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EL PERIÓDICO SEMANAL DIGITAL DE LA VOZ HISPANA DE CONNECTICUT

 
 

Los temores de Europa y la América Latina

Hace unos días, un grupo de 70 inmigrantes del África subsahariana atacó un puesto fronterizo entre el territorio español de Melilla y Marruecos. Algunos agentes de la Guardia Civil española resultaron heridos por los inmigrantes, que estaban armados con palos y piedras. Esa escena puede comenzar a repetirse con mayor fuerza. Es que como informa la oficina del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR), hay actualmente más de 37 millones de refugiados en el mundo. Dice el responsable de esa institución, que “La gente que es forzada a trasladarse, lamentablemente, será una de las características del siglo XXI”.
Esa información coincide, en el tiempo, con la aprobación europea de una nueva ley dirigida, en principio contra la inmigración ilegal, pero en fin de cuentas llamada a afectar a la inmigración en general.
La indignación expresada, particularmente por gobiernos latinoamericanos, obedece a que la nueva ley antiinmigración europea responde al egoísta sentimiento de la generación que hoy gobierna en ese continente y que prefiere olvidar que la generación anterior, tuvo la suerte de encontrar en nuestro continente un asilo generoso. La América Latina, con excepción de Argentina, y de Brasil por grande, no era entonces rica, pero era solidaria y al abrir sus puertas a quienes huían de condiciones políticas y económicas terribles, no vacilaba en compartir lo poco que tenía.
Europa es hoy, en sentido general, un continente rico, al menos los países que reciben las principales migraciones. Pero la actitud asumida por el parlamento europeo no es solo de egoísmo, es también de temor. ¿De qué otra manera explicar aquello de detener por seis meses “que pueden ser hasta 18 meses” a personas cuyo “delito” es huirle a la miseria circundante o simplemente encontrar perspectivas diferentes en sus vidas? Esas han sido y seguirán siendo las motivaciones principales para la migración fuera de los períodos de guerra, conflictos y calamidades particulares.
Naturalmente, existe cierta fatiga de parte de esos europeos (España, Francia, Alemania, Reino Unido, Europa del norte) con un flujo que además de no detenerse, tiende a crecer una vez se ha desatado una amenaza que no es nueva, pero se agudiza: el espectro del hambre extrema. Y todo como resultado de una misma causa: la incontrolable alza del precio del petróleo. Esas situaciones críticas suelen despertar los instintos menos generosos.
Los europeos, una buena parte de los cuales “estrena” niveles de prosperidad, tienen temor de que esas masas paupérrimas que vienen del Sur, les arrebaten su bienestar y su tranquilidad (ver las declaraciones hechas hace poco en Santo Domingo por un universalista como Plácido Domingo). De nada vale que el sentido común indique que la estabilidad de ese bienestar reposa en buena parte en esos grupos ansiosos por producir riqueza.
Ni siquiera España, que tiene una de las políticas más abiertas frente al fenómeno de las migraciones, puede abstraerse de la “histeria tranquila” que ha llevado a los europeos a buscar la manera de cerrarse al máximo.
Hay quien sostiene que, frente al extremismo representado por el italiano Berlusconi y la derecha en general, era preciso encontrar una fórmula “compasiva” que devolviera el sosiego al europeo promedio y al mismo tiempo brindara mayor cobertura de protección legal a la inmigración que respeta las normas. Para comenzar, España ha anunciado que iniciará un programa para estimular al regreso a sus países de origen de los inmigrantes sin trabajo.
Pero la realidad es que así como los norteamericanos no han logrado dar con la fórmula mágica, ni para regularizar a sus indocumentados, ni para detener la inmigración clandestina, tampoco Europa podrá hacerlo. De la misma manera, el temor de los europeos es más por el flujo que viene del otro lado del Mediterráneo que el llegado por quienes cruzan el Atlántico, aunque como latinoamericanos nos irrite una política en la que pagamos platos que se teme que otros rompan.
Europa teme a los hijos de Alá y está haciendo todo lo posible para detener la avalancha de gente joven y con ideas acendradas, cuya presencia sí puede afectar los cimientos de su civilización, que incluye márgenes considerables de tolerancia y de libertades, desconocidos o no en el mundo musulmán.
En ese entorno, la Unión Europea, ha terminado por suspender, de manera condicionada, las sanciones que había impuesto a Cuba por violación de los derechos humanos. Como una coincidencia, este cambio, motorizado por el gobierno español, se produce prácticamente como contrapartida a la aprobación de la nueva ley antiinmigrante.
Lo menos que se puede decir de este movimiento, es que evidencia cálculo de baja estofa por parte de los europeos, quienes parecen pensar que efectivamente nuestra región es una sola entidad, con un único tipo de problemas y, además, de que está dispuesta a aceptar sus cómodas (para los europeos) condiciones. Fidel Castro, aunque por otras razones, ha acusado a los europeos de “hipocresía”, lo que puede ser suscrito sin temor a coincidir con Castro.
El algún momento tenía que producirse esta especie de ruptura entre el viejo mundo que dio origen al nuestro y nosotros, que a base de tropezones, intentamos encontrar un espacio. Mucha ayuda no tenemos pues “solo se le presta a los ricos” y, como se sabe, América Latina y el Caribe no son parte de ese conglomerado. Todavía. Nuestra protesta, de voces aisladas y donde únicamente se oyen algunas, tendrá todo el peso que le corresponde cuando tengamos la fuerza para imponer condiciones y eso tampoco ha llegado. Todavía.

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