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Al Gore parece ser el nuevo líder del «mundo consciente» o el mundo alternativo a su propio país, los Estados Unidos. Así, los 90 países reunidos en Bali, Indonesia llegaron a un acuerdo en el que han dejado «un buen espacio abierto» para que el futuro presidente norteamericano, que todo el mundo espera (excepto los Republicanos) sea un Demócrata, pueda integrar a Estados Unidos en lo que debería ser un formidable movimiento tendente a reducir el calentamiento global. De hecho, lo principal del acuerdo es una «hoja de ruta» a ser revisada en el 2009, precisamente cuando se inaugura el próximo presidente norteamericano.
Es que la gran potencia consume, ella solita, el 25% del petróleo que se produce en el mundo, de donde su aplastante responsabilidad en el creciente calentamiento del planeta. Pero aunque los Estados Unidos tienen tan alta cuota, no menos cierto es que China y la India no pueden seguirse amparando bajo la etiqueta de países en desarrollo, para seguir contaminando impunemente. En ese sentido, los norteamericanos no dejan de tener razón cuando dicen, «OK, nosotros contaminamos, pero no somos los únicos».
Pero claro, mientras los norteamericanos sigan manteniendo «tienda aparte» (ahora hasta Australia se les fue) y negándose a aceptar los acuerdos moralmente compulsivos tipo Tokio, ni los chinos, ni los indios (tampoco los brasileños), se sentirán obligados a dar todo lo que pueden en términos de protección del ambiente.
Europa tiene una posición bien aceitada en ese orden, no importa que se emitan dudas sobre su sinceridad. En efecto, los europeos, que hace tiempo apostaron a la ecología, han desarrollado importantes mecanismos industriales que toman en cuenta el ambiente, de manera que el interés europeo en que se fijen metas y se impongan plazos conminatorios tiene su explicación en ventajas económicas. Pero la verdad es que si se puede hacer dinero protegiendo el planeta, entonces ese oficio (el de hacerse rico) pierde bastante de la mala reputación secular que tiene en algunos estamentos del mundo, incluida la también rica Europa.
Europa, por lo demás, acaba de dotarse de un nuevo tratado que sustituye la rechazada constitución que franceses y holandeses echaron a pique hace un par de años. A eso se llama «buscarle la vuelta» a los problemas. Naturalmente, para los «europeistas» de vocación, era importante aprovechar ciertos cambios de gobierno en el consorcio.
Cuando los británicos se deshicieron de un embarazosamente pronorteamericano Tony Blair, trayendo en su lugar a un menos carismático jefe de gobierno, eso abrió las puertas a decisiones propiamente europeas. Aunque los ingleses son decididamente los mejores aliados que tienen los norteamericanos, la corriente no pasa tanto entre Gordon Brown (el inglés) y Bush, como para que el norteamericano tenga el poder de veto y decisión que tenia cuando Blair. Es precisamente esa nueva dinámica lo que da fuerza a los europeos para imponer condiciones. Lo de Bali fue posible precisamente gracias a esa nueva fuerza europea.
Donde todavía «no dan pie con bola» ni europeos ni norteamericanos es el problema de Serbia y el Kosovo, cuya declaración de independencia es inminente. Como no hay otra solución a la vista, se impondrá la pragmática salida de apoyar la independencia de la provincia y a Serbia se le pagará dándole ingreso adelantado en la Unión Europea. A lo mejor les funcione, si es que los rusos, que acarician siempre el sueño de volver a ser considerados una gran potencia, como hasta hace tan poco fueron. El problema es que la Unión Soviética, fue efectivamente una potencia militar/espacial, pero todavía Rusia no logra igualar a sus pares europeos en lo que al índice de desarrollo humano se refiere. Bajo Putin (como presidente o como futuro primer ministro), Rusia avanza en esa dirección, pero todavía es menester que las mafias sigan teniendo un papel tan importante en los mecanismos de desarrollo de ese país tan grande.
La victoria de Nicolás Sarkozy en Francia fue la de un candidato de la derecha. Pero ¿en que consistirá ser de derechas en nuestros días sin bloques ni referencias fijas? Blair era de «izquierda» y se convirtió en el principal aliado de las aventuras militaristas norteamericanas, ganándose de paso el mote de «perrito faldero» de Bush (poco le ayuda que la Casa Blanca esté utilizando su imagen, junto a la del perro presidencial, Barney, para ilustrar las tarjetas de Navidad de Bush y su familia). Sarkozy, el sorprendente presidente francés, no contribuye mucho en ayudar a responder esa pregunta. Ni siquiera lo consigue la alemana Ángela Merkel, aunque por su origen pudiera estar más marcada en términos ideológicos. De hecho lo que son es europeos; no tienen porqué ser enemigos de nadie en particular, pero por supuesto, como siempre, serán más amigos de los Estados Unidos, (por razones históricas) que de Rusia (por razones territoriales y también históricas).
Y una vez superados los obstáculos ideológicos que en cierto período les dividieron, Sarkozy y Merkel se destapan proponiendo al socialista español Felipe González para dirigir un «Consejo de sabios» europeos.
Naturalmente, es el reconocimiento a uno de los principales artífices de la nueva y democrática Europa, y al mismo tiempo un recordatorio de que efectivamente el «viejo continente» superó sus divisiones de antaño. Pero Sarkozy no se detiene ahí y seguirá sorprendiendo a propios y extraños. Es el pragmatismo político de nuevo tipo, que le lleva a invitar a París a Kaddafy, para pagarle el favor de haber liberado a las enfermeras búlgaras que el dirigente libio mantenía secuestradas desde hace años. O de entenderse mejor con Hugo Chávez que con su supuestamente aliado ideológico, el colombiano Uribe.
Sarkozy cree en resultados y en el caso de los secuestrados colombianos, el sentido común hace rato le indicó que la solución, aún sea parcial, descansa más en Chávez que en Uribe. |