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Por Carlos Riveros
Llego tarde al salón de clases. Entro sin tocar. Saludo con un buenos días para todos y para nadie. Me siento en la última carpeta. Mi amigo me habla. Le contesto sin palabras. Dejo el libro que estoy leyendo (El obsceno pájaro de la noche) a un lado y abro mi cuaderno. Escribo un par de frases sin sentido. El profesor dicta unas fórmulas y no le tomo atención. Pienso en la botella de pisco que voy a tomar en la tarde. Alguien hace una broma y todos se ríen. Una chica se levanta y pide permiso para ir al baño. El profesor la mira con deseo. La chica sale y uno que otro alumno voltea a mirarle el poto. El profesor continúa con su clases. Escucho lo que dice. No lo comprendo. Rápidamente me aburro y comienzo a garabatear la carpeta. Una chica, a la distancia, me amonesta por malograr la infraestructura del instituto. La mando a la mierda mentalmente y continúo pintarrajeando la madera. Mi amigo me pide una hoja. Al rato me pide un lapicero. Luego me pide dos soles. La chica que se fue al baño regresa con las manos mojadas. Le miro el poto. El profesor anuncia examen para la siguiente hora. Todos reclaman. Mi amigo y yo alistamos los apuntes para copiar. El examen comienza. Todo es silencio. Veo a Roberto, uno de los más guapos del salón, queriendo copiar de la hoja de la chica que me amonestó por pintar mi carpeta. Ella no lo deja. El profesor se pasea por el salón. Pilla a alguien copiando del cuaderno. Felizmente, no soy yo. Lo saca del salón. Yo respondo varias preguntas y acabo el examen. Creo que soy el primero en terminar pero me da vergüenza dárselo al profesor. Espero que otros terminen. Mientras tanto pienso en nada. Veo la pizarra verde y me acuerdo del parque en el que el día anterior perdí un partido de fútbol importante. Me recrimino haber fallado el gol de la victoria. Comienzan a entregar los exámenes. Cuando el profesor pasa por mi costado se lo entrego. Me mira, tal vez sorprendido de que haya respondido tantas preguntas. Sé que saldré aprobado. Catorce o quince de nota. Me conformo con un doce. Suena el timbre. Acabó esta clase y no pienso ingresar a la siguiente. Trato de escabullirme antes de que el nuevo profesor me vea pero una chica me saluda y me invita para ir a una discoteca con un grupo de chicos del salón y tomarnos unas cervezas y bailar, todo después de clase. Pienso: Con las justas aguanto verlos en la mañana. Pienso: Paso, corazón, no pienso ir a tu discoteca a llenarme de humo y fingir ser un chico alegre/amiguero/divertido. Digo: No puedo, tengo que trabajar, y me siento un canalla conmigo mismo por tener que poner excusas y no tener los huevos de decir simplemente que no me gustan las discotecas. El profesor me ve y pregunta adónde voy. Al baño, miento. Aunque sabe que no voy a regresar me pide que no me demore. Subo al último piso. Me paro en el balcón y veo el cielo gris de Lima. Me provoca un roncito. Cuando alguien me dice que debería estar en clase y no ahí, en el balcón, que, por lo demás, está prohibido, yo, haciendo una mueca de desagrado, agarro mis cuadernos y me voy. Busco un salón desocupado. Lo encuentro y entro. Me siento (solo). Abro mi cuaderno y, en la última hoja, comienzo a escribir un cuento que sé que no acabaré. Pasan las horas. No las siento pasar. Suena el timbre nuevamente. Queda una hora antes de la salida. Regreso al salón y el profesor al que le mentí me ve. No me importa. Entra el auxiliar y dice que el siguiente profesor no podrá venir porque cayó enfermo, que tenemos hora libre. Todos se alegran, no sé si porque el profesor cayó enfermo o por tener hora libre. El auxiliar dice que podemos conversar en voz baja pero no salir del aula. Maldigo mi suerte: debí quedarme en el salón desocupado. Comienza un pequeño barullo. Todos conversan. Yo abro el libro del maestro Donoso que me atrapó desde la primera línea. No hablo con nadie. |