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Obama no es Kennedy; pero puede ser mejor

Desde que el clan Kennedy se inclinó a favor del senador Barak Obama se ha estado diciendo que el senador de Chicago, hace recordar a John Kennedy. Realmente más que a John, sería a Robert, su hermano, cuando era candidato. Es que John Kennedy, cuando ganó las elecciones no tenía por qué crear expectativas muy altas; su comportamiento como legislador no le distinguía mucho del resto de sus colegas Demócratas.
Lo más sobresaliente del candidato John Kennedy es que era católico, en un país donde el protestantismo entre los blancos es la norma prevaleciente, y que le ganó las elecciones a alguien que posteriormente también marcaría la vida política norteamericana; Richard Nixon. Kennedy se distinguió luego como gobernante, en el manejo de una gran crisis mundial, la de los cohetes en Cuba y eso le convirtió en estadista. Pero a Kennedy le asesinaron antes de poder llevar a cabo la gran cruzada integradora que pondría fin formalmente a la segregación racial en los Estados Unidos.
Lyndon B. Johnson, un político texano de la “vieja escuela” y de quien desconfiaban los liberales (hasta se coqueteó con la hipótesis de que tenía algo que ver con el asesinato de Kennedy por aquello de “a quién beneficia el crimen”) fue quien enfrentó aquella tarea, con indiscutible éxito y por eso no es extraño que en Estados Unidos, a ese presidente texano se le recuerde por el movimiento a favor de los derechos civiles, que no era por supuesto el único sello que le distinguía. A Kennedy se le recuerda con gran afecto, por haber sido asesinado y por que ya la gente esperaba, a la luz de algunas de sus decisiones como gobernante, que la suya sería una administración de nuevo tipo.
Con Obama se trata de algo diferente: su discurso abre todo el espacio posible a esperanzas en un país afectado por el trauma del gigantesco acto de terror del 11 de septiembre y sus secuelas, que incluyen, además de una administración decididamente impopular e ineficiente, la invasión de Irak y el inicio de una guerra a la que nadie le ve un fin claro. Por eso sí se parece a un Kennedy, pero a Robert.
Aunque mucha gente no piense razonablemente que el conflicto con Irak saldrá de sus vidas en un futuro previsible, se atreven a soñar con que habrá un pos Irak a breve plazo y volverán los norteamericanos a disfrutar de condiciones de seguridad de todo tipo que hoy están ausentes. Obama es el único que puede ofrecer ese tipo de esperanzas, porque hasta ahora, es el único que se ha atrevido a decir a los norteamericanos, que aquello que parece más fácil no es siempre lo mejor.
Recuérdese que cuando McCain y Hillary Clinton propusieron congelar el precio de los combustibles durante el verano (período de vacaciones y viajes), Obama señaló que eso era una simple posposición de un problema y se negó a hacer esa oferta, pues Estados Unidos no es un país del mundo en desarrollo, cuya población necesite soportes sociales masivos. Su único aparente “foul” puede ser Irak por su promesa, de difícil implementación, de retirar las tropas de ese país mucho más pronto que lo que indica la prudencia.
A esta altura, Obama es el virtual candidato Demócrata. Mucha gente, dentro y fuera de Estados Unidos, piensa que los norteamericanos no pueden cometer el error de dejar escapar una posible y realmente nueva administración Demócrata, con un sello tan innovador como el que presenta un candidato que, pese a ser de una minoría, se niega a ser presidente de minorías.
De todas maneras, sea Obama o McCain el presidente, ninguno lo hará, para nada, igual a Bush, para quien lo más duro será constatar que su legado no le sirve a nadie, sino a quienes quieren enterrarlo. Aunque en realidad, no es que se trate de una situación tan dramática; cuando Bush entregue la presidencia en enero próximo, se irá para su casa y se pondrá a dar conferencias o a comprarse otro equipo de béisbol.
Del senador de Illinois se entiende que no tenga nada que ver con lo que representa Bush; su filosofía no es confrontacional, prefiere un papel mucho menos beligerante de su país en la arena internacional. Como dice un diario alemán, “usará más la zanahoria que el garrote”, porque cree, según lo que aprendió en la escuela, que su país debe ser portador de valores positivos.
En cuanto a McCain, ya ha hecho saber que con Rusia prefiere soluciones negociadas y de consenso. Por razones de convicciones personales es opuesto a torturas o a prisiones tipo Guantánamo y lo más probable es que rápidamente eliminaría ambas cosas. Es de natural negociador, incluso con adversarios, como Hamas o el gobierno de Irán, aunque pretenda lo contrario en aras de conservar el electorado integrista Republicano, que es bastante numeroso. Pero de todas maneras, su imagen será siempre menos alusiva a cambios que la del senador de Illinois.
Ahora lo que falta a Obama es negociar la integración de esa mitad de Demócratas que, tenazmente, le han venido negando su voto pese a ser claro desde febrero, que la balanza se inclinaba mayoritariamente a su favor. Ya se ha dicho, pero es pertinente repetirlo, si los Demócratas ya innovaron lo suficiente como para que un afroamericano y una mujer fueran quienes se disputaran la candidatura presidencial, ese impulso debe llegar a sus últimas consecuencias, llevando esa boleta completa: Obama Presidente, Hillary vicepresidente.
En ese sentido, la aparente tozudez de Hillary de mantenerse hasta el final, fue una forma, como cualquier otra de enviar su mensaje: “represento la mitad que se necesita para ganar”. La inteligencia de Obama deberá ser ratificada por la decisión más adecuada para garantizar ese triunfo.

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