Respaldos a Obama confirman dureza de competencia
El respaldo público dado por el clan Kennedy a las aspiraciones del senador Barak Obama constituye un importante aldabonazo a sus aspiraciones presidenciales. No es que eso decida el curso de las próximas primarias, pero tiene su valor. Y característicamente quizás más importante es lo que dijo Carolina, la hija de John Kennedy que lo dicho por el senador Ted Kennedy. Es que la primera sí tiene una relación directa con lo nuevo, porque ella nunca ha sido candidata a nada (solo a vivir paz y que la dejen en paz) y se ha mantenido discretamente al margen del teje-maneje político.
Cuando ella habla, lo hace la Norteamérica un poco hastiada de Washington y sus hábitos políticos, y deseosa de ver algo realmente diferente. Lo de su tío, con todo y su influencia, es un poco “más de lo mismo”, de manera que quizás no necesariamente le aporte dividendos tan considerables como los de Carolina, quien llegó tan lejos como comparar a Obama con su padre.
Aunque Edward Kennedy es un “hacedor de reyes”, si partimos de que el fenómeno Obama está violentando las reglas del juego, entonces no puede contar tanto su respaldo como lo habría sido si apoya, por ejemplo a Hillary o John Edwards. Naturalmente, la emotiva declaración de Carolina Kennedy es ciertamente una declaración imprudente, porque al final del camino Obama es tan político como sus competidores, pero al menos se corresponde con lo que piensan los nuevos norteamericanos, que dicen ¡basta ya de politiqueros expertos! ¡Que nos traigan ya a alguien con ideas frescas! quien a lo mejor hasta tiene los recursos (dígase la voluntad y el coraje) para implementarlas.
Es también un poco con lo que ocurre con muchos afroamericanos. Al principio se mostraron renuentes a Obama, porque no le consideran suficientemente negro y porque tienen una relación afectiva muy fuerte con los Clinton. Pero al ver su empuje, han terminado por entusiasmarse con la idea de que efectivamente un negro puede ser el próximo presidente de Estados Unidos. Ha habido precedentes, por supuesto, de otros afroamericanos con grandes potencialidades para convertirse en presidente. El caso más notable quizás fue el de Colin Powell (quien sin duda debe estar apoyando a Obama, una vez terminado su largamente inexplicable compromiso con la familia Bush), pero se dice que su esposa se opuso tajantemente a la idea de Colin candidato con altísimas posibilidades, porque temía ser viuda a destiempo. Powell no era el favorito tampoco de los afroamericanos por su vínculo tan fuerte con los Republicanos y con la familia del no muy querido actual presidente Bush. Pero se puede asegurar que de haberse lanzado habría tenido quizás un impulso de simpatía tan fuerte como el que tiene ahora Obama y la comunidad afroamericana habría también terminado por apoyarle.
Con Obama, naturalmente se trata de otra cosa. Es un joven bien educado, que ha pasado toda su vida tratando de ayudar a los negros pobres de Chicago, pero para hacerlo entendió desde temprano que tenía que meterse bien en las instituciones controladas desde siempre por los blancos, respetar las reglas de juego, no convertirse en un Al Sharpton, el pastor negro de Nueva York que aprovecha la menor ocasión para buscar pleitos, ni tampoco en un Charles Rangel, el diputado de Harlem, considerado por muchos como demasiado metido dentro del clan de los Clinton. Obama ha sabido mantener un sabio equilibro entre ambas tentaciones probablemente porque desde hace tiempo se fijó como meta ser presidente de los Estados Unidos, no el primer negro que lo hace, sino simplemente, presidente y punto.
A la altura en que están las cosas, cualquiera de estos dos gigantes, Hillary u Obama puede llevarse, al menos, la candidatura a la presidencia de los Estados Unidos. Ha tenido la virtud el partido Demócrata, de abrir el novedoso espacio para que una mujer y un negro fueran sus opciones. Algo que desentona considerablemente con un partido Republicano que sólo pudo encontrar hombres y todos bien conservadores, como si en el país no hubiese pasado nada desde que en el 2004 el menor de los Bush lograra reelegirse cómodamente frente a un grisáceo John Kerry.
Aparentemente para ese partido las cosas siguen iguales y el mismo impulso que le dio la victoria a Bush, debe servir para dársela de nuevo a otro candidato Republicano. Por eso, quizás, es que el sentido común popular se está inclinando hacia el menos “bushista” de los candidatos, al que parece tener los pies mejor situados sobre la tierra, John McCain que en fin de cuentas es el más aceptable de todos, incluso para un Demócrata promedio, como el senador Lieberman (aunque ya no es Demócrata), que le apoya de manera entusiasta.
Y en definitiva ese es el quid del asunto; no basta para Obama o Hillary finalmente quedarse con la candidatura Demócrata; faltará enfrentarse al Republicano, que si es McCain puede ser un hueso “duro de roer”. Dicho esto, hay que admitir que si las elecciones de noviembre se fueran a decidir sobre la base de quien tiene el mejor equipo, Hillary es la que llevaría la ventaja frente a Obama. Si es sobre la base de ese enorme impulso popular que despierta el senador de Chicago, entonces él sería la mejor carta. Pero faltará por ver si al final todo ese entusiasmo en torno a Hillary y a Obama, se traduce en votos efectivos para que los Demócratas se lleven el banderín. Por el momento, lo más sabio es no descuidarse ni pensar que necesariamente un Demócrata será el próximo o la próxima Presidente de los Estados Unidos.
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