Estados Unidos no quiere que le aíslen
En la exitosa Cumbre de Río celebrada en la capital dominicana recientemente, se lograron dos conquistas importantes: 1) que Colombia, Ecuador y Venezuela enterraran el “hacha de guerra” que durante los días previos habían estado esgrimiendo, con tal determinación que se temió realmente la posibilidad de un conflicto militar multinacional en una región donde ese tipo de ocurrencias no son comunes; 2) que Nicaragua comprometiera públicamente a Colombia a buscar vías de entendimiento más acelerado en el diferendo que tienen ambos países en torno a una extensa porción marítima. Entretanto ya acordaron que unidades de ambos países patrullen en el mar Caribe, a la caza de narcotraficantes.
Una vez descargadas las tensiones generadas por la amenaza de ese conflicto, es preciso destacar que un foro, como el del Grupo de Río, que hasta la reunión de Santo Domingo se consideraba moribundo, toma particular importancia porque es el que permite que la mayoría de nuestros países se encuentren “en familia”, sin la presencia de Estados Unidos. Esa razón, de alta subjetividad facilitó el feliz desenlace promovido por el Presidente dominicano Leonel Fernández.
Así, la OEA pierde parte de su importancia y crece un grupo que en su origen era sudamericano, pero que amplía su base, particularmente por el ingreso reciente en su seno, de otros dos países del Caribe, Haití y Guyana. Esa puede ser la nueva variable y es preciso destacar que a partir de ahora el Grupo de Río tendrá dos momentos ejemplares en su historia: el de su fundación en la capital brasileña y el de su renacer en Santo Domingo, la denominada “capital de la paz”.
Pero más importante para esta agrupación; el presidente ecuatoriano, Rafael Correa opinó que era el momento que la región dispusiera de un instrumento de concertación donde no estuvieran los Estados Unidos. La idea ha sido acogida con interés por varios gobiernos, pero necesitará tiempo para hacerse su camino. Y surge la propuesta, porque resultó ilustrativo que esta crisis, que se produce en un área de influencia norteamericana, encontrara una solución provisoria en un marco estrictamente latinoamericano.
El hecho es que existe la percepción, fundamentada o no, de que Estados Unidos estaba interesado en que el conflicto que involucraba a Venezuela (por voluntad venezolana), pasara a mayores, en un enfrentamiento fratricida entre una Colombia que tiene el segundo ejército de la región y uno de los más aguerridos (sus militares no son solamente de academia pues están en guerra interna desde hace más de medio siglo) Venezuela con su poderosa aviación y quien sabe si hasta Ecuador, que hace las veces de “hermano menor” de los dos colosos militares sudamericanos.
Como en toda suposición, lo primero a establecer es a quién beneficia una acción determinada. Es de dudar que Estados Unidos, que actualmente parece estar considerando con cierta seriedad algún tipo de ataque contra irán (los medios de prensa hacen esa inferencia a raíz de la renuncia del jefe militar norteamericano para el Medio Oriente, supuestamente en desacuerdo con la futura estrategia militar para esa región, que podría incluir acciones militares contra Irán) esté en condiciones de involucrarse en un conflicto en la región, cuyos resultados serían, por lo menos, inciertos.
Pero lo que complica el análisis, es el hecho que Estados Unidos pretende tomar el relevo allí donde Álvaro Uribe lo dejó, en aras de preservar unas mínimas buenas relaciones con sus vecinos; es decir, acusar a Venezuela de promover el terrorismo por su respaldo al grupo FARC. Para Uribe, las cosas están debidamente claras, él expresó su opinión sobre el tema FARC y las fronteras, con una acción militar contundente. La respuesta fue, en sentido general y regional, desfavorable, pues se condenó lo que constituyó una violación fronteriza pero, como dice el refrán “el palo dado, nadie lo quita”. Las FARC fueron rudamente golpeadas con la muerte de uno de sus jefes emblemáticos, a eso siguió el asesinato de otro de sus dirigentes a los pocos días, en circunstancias todavía no bien elucidadas.
Además de eso, el presidente francés, que en algún momento alimentó la especie de que su gobierno podía negociar directamente con las FARC, desautorizó cualquier especulación acerca de si las pérdidas sufridas por el grupo podían justificar que mantuviera rehenes en su poder. Sin olvidar que los gobiernos acusados de mantener relaciones con ese grupo, se defendieron del alegato. En otras palabras, las FARC pasan por su peor momento. Eso cuenta mucho para el gobierno colombiano.
Por eso se puede decir que la intención norteamericana de seguir en su empeño contra Chávez, queriendo ahora seguir investigando sus nexos con las FARC (el diario español El País también publica la versión de un supuesto ex miembro de las FARC, que implica a Correa en respaldo a ese grupo) no necesariamente abonan en el interés de todos los actores de ese reciente drama que muy probablemente preferirían recurrir de nuevo a negociaciones discretas para poner fin, de la mejor manera posible, al expediente FARC. Pero esa puede ser la manera norteamericana de dejar claro que no va a permitir que se le aísle en su propia región.
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