Anápolis puede ser diferente

Aparentemente, la reunión convocada por Estados Unidos que tiene lugar en Anápolis (Maryland) tiene como objetivo avanzar hacia la creación de un Estado palestino al lado de Israel. Varios gobiernos norteamericanos han expresado interés por una salida de ese tipo que, teóricamente contribuiría a poner fin a las tensiones que afectan a esa región. Quizás el que más lejos llegó por esa vía fue Clinton, pero «se rompió los dientes» con la pared del sectarismo reaccionario prevaleciente tanto entre israelíes que entre palestinos.
Aunque la reunión tiene nombre y apellido, cabe suponer que para los norteamericanos no se trata únicamente del tema israelo/palestino, sino que probablemente el Irak está en la penumbra, ya que una escuela de pensamiento en los Estados Unidos (y en otros lugares) sostiene que la agudización del conflicto en Irak es resultado del «tranque» permanente entre Israel y los palestinos. Esta es una manera de descargar la responsabilidad del desastre iraquí a factores que dejan fuera lo aventurero de la política exterior norteamericana.
Si en Anápolis o donde sea, se lograra un acuerdo que viabilizara la creación de un Estado palestino, sus consecuencias se harían sentir, positivamente, en otras latitudes, incluso en Irak. Lo que no es realista es cifrar esperanzas en que el dudoso éxito de esa nueva conferencia vaya a resolver problemas que tienen ya su propia dinámica.
De cualquier manera, incluso para los gobiernos árabes amigos de Estados Unidos, no es fácil ayudar a este país a «sacar las castañas del fuego» en que se han metido. En especial, a la hora en que sectores dentro de la administración norteamericana sugieren la posibilidad de que otro país de la región, Irán, sea objeto de un ataque «preventivo» norteamericano. Y no es que a todos les preocupe mucho lo que pueda pasar con el régimen iraní. De hecho, según algunos especialistas en el tema, a los árabes tampoco les importan mucho los palestinos y han venido a Anápolis a ver si de esa reunión sale alguna fórmula que les permita frenar la aparentemente irresistible marcha del régimen de los «mullahs» hacía el liderazgo principal regional.
De todas maneras, aunque el evento de Anápolis ha reunido a unos cincuenta gobiernos, lo principal, un acuerdo entre israelíes y palestinos, todavía no está resuelto. A lo que se agrega que Siria, que es un país de mediocre importancia económica, continúa siendo uno de los actores principales en los escenarios que más interesan a Estados Unidos: en la franja de Gaza, en Irak, y sobre todo, en El Líbano.
Este último país se ha quedado prácticamente sin gobierno, porque no es pensable que Estados Unidos por un lado y Siria en el lado opuesto, tengan la capacidad de imponer sus favoritos. Eso quiere decir que si efectivamente los sirios acuden a Anápolis, a dar ciertos visos de lo posible en ese encuentro de improbables, también es casi seguro que lleguen a un acuerdo con Estados Unidos para encontrar un presidente para el Líbano.
Tal perspectiva implicaría 1) que Siria ya conquistó el reconocimiento que anda desde hace tiempo buscando, una vez aceptada su preeminencia en El Líbano, lo que es muy bueno para los sirios; 2) que es posible fragmentar el frente iraní/sirio, lo que debilitaría el margen de maniobra, muy amplio, del que dispone Irán actualmente. Esto sería muy bueno para la diplomacia norteamericana.
En cuanto al Irak, las cosas no están peores que hace un par de meses. Es más, quizás hasta han mejorado, «dentro de la gravedad». Esencialmente porque los iraquíes parece que están aprendiendo a lidiar con su propia situación de división en tres, en la que los chiítas dominan pero en la que, según reseñan algunos medios, están encontrando la manera de «repartir» los recursos con los sunitas y curdos y así satisfacer a todo el mundo. Pero eso no es suficiente para hacer que esa guerra, y sobre todo esa intervención militar, sean aceptables.
Es así como un fiel partidario de Bush, el australiano John Howard, paga un buen precio por mantenerse hasta el final al lado del presidente norteamericano. Así, siguen cayendo los que en un momento se lanzaron con los Estados Unidos a la aventura iraquí, extrañamente fascinados con un Presidente cuyas virtudes siempre han estado muy por debajo de sus deficiencias. Pero si hasta el muy talentoso Tony Blair se dejó «enredar» por la personalidad efusiva del actual mandatario norteamericano, lo que le llevó al ostracismo entre sus propios compatriotas, no mucho se les puede pedir a otros mortales sin tantos adornos.
No es de extrañar que se oigan voces, cada vez más altas, en el sentido de que Estados Unidos debe salirse de Irak y volver a su tarea original en la lucha contra el terrorismo en Afganistán. Y es que lo de Afganistán preocupa a los aliados de los norteamericanos, que han estado «dándole una mano» allí, a través de la OTAN. Según medios británicos, que suelen ser muy bien informados, el Talibán ya está de nuevo presente en el 54% del territorio afgano y peor, reconquistando poco a poco la aceptación popular que le permitió una vez hacerse con el poder. Es el resultado de un fracaso anunciado: Estados Unidos no podía abandonar un terreno donde sí tenía posibilidades todo el mundo occidental de librar una batalla en un terreno tradicionalmente de tenaz dificultad. Pero probablemente es tarde para esos cambios.
Tanto un lugar de esos como el otro, ya no forman parte de la urgencia defensiva que el norteamericano promedio sintió a partir del atentado terrorista del 11 de septiembre. La administración les cambió el esquema y ahora el retorno a la posición original en Afganistán sería tan impopular como proseguir indefinidamente en Irak y, como quiera que sea, de este último país tampoco pueden salir. Con el agravante de que eso no depende de que Bush esté gobernando, porque es casi seguro que una administración Demócrata tendrá que cargar con ese legado. |