A cada época su cataclismo: en la nuestra puede ser el hambre
A las Naciones Unidas le preocupan situaciones como las presentadas en Haití recientemente, pero sobre todo en África. Es un cuadro de crisis generalizada que afecta más duramente a los países más pobres, aunque ni siquiera el llamado “primer mundo”, como Europa escapa, puesto que pese a todo y la fortaleza del euro con relación al dólar, el índice de inflación está comenzando a sobrepasar el 3% que se habían fijado como techo para el 2008.
Tal cosa no impide que desaparezca el compromiso que tienen los europeos con los problemas generados por el alto costo alimenticio. Es que eso no afecta en la misma medida a los países ricos que a los pobres, lo que es una perogrullada, pero vale la pena repetirlo siempre.
En momentos en que en algunos lugares de África, un pobre campesino sueña con un puñado de arroz, si uno se va a un supermercado de cualquier ciudad europea o norteamericana o japonesa, puede encontrarse con pilas enormes de sacos de arroz, de todos los tipos y, como si fuera poco, a precios reducidos.
Por eso si la miseria y el hambre crecen en el Sur, crece también la presión sobre el Norte, de los millones de hombres y mujeres que se resisten a dejarse morir, siendo jóvenes y capaces de convertirse en seres eminentemente productivos. Si abajo no se puede, de seguro que sí es posible arriba.
Francia, que es uno de los países receptáculo de ese Norte próspero, ha lanzado una vigorosa voz de alarma: hay que abrir la cartera y colaborar, ahora, porque los cerca de 900 millones de personas -entre los cuales casi 200 millones son niños- que se mueren de hambre en 37 países, casi todos están en África, “al otro lado del charco” europeo.
Jean Ziegler, un suizo vinculado toda su vida a los problemas del tercer mundo y que es el ponente especial de la ONU para los problemas de alimentación, hace un vaticinio inquietante: “Hay una hecatombe anunciada, pues nos encaminamos hacia un período muy largo de motines, conflictos, olas de desestabilización regional incontrolable, marcada con el hierro candente de la desesperación de las poblaciones más vulnerables”. Un cuadro de esa naturaleza no está hecho para calmar. Y las responsabilidades comienzan a aflorar.
Por un lado otros pobres: China e India, “culpables” de una reciente y relativa prosperidad, que les convierte, sino en nuevos ricos, al menos en “nuevos consumidores”. No importa que, como indica el Banco Mundial, los precios de la harina de trigo hayan subido en 180% en los últimos dos años, que el maíz haya subido en 80% y los productos lácteos hayan subido el doble. Esos asiáticos tienen más dinero para comprar y están comprando.
Y aunque el problema mayor sea de carestía, no de escasez (según el mismo Banco Mundial, en los países pobres, la gente esta invirtiendo hasta el 75% de sus ingresos en alimentos), todavía al menos también se señala la nueva industria agrícola de los biocombustibles como la amenaza mayor a la estabilidad alimentaria del mundo.
Brasil, que es uno de los pioneros en ese tipo de producción, niega resueltamente que los biocombustibles sean la causa de la escasez (es bueno repetir que por el momento no es exactamente escasez, sino carestía).
Pero hay realidades que no se pueden ignorar. Si la ONU, en uno de sus recientes informes en el marco de la FAO, llega tan lejos como para calificar a la industria de los biocombustibles de “un crimen contra la humanidad” no es porque tenga otros intereses mayores que precisamente los del género humano.
El Instituto de Investigación de Política Alimentaria Internacional afirma que en Estados Unidos, el 15% de las tierras destinadas a la producción de maíz, ha sido desviado para ser utilizada en la producción de etanol (el diario The New York Times dice que es un 20%).
Agrega la organización que para el año próximo, la proporción subirá hasta 30%. Con toda razón, una vez que los productores de maíz en Estados Unidos están recibiendo una subvención para sembrarlo, no para comer la gente o los animales, sino para alimentar los carros con gasolina alternativa. De manera que quiérase o no, sí existe una relación entre los biocombustibles y la crisis alimentaria.
Existen otros factores, por supuesto. Las sequías y todavía otro más escandaloso, como las subvenciones que en Europa o los Estados Unidos dan a los productores agrícolas para que no se sobrepasen determinados límites y así no afectar los precios. Lo que quiere decir que los mecanismos de producción no están cuestionados: tienen capacidad pero prefieren no utilizarla para no perjudicar el tren de vida de grupos eminentemente minoritarios en la sociedad mundial. Quizás en eso piensan los franceses cuando hablan de “halar por la cartera”.
Por su parte, la ONU hace un llamado a globalizar la ayuda a los más necesitados, pensando, naturalmente que son los países ricos quienes tiene que dar la cara. Porque siempre será menos dramática la situación de quienes bregan con una crisis cuyos efectos pueden ser o no negativos a largo plazo, que la del pobre africano que sigue sonando con un puñado de arroz.
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