YOUR WEEKLY SPANISH NEWSPAPER Contactenos
PORTADA
 
EL PERIÓDICO SEMANAL DIGITAL DE LA VOZ HISPANA DE CONNECTICUT

 
 

OPINION


El profesor corrupto

Por Carlos Riveros

El año ´98 llegaba a su fin y con él las clases en el instituto Cepea. El ciclo lo había pasado entre borracheras con los amigos y borracheras solo y, por supuesto, peligraba mi pase al siguiente nivel. Tenía reprobado, de manera segura, Matemáticas II y Estadística II, y, salvo un milagro, también Evaluación de Proyectos y Psicología, cursos estos que dictaba el infame profesor Guivovich, un maestro con el que había tenido más de un serísimo problema desde mi llegada al instituto debido, sobre todo, a su tan extrovertida personalidad. Desde el primer día de clases, en que nos sacó al frente, uno por uno, a todos los alumnos para hablar sobre sus gustos y aficiones, y luego hacernos saludar, pupitre por pupitre, a todos, supe que tendría problemas con ese profesor y sus cursos, y hablo en plural porque, para mi mala suerte, era el único profesor que dictaba dos materias en todo el instituto. El profesor tenía fama de loco y muchas veces sus acciones corroboraron ese rumor. Solía mandar a hacer abdominales o ranas o, peor aún, a cantar o declamar alguna poesía a los tardones, por eso yo preferí, muchas veces, no entrar en sus horas de clase. No me hacía problemas y creo que ese desinterés de mi parte fue lo que hizo que me tomara tirria. Y cuando llegué tarde y decidí entrar no cedí a sus exigencias y castigos. Si quería oírme cantar, yo gustoso aceptaba una invitación a un karaoke, cervezas de por medio, pero ahí, en el salón, no iba a hacerlo, y mucho menos ponerme a hacer ejercicios a vista de todos. Y senté precedente, porque a partir de ahí casi nadie volvió a dar un espectáculo sonoro o aeróbico, salvo, claro, uno que otro tontuelo temeroso de ser expulsado del salón. Pero no sólo estos castigos hablan de su inefable personalidad, también, y sobre todo, sus arrebatos egocentristas, como cuando se le ocurrió preguntar, al azar, a varios alumnos qué pensaban de él, y cuando uno le dijo que no estaba de acuerdo con su método de enseñanza, cuando mi compañero le dijo que no le gustaba su forma de ser, a veces tan cerrada y obtusa, el profesor se exaltó, lo tildó de malcriado y grosero, y terminó echándolo del salón, generando miedo y desconcierto entre nosotros. Así era (y debe seguir siendo) el profesor Guivovich, ese hombre alto y delgado, desgarbado, de cabello blanco y voz fuerte que alguna vez fui mi maestro.
Como yo tenía ya confirmados dos cursos reprobados, debía andarme con cuidado porque con cuatro repetías el ciclo. O sea que tenía que salvar al menos uno de los cursos que dictaba Guivovich. Tenía que ser Psicología, porque Evaluación de Proyectos era insalvable: casi nunca había entrado a clase, no había hecho ninguna exposición, no presenté mi cuaderno al día, y sólo en el examen final había obtenido una nota aprobatoria, pero, aunque la prueba tenía mucho peso, era imposible aprobar sólo con ella. Mi amigo Martín también estaba en parecida situación que la mía, con el agravante de que él tenía más de seis cursos en peligro. Desesperados los dos, nos sentamos a pensar en qué hacer. Poco había por hacer, en honor a la verdad, ya que todo el semestre lo habíamos pasado vagando y sólo estábamos cosechando lo sembrado. Y cuando todo parecía consumado, cuando, ya derrotados, nos disponíamos a irnos a nuestras respectivas casas, Martín, en un momento de inspiración, se irguió, casi se iluminó, y dijo que hablaría con Guivovich, que le pediría un examen subsanatorio, y, de ser preciso, le daría dinero para que lo apruebe. Conociendo a Martín, mi primera reacción fue la de no creerle, pero, viéndolo tan convencido y decidido, no me quedó otra que secundarlo y seguirlo, a lo mejor yo también podía sacar algún provecho de esa conversación. Guivovich estaba en clase y lo tuvimos que esperar no poco tiempo afuera, haciendo bromas y riéndonos de todo, porque con Martín siempre era así. Cuando al fin salió, vi a mi amigo dudar, limpiarse el sudor de las manos en el pantalón, dar un paso y retroceder. Supe que no lo haría. Sin embargo, Guivovich, conocedor de nuestros problemas, se acercó y nos preguntó si queríamos algo. Sí, un quince en la boleta de notas, pensé. Recién ahí Martín comenzó a hablar.

