¿Una OTAN de los pobres?
Lo que menos falta a un líder como el venezolano Hugo Chávez son las ideas. A él y a su equipo cercano, que se desviven tratando de ver qué de nuevo se les ocurre, para no perder el primer plano y si es posible, de paso, tratar de “echarle algunas vainas” a la administración Bush, que es el enemigo jurado. Aunque se espera que las tensas relaciones cambien con las próximas elecciones norteamericanas, ya Chávez comienza a ponerla difícil, al calificar a McCain de ser otro Bush. La caracterización no es de la cosecha de Chávez. En efecto, el candidato Demócrata Barak Obama dijo la semana pasada en Nueva York, que una presidencia McCain “sería un tercer período de Bush”. No es que fuera a ser necesariamente así, pero es una imagen que seduce, en la medida en que el candidato Republicano no ha podido desmarcarse todo lo deseado de la herencia de Bush, porque éste todavía puede serle útil, sobre todo por su prestigio en la franja más conservadora del electorado Republicano.
Pero la verdad es que esta semana es preferible dejar un respiro a los lectores con el tema de las elecciones norteamericanas y volvamos a Chávez y sus iniciativas. Una de ellas, de poco alcance práctico, es la de convertir al portugués en el primer idioma extranjero de Venezuela. Es una medida administrativa, con poco asiento en la realidad, toda vez que, como dicen los propios portugueses y brasileños, “no sobran los maestros de ese idioma” en sus propios países, para encontrar suficientes y enviarles a enseñarlo en Venezuela. Con el gesto, el presidente venezolano desea indicar que el idioma inglés no tiene por qué ser el primero en todas partes. Pero en la práctica, se trata de un gesto de poca relevancia toda vez que, sea o no, el idioma de los norteamericanos, es el más práctico para fines de comunicación universal. Es la “lingua franca” y la de más fácil acceso para todo el mundo.
Pero quizás esa decisión administrativa de Chávez tiene su inspiración en una razón geopolítica de gran trascendencia para la región. La idea de una “OTAN de los pobres” planteada por los presidentes de Brasil y Venezuela, sirve efectivamente para reafirmar el liderazgo natural (por grande), de Brasil. Chávez la ha aceptado alborozado, porque “hechas bien las cuentas”, siempre será preferible que un sudamericano “lleve la voz cantante” y no los Estados Unidos.
Y la acepta aunque contenga un par de componentes que el presidente venezolano no ve con simpatía, como las operaciones de mantenimiento de la paz de la ONU. Pero Chávez sabe, además, que su proclama de que un instrumento de ese tipo servirá para “enfrentar al imperialismo” (como dijo al saludar la propuesta presentada por Lula, el presidente brasileño), sólo le interesa a él y no a ninguno de los principales promotores de la idea, es decir, los “tres grandes” de la región (Brasil, Argentina y Chile). De hecho, un organismo de ese tipo serviría más como auxiliar de la ONU que como punta de lanza “antiimperialista”.
El presidente Chávez tiene, sin embargo, una gran capacidad para adaptarse a las circunstancias, guapea cuando hay que hacerlo, pero baja el tono si se da cuenta que le es necesario. Por eso no hay que descartar que en ese contexto, hasta cambie de opinión con relación a las operaciones de mantenimiento de la paz de la ONU, al considerar que la presencia, en grupo, de la región pueda en alguna forma modificar el carácter “intervencionista” que ahora les atribuye.
Ya varios países de la región han desempeñado, con relativo éxito, una misión de ese tipo en Haití (por lo menos allí no hay guerra, aunque sí una tremenda delincuencia) y cabe la expectativa de que conflictos como el que recientemente se generó entre Colombia, Venezuela y Ecuador, puedan evitarse con la creación de fuerzas de interposición en las zonas “calientes”. La OEA evidenció, en esa crisis, de que no tiene gran posibilidad de actuación; al igual que la ONU, depende de la buena voluntad de sus miembros y si alguno se lo propone, puede obstaculizar su acción. La historia de esa organización está llena de ejemplos ilustrativos. Así, en el área política, el Grupo de Río, aún fuera de manera circunstancial jugó un papel mucho más edificador que la OEA. Un organismo defensa regional podría ser igualmente efectivo, entre otras cosas, porque Estados Unidos tampoco participaría, como no lo hace en el Grupo de Río.
Naturalmente, a los norteamericanos no debe entusiasmarles mucho la idea de una defensa independiente de Estados Unidos en la región, aunque ésta no tenga carácter de hostilidad. Tampoco debe interesarles, por sus propias razones de supervivencia, que una fuerza de ese tipo y con esas prerrogativas pueda crearse en la región, es a los grupos que medran entre frontera y frontera, particularmente las bandas mantenidas por el narcotráfico, pero también las pandillas paramilitares o las agrupaciones como las FARC. En ese sentido, se puede especular que Brasil trata de imponer cierto orden regional, lo que se adecúa perfectamente con su aspiración de convertirse en miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, a nombre de la América Latina y el Caribe. Es una posición que también puede interesarle a Argentina y a México, pero la verdad es que, entre esos “grandes”, solo Brasil tiene el nivel de aceptación generalizada requerido para ocupar la posición.
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