Hambre hay y hambre parece que habrá
La recién terminada reunión de Roma sobre el hambre fue escenario de enconadas diferencias entre países del primer mundo que, como era de esperarse, tienen el sentimiento de que la pobreza de otros no es su culpa, y en consecuencia, no tienen por que hacer las concesiones que le piden.
Lo que se reclama a estas naciones discurre particularmente en dos áreas: modificar en la baja la política de subsidiar sus agriculturas y cumplir con su parte del 0.7% de sus PIB para destinarlos al desarrollo de los más necesitados. Entre los acuerdos logrados están, a corto plazo, el suministro de simientes y abonos, el fin de las restricciones a la exportación y la reducción de las subvenciones a la agricultura en los países desarrollados. Estados Unidos ha hecho saber, sin embargo, que no modificará su política de subvenciones.
Ya se sabe que los grandes organismos internacionales desestimularon la producción agrícola en países más pobres (ver Haití, que es un caso extremo) ya que esos productos llegarían, más baratos, de las gigantescas plantaciones de los países grandes y más ricos. Lo que está ocurriendo hoy debió haber sido previsto por esos grandes especialistas a quienes se les atribuye infalibilidad. No fue el caso y quienes dirigen hoy esas instituciones no desean asumir responsabilidad por el grave fracaso. Es mejor que aparezcan otros culpables.
Y en efecto, los hay: el alza descontrolada del precio del petróleo (entre la noche del viernes y la mañana del sábado pasados aumentó ¡casi $11 dólares el barril!), que nadie sabe explicar pero que a algo debe obedecer. La gran prensa la atribuye a las declaraciones beligerantes contra Irán de un aspirante a primer ministro israelí, a la amenaza de huelga de trabajadores petroleros nigerianos y a que los chinos (los chinos deben ser siempre culpables de algo) de nuevo ejercen presión al aumentar sus compras antes de los juegos olímpicos y como resultado de las recientes catástrofes naturales. Por supuesto, no falta quien considere que “la mano de Chávez” está detrás de todo. Y de todo debe haber un poco en esta vorágine alcista, pero lo más seguro es que más que políticas, las razones principales son económicas.
Algún humorista ha sugerido que si los precios suben tanto (ya se dice que para el 4 de julio el barril estará en $150 dólares y tal como siguen las cosas, pienso yo que para diciembre rondará los $300 ó $400 dólares…) entonces hasta los ricos países occidentales tendrán que dejárselo todo a los chinos e indios, en cuyo caso el precio ya no lo pondrá la OPEP, sino los dos gigantes asiáticos. Una vez agotado ese recurso, entonces los demás mortales, volviendo desde las tinieblas, podremos volver a comprar el crudo…
La anécdota puede dar fuerza a la idea, lanzada por alguien, de crear una asociación de consumidores de petróleo, tal como existen asociaciones similares para defender al consumidor en general. Claro, como nadie sabe lo que pasa, es más difícil ese combate, porque no se sabe contra quién habría que librarlo. Pero no muy despistados andan los franceses, que ya proponen que la Unión Europea, que la semana próxima tiene una cumbre, “se amarren los pantalones” y hagan causa común para enfrentar el alza del petróleo. Es que los países occidentales desarrollados y más o menos desarrollados, han facilitado niveles de consumo altos, que en nuestra época, están estrechamente vinculados al petróleo.
Bueno, eso lo pueden hacer los europeos y hasta el Grupo de los 8 (que ahora tiene de asociados a China y la India), porque tienen “para devolver”. Y ¿qué pueden hacer los demás, los pequeños países que no producen combustibles ni tendrán eternamente los recursos para “caerle atrás” al alza irreversible del precio del petróleo? Hasta el momento no gran cosa, a no ser para algunos de ellos, estratégicamente ubicados, contar con programas solidarios como la PetroCaribe que se alimenta de petróleo barato venezolano.
En medio de todo eso surge el fantasma de los biocombustibles, que Brasil y los Estados Unidos defienden a rajatablas, pero cuyos efectos secundarios podrían estar debilitando fuentes habituales de producción de alimentos. Algunos expertos afirman que el problema se ha mediatizado mucho en virtud de que en las ciudades se ha sentido el peso de la carestía, pero recuerdan que el hambre que debe preocupar más a los organismos internacionales es la que se sufre fuera de los circuitos tradicionales de distribución y que tiene ahí muchísimo tiempo.
Sea o no así, una vez que hasta ahora no resultan concluyentes las pruebas de que los biocombustibles ayudan a resolver el problema energético, aunque Lula diga que sus detractores “tienen las manos manchadas de petróleo”, habrá que seguir buscando responsables y mientras tanto, mientras menos maíz hay en Estados Unidos para alimentar a los cerdos, menos carne llegará a los consumidores.
La otra parte, la del compromiso del PIB tiene dos objetivos esenciales; uno “abierto”, es decir, se necesita ayudar a las economías de los países en desarrollo a superar sus carencias, mediante ese mecanismo de solidaridad inducida.
El otro objetivo es “cerrado” y consiste en que los países altamente desarrollados, particularmente Europa, están interesados en quitarse la fuerte presión que ejerce una migración forzada por la desesperación y proveniente sobre todo de África, mejorando las condiciones locales para desestimular ese tipo de migración. Es que a los grandes países les interesa la migración procedente del mundo pobre, pero la “buena”, la formada en universidades, no la de quienes sólo llevan consigo su hambre.
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