que me escondiera, que huyera, en parte por mí, en parte por no dañar a nadie. Eran épocas en las que necesitaba estar solo. Y mientras duraban esas guerras internas hacía que perdiera mi rastro por meses. Por meses. Luego yo volvía, a veces vencedor, casi siempre derrotado, y me paraba frente a ella, buscando el refugio del luchador. Y siempre, siempre, la hallé; siempre esperó, paciente, mi regreso. Entonces nos confundíamos en un abrazo, algunas lágrimas asomaban, otras se escondían, y tratábamos de recuperar todos los momentos perdidos con nuevas risas y nuevos abrazos, comprendiendo que el tiempo, en realidad, no era obstáculo para nosotros.
El tiempo, en realidad, se encargó de hacer de nuestra amistad un vínculo mucho más fuerte. Y ahora ella es mía. Yo ya no me pierdo en mis laberintos, ya no libro esas batallas que me dejaban herido mortalmente, que me convertían en un hombre lleno de temores. Ya no encierro mi dolor en una botella. No busco caricias baratas en noches más baratas aun. He dejado el pasado en el pasado.
Por eso sólo le puedo decir gracias.
Gracias.
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