- Queríamos pedirle una oportunidad para aprobar sus cursos.
- Pero eso es difícil, hoy en la noche tengo que pasar los promedios.
- Una prueba más, profe, por favor – rogó Martín.
- No, es imposible – se cerró el profesor
- ¿Y no hay alguna forma en que pueda ayudarnos?
- Pero para qué, muchachos. Ustedes están perdiendo su tiempo acá y están haciendo gastar dinero a sus padres. Dedíquense a otra cosa. Tú, Riveros, retírate de una buena vez, no te veo futuro.
- Sólo queremos que nos ayude, profesor; todo se puede arreglar, ¿verdad? – dijo Martín.
- Bueno claro, claro... Miren, les tomaré una prueba, rapidito nomás, y luego me acompañan al Centro porque tengo que comprar unas cosas.
La prueba fue mero trámite. Nos preguntó cosas sencillísimas y respondimos sin problemas, sobre todo Martín, quien me confesó que se había pasado la noche estudiando. Las corrigió delante de nosotros y, para mi sorpresa, a pesar de haber respondido todo, nos puso apenas doce. Luego lo acompañamos al Centro de Lima, a comprar unos videos pedagógicos, o al menos eso dijo. Nos hizo caminar por calles desconocidas, nos metió en tiendas de dudosa seguridad, y, cuando ya estábamos cansados, cuando el hambre se hacía sentir, nos paró y nos dijo que mejor le diésemos el dinero y que él se encargaría de comprar los videos porque hasta el momento no los había encontrado en ninguna tienda y no quería hacernos caminar más.
- ¿Y cuánto cuestan esos videos, profe? – preguntó Martín.
- Quince soles nomás.
- Tome treinta – dijo Martín, sacando los billetes y entregándoselos.
- Yo lo ayudaré con uno – dije yo -, tengo un billete de veinte.
- Uy, y ahora dónde cambiamos, mejor me quedo con todo – bromeó Guivovich -. A ver, déjame ver si tengo por acá... Sí, sí, toma – dijo, y me entregó una moneda que, mala costumbre la mía, no revisé.
Luego se despidió rápidamente dándonos la mano y aconsejándonos que seamos cuidados porque la zona era peligrosa. Martín también se despidió y, ya solo, decidí irme en taxi. Todo el camino me la pasé recordando lo acontecido, lamentando haber tenido que pagarle a un profesor para que me apruebe, lamentando haberme dado cuenta que el precio de Guivovich era sólo quince soles. Pero estaba aprobado y era una preocupación menos. Para mi sorpresa, cuando bajaba del taxi luego de pagar con la moneda que me había dado el profesor, el taxista me dijo que no intente timarlo, que la moneda era falsa. La miré y comprobé lo que me decía: Guivovich me había dado una moneda antigua de cinco euros. Sonriendo y disculpándome, le pagué con un billete al conductor, quien, muy paternalmente, me dijo que siempre vea las monedas que recibo. Mientras caminaba los veinte metros que me separaban de mi casa, no pude evitar reírme por mi equivocación sobre el valor de un profesor como Guivovich. No valía sólo quince soles. Valía veinte.


 

LA VOZ HISPANA DE CONNECTICUT
Your Weekly Hispanic Newspaper
_______________________________________
Prohibida su reproducción total o parcial, sin autorización escrita de su titular.
Reproduction in whole or in part, without written permission, is prohibited.
USA - CONNECTICUT