Pakistán: otro dolor de cabeza

La Secretaria de Estado norteamericana, Condo-leezza Rice ha estado muy ocupada en estos últimos días, tratando de convencer a diplomáticos norteamericanos a que no sigan «barajando» y se vayan a trabajar a Irak. Es que se abrieron numerosas posiciones para esa embajada norteamericana y como los voluntarios no se estaban dando empujones en la puerta, la Rice ha tenido que ejercer su autoridad e informarles a los renuentes que van a Bagdad o sufrirán consecuencias profesionales. Quizás esas consecuencias no impliquen despido, porque es difícil que eso ocurra en un sistema de carrera administrativa organizado como es el norteamericano, donde solamente los designados políticos –cerca de un 25% que se le deja al Presidente de turno para que pueda pagar algunos favores- corren el riesgo de perder el empleo cuando cambia el gobierno (generalmente esa no es una preocupación porque la mayoría de esos beneficiarios disponen de recursos propios). Pero la negativa a irse a «la jaula del león» iraquí si puede tener consecuencias en términos de promoción para los interesados.
Sin embargo, en estos momentos esa no debe ser la peor de las tribulaciones para la Rice y su jefe. En efecto, con el «auto golpe de Estado» que se ha dado el aliado Musharraf en el Pakistán, se le complica más el cuadro a los Estados Unidos. Es que los norteamericanos trabajan su política exterior y militar hacia esa volátil área, sobre la base de frágiles alianzas de circunstancia, que consisten esencialmente en un constante «tapar hoyos» que de todas maneras vuelven y se destapan. Probablemente la administración Bush calculó que el regreso de Benazir Bhutto le permitía completar «la cuadratura del círculo», es decir, podía eventualmente permitir una alianza entre los dos principales aliados locales pero que incluía una repartición del poder entre el gobierno, representado por el general Musharraf y sus fieles, y «la calle», representada por la muy popular Bhutto. En el medio, como elemento de equilibrio, la clase media pakistaní, representada por el aparato judicial, cuyos miembros son de un extraordinario activismo. Es más, en este momento, los abogados, jueces y estudiantes conforman el núcleo central de oposición al golpismo reiterado de Musharraf.
Esa alianza debía permitir contrarrestar efectivamente el creciente poder de grupos extremistas a lo largo y ancho del Pakistán, porque ese problema no solamente existe en las inaccesibles montañas de la frontera con Afganistán, como suele decirse. Pero el general Musharraf tiene sus propias opiniones acerca de cómo resolver los problemas inherentes al poder en su país y esas no parecen incluir repartición alguna con rivales y competidores. En efecto, el plan de norteamericanos y británicos era que el general Musharraf renunciara a su puesto militar y ocupara solamente la presidencia, la Bhutto se convirtiera en primer ministro y que la Suprema Corte de Justicia, actuara como fuerza de contención, dada la popularidad de algunos de sus componentes.
Todavía no se sabe si es que el general Musharraf, quien ha dicho que el uniforme es como su segunda piel, ha decidido «jugársela» a todo el poder o nada, consciente de que para los norteamericanos lo peor no es que en Pakistán haya un dictador, sino que grupos integristas puedan hacerse con el poder en ese país y poner seriamente en peligro el precario equilibrio regional, cuyas bases de apoyo están en Pakistán y la India que, como se sabe, no son los mejores amigos.
La oposición a Musharraf considera, en cambio, que el autogolpe no ayuda para nada a frenar el avance del extremismo y ponen como ejemplo, que de los centenares de arrestados una vez que este se produjo, ninguno está vinculado a la amenaza extremista. De hecho, los principales afectados por las medidas represivas son los sectores más vinculados al compromiso de poner freno a lo que para muchos observadores de fuera, es la marcha irresistible de Pakistán hacia el extremismo.
Ese otro aspecto, o sea, el fortalecimiento de grupos terroristas sería otra consecuencia que podría poner a pensar seriamente a los Estados Unidos en la pertinencia de insistir demasiado en la necesidad de que Pakistán se democratice. La situación es ya más que complicada para los norteamericanos en la región, pero es muy probable que el inesperado giro de los acontecimientos en Pakistán, por lo menos atempere los designios de quienes en la actual administración, han estado pensado seriamente en abrir otro frente de guerra, esta vez contra Irán.
Ni siquiera Estados Unidos tiene tantos recursos como para abrirse tantos frentes, sobre todo cuando todos están tan relacionados entre sí. De manera que el «auto golpe» del general Musharraf, aunque ponga las cosas al rojo vivo dentro de ese país, bien puede que obligue a Estados Unidos a salvar lo que se pueda de la casa, antes que esta se vaya a incendiar completa, terminando en lo que ya parece obvio, que sea lo que sea que haga Musharraf, los norteamericanos no le abandonarán. |